martes, 27 de agosto de 2024

DAIRA/CAP.8©®

 



A las 6 de la tarde, Daira, con una gran toalla, el fular que le había regalado Elena, usado como pareo, una pamela y un biquini blanco, baja, camino de la playa. Era una pequeña cala, muy cerca de su casa, que, en marea baja, formaba un arenal precioso.
Apenas, unas diez personas la ocupaban, por lo que tendría la tranquilidad que necesitaba. 
Sin pensarlo dos veces, dejó el pareo y el sombrero sobre la toalla, y se metió en el mar. Una rápida zambullida, primer contacto.
Se hizo varios largos, de un extremo a otro, sumergiéndose de vez en cuando, para salir y dejarse mecer, flotando por el suave movimiento de la marea.
Perdió la noción del tiempo. Salió, escurrió su larga cabellera, sacudió y extendió la tolla y se acostó sin reparar en nada ni en nadie que había a su alrededor.
Escuchaba el mar, las gaviotas y algún grito de niño. Al rato, se dio la vuelta. Boca abajo, pudo observar a todas las personas que, como ella, disfrutaban de aquel rincón.
Dos niños, de unos 10 años, eran los que chillaban, correteaban, iban y venían a la orilla del agua. Su pelo casi blanco, de lo rubios que eran, destacaba por lo bronceados que estaban. Los que debían ser sus padres, sentados, no los perdían de vista.
Atrás, una señora muy mayor, sentada en una sillita de playa portátil, movía acompasadamente la cabeza. Tenía unos pequeños cascos y escuchaba música, a través de un aparato pequeño que parecía una radio. Tenía el pelo muy corto y teñido de rosa. Unas enormes gafas de sol, de montura color fucsia, ocultaban sus ojos.
Estaba muy delgada y podían distinguirse las arrugas, de la piel curtida por el sol, en brazos y piernas. Su bañador era estampado, en colores chillones, de tipo deportivo. Un rato después, Daira, pudo ver lo excelente nadadora que era la mujer y la destreza para nadar en todos los estilos.
Las demás personas le quedaban más lejos y no podía ver los detalles con claridad.
Un grupo de cuatro jóvenes, una pareja y, al fondo, junto a unas rocas, una persona, sentada sobre una piedra, estaba leyendo un libro. Parecía un hombre por el sombrero, estilo panameño, que tenía puesto.
Daira volvió a darse un largo baño a última hora de la tarde.
Desde el agua pudo ver como, los niños y sus acompañantes, se marchaban. También el grupo de jóvenes, aunque más lentamente. A cada paso se entretenían saltando unos sobre otros, corrían hacia delante, volvían atrás… ¡Jóvenes! 
Cuando Daira iba saliendo del agua, vio a la persona del sombrero.
Estaba paseando por la orilla, acercándose a pocos metros de Daira.
Casi al lado, Daira lo reconoció. Era el hombre que había visto por la mañana, después de comer.
Esta vez, el hombre, no llevaba gafas de sol y pudo ver sus ojos. Era muy guapo… O eso le pareció.
Más o menos de su edad, en su torso desnudo y piernas al aire, se notaba que se había cuidado bien físicamente y, probablemente, continuaba haciéndolo.

Un poco más alto que ella, Daira medía 1,70, sin depilar, aunque no tenía mucho bello y de complexión delgada.
El pelo canoso hacía resaltar su color tostado por el sol, también el bañador, morado con finas rayas de color naranja.
De nuevo le sonrió y la saludó con un “hola”, para continuar diciendo, en español:” Nunca nos hemos visto, y para ser la primera vez, van dos el mismo día”.
“Coincidencias de la vida”, respondió Daira, también el español. Pero, claro, Daira hablaba perfectamente el español, lo había estudiado y, durante muchos años de su vida laboral, había residido en Latinoamérica. Era un idioma que le resultaba habitual y familiar, pero, con acento, detalle del que se percató el hombre.
Preguntó de dónde era, Daira también quiso saber de dónde era él.
”Carlos, español”, dijo muy escueto, sin dejar de sonreír y tenderle la mano, como saludo de presentación.
Le encantó el nombre de Daira, nunca lo había escuchado. Estaba de vacaciones perpetuas. Recién jubilado, llevaba todo el verano viajando, recaló en Patmos de casualidad. Estando en Milán, reservó un paquete vacacional para Grecia. Incluía tres ciudades importantes y, a mayores, una isla.
La isla que eligió fue Paros, también en el mar Egeo. Habían estado unos amigos el verano pasado y se la recomendaron. No quería visitar las típicas islas, como Mykonos, masificadas de jóvenes con ganas de fiestas interminables.
El que recogió la reserva, se equivocó y marcó Patmos, algo que no le desagradó, le parecía fantástica.
“¿Otra casualidad de la vida?”, le dijo sonriente a Daira.
Elena “liberó” a Daira de la respuesta a Carlos… Descendía las escaleras que terminaban en la arena y la llamó vigorosamente levantando la mano.
Se les acercó, Carlos no esperó a que Daira los presentara, se dieron la mano, al tiempo que Carlos decía su nombre.
Elena, en griego, pronunció la amiga de Daira, y comenzó a explicar por qué estaba allí. Un buen baño en el mar al atardecer, era lo mejor del día.
Carlos, de manera educada y generosa, se despidió en un perfecto inglés, suponiendo que Elena no entendería el español.
Apenas había dado unos pasos, se giró y, esta vez en español, dijo:
—¿Daira, te parece que mañana, durante una cena, hablemos de casualidades?
—Bien, respondió Daira.
—¿En el banco de esta mañana, a las nueve? Preguntó Carlos.
—Nueve y cuarto, dijo Daira.
—Vale, te espero, concluyó Carlos—.
Elena y Daira, sin mediar palabra, se quedaron mirando como Carlos se iba.
Cogió su toalla, se puso una camiseta de color naranja, colocó la toalla sobre uno de sus hombros y empezó a subir la escalinata.
Al llegar al final, antes de perder la visión de la playa, echó la vista hacia nosotras y nos dijo adiós con la mano.
Daira tuvo la sensación de que Carlos sabía que ella estaría pendiente, esperando su adiós.
Quizá, Carlos, solo quiso comprobarlo.
Fuese lo que fuese, ambos se miraron por última vez ese día…
¡Wow! Fue el comentario de Elena, seguido de un “¿nadamos?”. Daira esperó a que Elena dejara sus cosas en la arena, caminaron mar adentro y se zambulleron al mismo tiempo.
Al salir, sentadas cada una en su toalla, con la mirada fija en el horizonte, esperando el ocaso del sol que comenzaba a tomar posición, Elena le dijo a Daira, que le veía más luz que al sol que estaban observando.
Daira, sin moverse, preguntó, —¿Lo dices por Carlos?
—No. Por cierto, ¿conocidos que os habéis encontrado aquí? Dijo Elena.
—No, hoy nos vimos por la mañana, en la calle, casualmente, por la tarde, aquí en la playa.
—Darling, responde Elena, es habitual ver gente en una calle y normal que alguna en concreto, lo vuelvas a ver en una playa, un día de verano.
Cogiendo una mano a Daira, prosigue…
—Casualidad es que ambos estéis encantados de haberos encontrado—.
Se miraron las dos y sonrieron.
El sol se puso y abandonaron la playa.
Se despidieron cogiéndose las manos unos segundos.
—Hasta mañana, Daira.
—See you tomorrow, Elena—.







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