Lo primero que hizo Daira, nada más levantarse esa mañana, fue llamar por teléfono a Elena.
Hacía tiempo que quería arreglarse el pelo, quizá cortárselo un poco. Formaba parte del ritual del cambio, nada tenía que ver con la cita para cenar con Carlos, aunque, tuvo que reconocer, que no le venía mal.
No conocía ninguna peluquería, Elena suponía que sí sabría de alguna, pero no creía que la visitará con asiduidad.
Después de desayunar, se dirigió a casa de Elena, ella la acompañó hasta la puerta.
Finalmente, Elena se quedó porque Daira así se lo pidió.
El cambio fue evidente y la favorecía. Según Elena, se había quitado algún año de encima.
Lo cierto es que, su pelo, había cambiado, le costaba atusar los rizos, cada vez más deshechos y encrespados.
Radiante, pues le encantó el cambio, ambas, se tomaron un aperitivo. Elena la encontró nerviosa, pero le restó importancia. No preguntó nada extraordinario, ni impertinente. Actuó con normalidad y, si Daira así lo consideraba, ya le contaría como le había ido.
Se despidieron a la puerta de la casa de Elena. Esta, tenía clases de inglés con dos gemelos adolescentes y Daira, preparar el almuerzo, elegir vestido, calmar los nervios… Todo un trabajo de campo.
Sobre las 7 de la tarde, se dispuso a elegir lo que llevaría puesto. Tenía tres vestidos y varias prendas sueltas para combinar que todavía no había estrenado.
Se decidió por un vestido blanco, unas sandalias y un collar llamativo.
Se miró varias veces al espejo y se gustó. No solía dar demasiadas vueltas a la hora de arreglarse para algún evento.
A las 9 menos veinte ya estaba lista y seguía nerviosa. Faltaba media hora para la cita y no sabía muy bien que hacer.
Entraba y salía de la terraza, ni el mar, su paisaje favorito, la entretenía.
Decidida, se hartó de sentirse como una adolescente con las hormonas revoloteando, y se fue. Llegar antes que Carlos, pero no tenía la menor importancia.
Se equivocó, Carlos allí estaba, sentado, con ambos brazos a lo largo del respaldo del banco, mirando al mar.
Fue un segundo, porque giró la cabeza al instante, a pesar de que Daira no había hecho ruido alguno, era como si lo intuyese. Carlos se levantó y se apoyó en el balcón, cruzó las piernas, metió las manos en los bolsillos y sonrió.
¡Dios! Pensó Daira, ¡qué guapo está!
Al llegar junto a él, ella misma se sorprendió dándole dos besos por iniciativa propia, sin dudarlo un segundo.
Besos de saludo, que él correspondió, sacando una de sus manos del bolsillo, cogiéndola por la cintura.
Daira no supo si había sido una suave corriente de brisa marina, o lo grato que le pareció el gesto, pero sintió un leve escalofrío que Carlos notó. Se le acercó al oído y le dijo: —¿No nos enfriaremos con la brisa nocturna, verdad?
Daira soltó una carcajada nerviosa, que Carlos respondió con una caricia en la barbilla.
Había reservado mesa en un precioso restaurante. Todo el entorno resultaba íntimo y cálido, aunque la actitud de Carlos era de una naturalidad que la seducía.
El camarero les sirvió unos entrantes, cortesía de la casa, y la carta.
Daira dejó la responsabilidad de elegir el vino a Carlos, no era inexperta, pero le gustaban diferentes variedades, no tenía predilección por ninguno en concreto.
Antes de empezar con los aperitivos, Carlos cogió su copa de vino, la levantó y dijo:
—¿Sabes que me gustas, no?
—Supongo que nos gustamos, le respondió Daira.
—Vamos a dejar de suponer y brindemos por habernos conocido—.
Le habían dicho que los españoles eran muy directos. Ellos, los canadienses, no andan con rodeos, pero son escuetos. Daira tenía mucho mundo y diferentes culturas absorbidas, era una mezcla extraña, pero, solo se desataba en el contexto adecuado y con el roce que da el tiempo.
Tenía la sensación que, con Carlos, ese tiempo se reduciría drásticamente. Estaba predispuesta y Carlos no le pondría obstáculos.
Entre aperitivos, ensaladas y pescado, se fueron contando lo principal de cada uno.
Carlos era de un lugar un poco difícil de pronunciar para Daira, Fuengirola, un pueblo de una parte de España de la que había oído hablar, Andalucía.
Había estado casado 18 años, no tenía hijos, sus padres habían fallecido y tenía tres hermanos, dos mujeres y un hombre.
Le dijo que había viajado mucho y que los diez últimos años, antes de jubilarse, su residencia habitual había estado en Madrid, por domicilio de empresa y facilidad para coger un vuelo a cualquier parte. Este hecho y el haber viajado tanto, utilizando otro idioma diferente al suyo, hizo que perdiera gran parte del acento de su tierra. Riéndose, le dijo que por eso ella lo entendía mejor.
Entre risas llegó el postre. Daira pidió una Bougatsa, una especie de pastel, hecho con masa filo y relleno de crema. Carlos tomó un yogur griego.
Le dio la primera cucharada a Daira, estaba buenísimo, con miel y nueces en la superficie, muy suave.
Daira cortó un trocito de su pastel para Carlos, que pinchó con un tenedor, a lo que él dijo que era mejor cogerlo con la mano. Cuando, Carlos comió el trocito de pastel, rozó con la punta de su lengua los dedos de Daira…
—Rico… Dijo Carlos, sin dejar de mirarla a los ojos.
La palabra “rico”, no era desconocida para ella. Tantos años residiendo en Latinoamérica, donde todo lo bueno lo calificaban de “rico” y, la sensación que había sentido, era precisamente eso.
