viernes, 23 de agosto de 2024

DAIRA/CAP.6©®

 



Todo estaba sucediendo tan rápido en la vida de Daira, que tenía la impresión de que toda su existencia se había desarrollado en la isla.
Tan lejana de su país, tan diferente, ambas, se acogían. Ni los recuerdos de otros lugares donde había residido, podían variar su sentimiento actual.
Realmente, adaptada a cada cultura y país donde vivió, alguno por varios años, se da cuenta ahora, que nunca se sintió enraizada a ninguno. Fue feliz, trabajó cómodamente, hizo y convivió con buenas amistades, pero, quizá, el saber que estaba de paso, la convertía en nómada de conciencia.
Después de despedir a Elena, y ver cómo desaparecía al doblar la esquina, cenó algo ligero y se acostó.
Cogió uno de los cuadernos que había adquirido y comenzó a escribir lo que había pasado en esos días. Dejó un capítulo entero para Elena, la había impresionado.
De fondo, mientras escribía, a volumen suave, puso música de Charlie Parker, “Bird”.
Durante alguna pausa en su escritura, escuchaba el saxo con la mirada fija hacia el mar, tras la ventana abierta de par en par.
Daira no desarrolló cultura religiosa alguna, pero, si existía el cielo, vivía allí en aquel preciso momento.
De repente recordó una sensación parecida.
Afincada en Costa Rica, tuvo algo más que una bonita amistad con Paul. Un norteamericano de Omaha, en el estado de Iowa. Era un joven ingeniero muy divertido y guapísimo. Ambos compartían el mismo entusiasmo por su trabajo y proyecto conjunto, pronto vino la “química” y la “física” aplicada a los humanos, la atracción y el deseo de tocarse todo el rato.
Se veían a diario y, también, casi a diario, compartían cama, en casa de uno, o en casa de Daira.
Querían tener una experiencia única, lejos del mundo y olvidarse de los números o coordenadas.
Se fueron tres días a la Isla de Coco, cerca de donde vivían, pero un paraje casi inhóspito.
Se alojaron en una de las pocas cabañas que había por aquellos años. No era un resort, hacían todas sus cosas, comida, limpieza, lo que surgiera. Tenían el número de teléfono de una especie de guardés y dos salidas por la isla, contratada con un guía.
Las demás excursiones, pocas, fueron todas a zonas de demarcación segura.
Se bañaron bajo cascadas de agua congelada, nadaron en las aguas mansas que se formaban cerca de los saltos de agua.
Desnudos, rozándose todo el rato.
Besos largos y húmedos rodeados de naturaleza. Hicieron el amor en todos los lugares posibles.
Se seducían con miradas y tocándose los pies por debajo de la mesa cuando se sentaban a comer.
Y recuerda esa sensación, al despertar cada mañana, se levantaba y abría de par en par el ventanal que había frente a la cama.
Corriendo se metía en la cama y, pegada a Paul, escuchaba el agua de la cascada cercana y cientos de sonidos de aves.
Todo estaba verde, muy verde y la vegetación era espesa, olía a fresco y limpio.
Miraba a Paul, mientras se empapaba con todo aquel esplendor natural, y lo abrazaba fuerte, de nuevo, otra vez…
¿Qué pasó con Paul? Dejaron de atraerse.
Eran seres libres, no tenían que intentar quererse o avivar ninguna llama.
Como vino se fue. Terminó su trabajo un año antes que Daira y, como compañero y conocido especial, se marchó a otro proyecto, a otra vida.
Daira nunca lo echó de menos, ni tampoco lo largó de su mente, formó parte de un momento, no se dieron muchos más para que fuese relevante.
Se disfrutó mientras duró.
Ahora, tocaba disfrutar del saxo y de la noche.
Adoraba las noches desde siempre, en este momento, era uno de los momentos imprescindibles. No tenía que planear el día siguiente con meticulosidad.
No tenía horarios, salvo los indispensables para las clases con Elena. Después, todo consistía en dejarse llevar por lo que le apetecía en cada momento.
Sintió un leve escalofrío...
Nunca había sentido la necesidad de pasar tiempo con alguien, excepto a sus padres.
Con Elena, sin embargo, lo sintió.
¿Quizá, inconscientemente, querría a alguien a su lado?
Había cambiado tanto su forma de pensar, que empezó a darle vértigo ese pensamiento.
Las personas que conviven durante años consigo mismas por elección, es difícil que se adapten a una convivencia con alguien, pero, Daira, ¡tenía tanto que dar y decir!
Volvió a poner la música de Parker, está vez mucho más suave, cerró los ojos y soñó con cascadas caudalosas rodeadas de frondosos bosques más verdes que nunca...





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