Daira, cuando llegó a casa, se duchó y bajó a prepararse una cena ligera. Una ensalada con tomate, pepino, pimiento y cebolla roja; aliñada con sal, pimienta negra, orégano y con aceite de oliva. Añadió trozos de queso feta, le encantaba, alcaparras y aceitunas.
Terminó con una fruta y, deprisa, se fue al dormitorio.
Estaba deseando estirarse, poner su música favorita y escribir lo que había vivido ese día.
De su clase de griego, repasó por encima la comida y el restaurante recién descubierto.
Inconscientemente, quería pasar rápidamente al capítulo “Carlos”.
¿Qué pasaba con aquel hombre? ¡Coño! ¡Le gustaba! Así de simple, a la vez que desconcertante.
Era una pieza que no contaba, tampoco le sobraba, únicamente, quería encajarla.
No percibía las mismas sensaciones que había experimentado con otros hombres. O sí… Con su primer amor.
Viajó al pasado, tintineando el bolígrafo sobre el cuaderno.
Daira estaba, por aquellos años, en el último curso de carrera. Una noche fría canadiense, se fue con su pandilla de la facultad a un pub.
Todos, sentados alrededor de una mesa baja, no paraban de reírse y bromear entre ellos. Una amiga se levantó, iba a la barra a buscar servilletas de papel. En un instante, en que Daira se la quedó mirando, en la barra, estaban dos chicos, uno de ellos, sentado en un taburete, de espaldas a la barra, miraba fijamente a Daira.
Una hora después, Daira y sus amigos, se dirigieron al fondo del local. Había un billar y algunos de ellos, eran expertos jugadores.
A Daira solo le divertía.
Al final de la noche, todos, incluido el chico “mirón” y su amigo, estaban jugando juntos y salieron al mismo tiempo, cuando el pub cerró.
Daira se quedó completamente enamorada de John, ese era su nombre, muy simple, no le pegaba nada.
John estudiaba Biología. Inteligente, ácido y muy divertido, además de tener los ojos más azules que jamás había visto. Tenía media melena, de color castaño y una voz seductora sin pretenderlo. No era adulador, pasteloso, o el típico guaperas que sabe que lo es.
Fueron novios durante tres años. Desde el principio, él le había contado sus proyectos de futuro y Daira los suyos. John supo desde siempre que el futuro que deseaba Daira era peculiar, que podía chocar con los suyos, pero los aceptó, al menos, por un tiempo.
El tiempo justo en que, con una relación consolidada, la madre de John empezó a hacer planes. A Daira no le gustaban en absoluto y, durante una cena en casa de la señora metomentodo, le dijo que nada de eso quería ella.
¿Qué era, “eso”? A la señora le encantaba Daira. De buena familia, guapa, responsable… En su inteligencia reparaba menos. Precisamente, con esa inteligencia, no podía someterla.
Quería una boda por todo lo alto, religiosa, de blanco y velo, para la novia, de pingüino, para su hijo.
Tenía pensada la zona donde debían comprarse la casa. Sí, casa. Su hijo trabajaría cerca, en una empresa de un amigo del padre. Buen puesto, sueldo excelente. Todo ello, daba pie a tener hijos pronto, no necesitaban ahorrar y mejor una casa para criar a la prole que la presunta abuela querría malcriar y consentir.
Daira tragó saliva varias veces y se bebió tres copas de vino…
Miraba a John buscando complicidad. John bajaba la cabeza.
Cuando Daira terminó su tercera copa de vino, levantó la mano, como los niños en clase cuando piden la palabra.
John la miró consternado…
De corrido, casi sin tomar aliento, ni una coma por medio, Daira le contó sus planes.
No, no iban a casarse. Planeaban irse a vivir juntos antes de dar ese paso del matrimonio. Que, por supuesto, no sería religioso, ni vestido con velo. Habían visto 5 apartamentos. John podía trabajar donde quisiera, pero ella, en breve, se iba a Guatemala destinada por la empresa donde estaba trabajando. Ella misma había solicitado ese puesto persistentemente.
Remató la conversación, mirando fijamente a aquella mujer que no era capaz de pestañear, diciendo que, el instinto maternal no había llamado a la puerta y, evidentemente, con su traslado al extranjero, y los proyectos que tenía en mente, no sería responsable abrir esa puerta.