No intentó en ningún momento disimular lo que le gustaba aquel hombre. Además de guapo, era atractivo en todo.
Sirvieron el café, Carlos cogió la silla y se acercó a Daira. Jugueteando con el papel del azucarillo, escuchaba a Daira y aportaba comentarios sobre la isla.
Tocándole suavemente una mano a Daira, le preguntó como la vida los había hecho coincidir en aquel paraíso, cuando hubiera sido más probable que se conociesen en Costa Rica, Chile o Panamá. Lugares en los que ambos habían pasado mucho tiempo.
Y como una canadiense, tan alejada de esta parte del mundo, ella decide romper con todo, largarse a un lugar del que no sabe su idioma, comprar una cada en una isla y…
—¿Esperar por mí? Dijo Carlos.
Carlos era un agnóstico convencido, se movía por impulsos. Daira, ni lo había pensado, si el destino, los chacras o lo que fuese, tenían algún influjo en la vida de los humanos, pero no era de impulsos. Daira meditaba cada paso, lo hacía rápido, pero nunca dejaba nada al azar. Salvo la decisión de irse a vivir a Patmos. El único impulso que recuerda.
—No sé si te estaba esperando, pero eres mi mejor visita y algo muy tópico, una estupenda casualidad, respondió Daira.
—Nada en ti es tópico… Me atraes como nunca nadie lo ha hecho y solo tengo ganas de tener tiempo contigo, o perderlo abrazado a ti.
Se dieron el primer beso.
Cogidos de la mano salieron del restaurante y se dirigieron calle abajo en silencio.
La noche invitaba a pasear, y escuchaban el mar cercano. Daira respiraba suave, temiendo que se escucharan los latidos del “cora”.
Llegaron a las escaleras, las que Daira bajó la primera vez y vio a Elena sin saber todavía quién era.
Al llegar a la pasarela de madera, se detuvieron. Daira se apoyó en el balcón de madera y tiró de la mano de Carlos, acercándolo a ella. Lo cogió por la cintura y se besaron intensamente, cada vez más apretados.
Se descalzaron y, agarrados por la cintura, caminaron por la playa, parándose de vez en cuando para continuar comiéndose a besos.
Daira estaba excitada, como también “notó” que lo estaba Carlos.
Al fondo de la playa, había una lancha en la arena. En la playa no se veía a nadie, todo aquel paisaje, la noche estrellada, el mar en calma… Era solo para ellos.
Se iban acercando a la barca, no parecía que estuviese en uso, aunque estaba en buen estado.
Carlos, medio sentado sobre un lateral, abrió las piernas y acercó a Daira.
Daira se metió entre las piernas de Carlos, atrapada en el placer que estaba sintiendo.
Carlos la apretaba suavemente con las manos puestas sobre sus nalgas.
Respiraba profundo en cada beso, acariciaba su oreja con la nariz, mientras la besaba en el cuello.
Despacio, Daira se va separando y se mete dentro de la barca, gesto que también realiza Carlos, y se sienta sobre los dos travesaños de manera, asiento de la lancha.
Carlos mira a Daira como queriendo preguntar algo. No hacía falta preguntar nada.
De pie, ante él, se quitó su ropa interior. En un movimiento ágil, sin levantar el vestido más de lo necesario. De su pequeño bolso, sacó un preservativo ante la mirada perpleja y divertida de Carlos.
—¿Qué? Soy previsora y no nos conocemos lo suficiente. Le dijo Daira sonriente.
—¡Y muy canadiense! Respondió Carlos, sacando otro condón del bolsillo trasero del pantalón.
—Bueno, ahora si te quitas lo demás, sería perfecto. Le soltó Daira.
—¿Prisa? Dijo Carlos, mientras se lo quitaba todo y la miraba, intentando crear la misma ansiedad que él sentía.
Daira se sentó a horcajadas sobre Carlos.
Frotando su cuerpo tuvo su primer orgasmo. Así de rápido le ocurría cuando alguien le gustaba mucho, sabía que vendría un segundo más controlado.
Ese primer orgasmo sorprendió a Carlos.
Escuchar “sigue” lo puso a mil por hora, el juego solo había empezado.
Lógicamente, perdieron la noción del tiempo, Daira le pedía más con la boca pegada a su oreja. Un beso profundo y húmedo de Daira, con un intenso suspiro, fue la señal para que Carlos terminase.
Segundos después, Carlos la levantó ligeramente y, volviéndola a sentar, la agarró con las dos manos por la nuca, y suspiró profundamente con su boca pegada a la de Daira.
Así, abrazados, sin despegarse, y en silencio, estuvieron unos minutos.
Daira saltó de la barca y corriendo se metió en el mar, a pocos metros de donde estaban.
Carlos la miraba riéndose, su vestido empapado la hacía todavía más atractiva.
Él no podía ser menos, se vistió y también se metió en el agua.
Empapados de todo la acompañó a su casa, en la puerta, le dijo que, por la mañana, le llevaría el desayuno y conocería su casa.
A Daira le pareció perfecto. Seguramente Carlos, como ella, tendría que digerir lo que había pasado.
No sabía nada de la vida íntima de Carlos, la suya fue intensa, nunca tuvo prejuicios. Pero quería reposar todo ese cúmulo de sensaciones, que habían sucedido de manera vertiginosa, disfrutarlo y, para eso, debía estar sola, principalmente, porque, si estuviese Carlos, no podría dejar de comerlo a besos…
Se dio una ducha, no dejaba de estremecerse y sonreír cada vez que se enjabonaba las zonas que había compartido con Carlos.
Esa noche se acostó desnuda. Se acomodó entre las sábanas, cerró los ojos y pensó:
"Rico..."

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