Daira se despertó con su cuaderno de sensaciones, recién estrenado, entre las sábanas. Lo guardó en un cajón de la mesita, junto al bolígrafo que le había regalado el librero, como atención de bienvenida a la comunidad.
Desayunó, como siempre hacía, en la terraza, mirando al mar.
Esa mañana tenía su primera clase de griego con Elena.
Recogió la casa, se vistió y salió hacia la casa de Elena. Le abrió la puerta la mujer del otro día, Cora, supo que se llamaba. Solo hablaba griego, por lo que, la comunicación se reducía a muchas sonrisas y gestos agradecidos, por ahora…
Elena estaba hablando por teléfono en la terraza, la esperó en el salón, sentada en el mismo sillón de rayas multicolor.
Enseguida entró a saludar a Daira, dos besos y un afectuoso “me encanta nuestro proyecto”.
Subimos al piso de arriba.
De estructura abuhardillada, aunque alta, estaba dividida en tres estancias. Su dormitorio, enorme, con baño completo y vestidor. Al otro lado, una amplia habitación que hacía de despacho y sala de música. Al contrario de la parte de abajo, tan colorista, en aquel cuarto, predominaba la madera. En tonos claros, el suelo, escritorio y sillas, combinaba con las vigas del techo. Tan solo un sofá, de color azul, como las ventanas, y una enorme alfombra en tonos azules y anaranjados, ponían la nota de color, imprescindible para Elena. El ordenador, sobre el escritorio y tres guitarras, colocadas en un soporte especial, conformaban toda la decoración. El techo, forrado de madera, estaba pintado de blanco, al igual que las paredes y la puerta.
Cora subió dos cafés y unos bollos recién hechos.
Las dos mujeres saboreaban su segundo desayuno, mientras Elena planificaba su primera clase.
En una pizarra, que colgaba de una de las paredes, se levantaba e iba escribiendo lo que para Daira parecía un jeroglífico.
Se acordó de cuando intentó aprender chino y sonrió. Fue lo único que dejó por impotencia y aburrimiento. Temió sentir lo mismo por aquel idioma, aunque, al fijar su residencia en territorio griego, le daba ánimo y la sensatez le decía, debes y puedes.
No se le hizo monótona la clase, Elena alternaba la teórica con imágenes de inscripciones en monumentos, y trucos para diferenciar caracteres de forma rápida.
Dos horas dedicó Elena a su tarea. Decidió que, para ser el primer día, no era conveniente sobrecargar, viendo el entusiasmo de Elena. Antes de irse, le dio un libro para principiantes.
La invitó a comer, Daira declinó la invitación, había decidido almorzar en otro restaurante, para ir conociendo locales y a sus gentes, ahora vecinos. Le dijo a Elena que la acompañase, pero, de manera generosa, esta, respondió que otro día, le quiso dar independencia de que conociese por sí misma la zona.
Se despidieron afectuosamente y Daira se fue, lentamente y observando todo.
Al doblar una esquina, vio tres restaurantes sencillos. Bueno, sencillo no es la palabra exacta, porque eran todos tan bonitos, como de cuento. Pero eran de precios normales, comida casera y producto de la zona, detalles que resaltaban en la carta que exhibían a la puerta.
Comió estupendamente. Charló con el dueño y con los camareros.
La cocinera le regaló un cesto pequeño con limones y tomates. Resultó ser vecina de Daira y se alegraba de que hubiese comprado la casa. Aparte de que Daira le pareciese estupenda, los turistas que alquilaban por temporada, le parecían, la mayoría, unos imbéciles. “Nos tratan como monos”, dijo en un inglés curioso. Todo el día haciéndonos fotos sin pedir permiso.
Tenía razón Fedra, era su nombre. No se preocupaban en conocerlos un poco. Su normalidad les parecía algo pintoresco para fotografiar y subirlo a sus redes sociales.
Daira se dirigió a su casa, satisfecha de todo.
Miraba la playa desde arriba, por la tarde iría a darse un baño y olvidarse del mundo sobre la fina arena.
Al final de la calle, antes de doblar hacia la izquierda, para llegar a su casa, había un pequeño mirador con dos bancos.
Una persona estaba sentada en uno de los bancos. A medida que se acercaba, distinguió a un hombre. Fumaba tranquilamente, hasta que se percató de Daira. Pasó de mirar al frente, a girarse ligeramente y no apartar la vista, o eso intuyó Daira, pues, el hombre, tenía unas gafas de sol negras.
Ya más cerca, el pelo canoso del hombre, brillaba con los rayos del sol. Estaba bronceado. Vestía una camiseta ajustada blanca, un pantalón holgado de color beige, parecía lino, y sandalias de cuero de color marrón.
Ella también llevaba gafas de sol, por lo que no dejó de observarlo. Al llegar a su altura, el hombre sonrió ligeramente y pronunció un “hola”, al que Daira respondió del mismo modo.
No le notó ningún acento especial, aunque era una corta palabra para asegurarlo, le pareció español o latino.
Daira miró hacia atrás, antes de doblar la esquina, y el hombre la seguía mirando.
En un gesto rápido, levantó su mano, en señal de adiós, a lo que Daira respondió moviendo una mano.
Sin darse cuenta, Daira no dejó de sonreír en todo el trayecto. Se percató al abrir la puerta de su casa. Entró, cerró y se apoyó por dentro, volvió a sonreír.
Subió a cambiarse, antes de bajar, se paró en un rincón de la escalera, donde había una ventana.
El paisaje que veía, parecía pintado a propósito para ella.
El mar… La esperaba para darle la bienvenida.
Descansaría un rato e iría a su encuentro.
Daira, continuaba sonriendo...

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