Se levantó, dio las buenas noches, y las gracias por la cena, miró a John y le dijo, en tono interrogante, “¿vienes?”, y salió como un rayo.
John fue detrás y ambos se metieron en el coche. Al llegar a casa de los padres de Daira, después de pasar todo el trayecto en silencio, esta le pregunta qué coño pasaba.
Un nervioso John, le explica que su madre es muy exagerada, pero que no le parecía lo mejor que se fuese a Guatemala.
¿Perdona? Lo sabía desde el minuto uno. Conocía sus planes, lógicamente, Guatemala concretamente, no. Extranjero en general.
Esa noche, entre lágrimas de ambos, Daira lo dejó. Los días siguientes, no atendió ninguna de sus llamadas, ninguno de los recados que le llegaban de John por amigos en común. Cerró esa puerta, aunque su corazón estaba herido.
Daira hizo su vida; tres meses estuvo en Guatemala. Apenas pasó una semana y se fue a Chile por 6 meses.
No sabía ni preguntó nunca por el que fuera su novio.
Habían pasado 5 años, cuando Daira, convaleciente de una dolencia, pasó 8 meses en Canadá. Ya vivía sola, en su ático.
En una salida nocturna con una amiga, se encuentra a John. Se le removieron todos los cimientos.
Él se le acercó, estaba más guapo todavía.
Se alargó la noche, la amiga de Daira se fue y se quedaron juntos.
Pasaron la noche en casa de Daira. Ella hizo el amor como si nada hubiese pasado. John no había perdido nada de su encanto natural y la besaba a cada palabra o frase que Daira pronunciase.
Al día siguiente se fue, tenía trabajo. Daira se quedó envuelta entre las sábanas, olían a él, a ella… Se acurrucó y se durmió de nuevo, abrazada a la almohada de John.
Esperó su llamada durante todo el día. Al siguiente, al mediodía, lo llamó.
Un frío “dime” fue la primera palabra que él pronunció…
Daira, por primera vez, sin saber que decir, se limitó a invitarlo a comer. No podía, tenía una comida de trabajo, podría hacer una escapada por la tarde y tomar un café.
“Vale, en casa estaré”, le dijo Daira, absolutamente decepcionada y sintiendo que era la más tonta del mundo. Pero quería hablar, quería argumentos, explicaciones.
Eso hizo durante el café. A pesar de que John, cuando Daira le abrió la puerta, le dio un suave beso en los labios.
La noche que pasaron juntos, él le había dicho lo mucho que la echó de menos, lo que había sufrido y, de ser como actualmente era, no la hubiera dejado escapar.
“Hubiera ido contigo a Guatemala”, había sido la frase del año.
Entonces, ¿qué ha pasado en dos días? Se preguntó Daira en voz alta.
Pues, ahora mismo era imposible seguirla, pero, quizá más adelante.
Ah… Quizá…
Daira se levantó del sofá, cogió el abrigo de John, con cara de asombro, lo acompañó a la puerta y le dijo: —Las relaciones de pareja, no se sostienen con “quizás”, hasta nunca—.
Un juguete, ese tío quería un juguete.
Un puerto seguro y fijo para cuando le apeteciese y “quizá”, algún día, se enamoraría lo suficiente para echar amarras y quedarse.
Pues Daira no iba a darle tiempo a la nada que ahora existía. A un simple afecto de un amigo con derecho a roce, esperando a que, “quizá”, se le encendiera la llama del amor, y mientras, ¿ella se lo imaginaba?. ¡No!
¿Hacerlo culpable por no quererla? ¡Tampoco!
¿Pensar que no se atreve? Especular es una pérdida de tiempo.
No puedes ser amiga de alguien al que amas, si no siente lo mismo, porque quieres que sea más que un amigo.
La realidad práctica con que Daira vivía su vida, era sana y envidiable.
Finalizado su viaje al pasado, la música de fondo se había terminado y solo se escuchaba el mar.
Ese sonido marino hizo regresar a Daira con Carlos y la ilusión que, de repente, volvió a sentir por la invitación a cenar.
Lo que se pondría…
Dejó el cuaderno y el bolígrafo, mañana escribiría el capítulo.
Por un instante deseó que no solo fuese uno, sino el principio de una historia…

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