Elena le cuenta que tuvo mucha suerte con su compra. Conocía a sus dueños y las intenciones de hacer negocio turístico con la casa. Un desafortunado accidente hizo que eso cambiara y que la mejor opción había sido venderla.
Elena, también conocía la casa y el mimo con el que había sido decorada, con lo cual, nada tenía que enseñarle Daira.
Había comprado masa de hojaldre e hizo un pastel de verduras. Unos trozos de queso, rodajas de tomate y nueces, fue el primer plato.
Después del postre, unas fresas con nata, tomaron el café en el salón.
Allí, Elena le contó su rutina diaria. El paseo y el yoga en la playa, imprescindible, salvo algún día que la meteorología no lo permitía y hacía sus ejercicios en casa.
Dos días a la semana, da clase de piano a dos adolescentes que están de vacaciones con sus padres. Daira, podría elegir cualquier día para estudiar el griego, el tiempo que ella quisiera. Además, viviendo ambas en la isla, lo irían practicando en sus paseos y se le haría más fácil. La animó, aunque le dijo que no era fácil, pero le enseñaría lo práctico, lo que se habla en la cotidianidad y, después, se meterían de lleno en la Gramática.
Elena estaba dispuesta a quedarse en la isla más tiempo del que acostumbraba, aunque invitó a Daira a pasar tiempo con ella en su piso de Atenas.
Elena estudió en El Pireo, se quedaba durante la semana en casa de unos tíos.
Sus padres, en Patmos, tenían una taberna típica. Su padre se dedicaba principalmente a la pesca, aunque, también compartía tareas en la taberna, allí, su madre, se consolidó como una excelente cocinera.
Elena pasaba los fines de semana y vacaciones escolares, entre fogones, clientes variopintos y paseos en barca con su padre.
Solía reunirse con amigas en la playa; ahí pasaban los atardeceres y, ya siendo adolescente, noches veraniegas, entre baños en el mar y secretos, casi todos confesables.
Un verano, ya terminados los estudios superiores, y matriculada para empezar su carrera universitaria en otoño, conoció a Andreus.
Él, estudiante de tercero de Medicina, cursaba la carrera y residía en Atenas.
Su familia era de origen italiano. Aunque, Andreus, era muy pequeño, cuando sus padres emigraron a Grecia, su condición zalamera y efusiva, era la de un italiano puro.
Elena los conocía bien, muchos italianos viajaban a su isla de vacaciones y sabía de sus artes en materia de seducción. Siempre le resultaron simpáticos.
Elena también estudió la carrera en Atenas. Sus padres le alquilaron un precioso apartamento, pero ella decidió sacarse un dinero extra, así, colaboraba con sus padres, sacaba para gastos propios y maduraba.
Consiguió trabajo por horas en una tintorería y todavía le quedaban ganas y tiempo para aprender inglés y francés en una academia nocturna.
Daira pensó que tenía una cabeza prodigiosa, además de un afán de independencia envidiable.
Nada tenía que “envidiarle” Daira, eran dos mentes privilegiadas y ejemplo de madurez.
Evidentemente, empezó a verse mucho más con Andreus. El chico no tuvo que insistir mucho, Elena se había enamorado para toda la vida.
Y cayó rendida cuando la invitó a cenar a su casa. ¡Los raviolis al pesto fueron como una petición de mano!
Andreus y su madre estaban haciendo la pasta cuando ella llegó. Nunca había probado la pasta fresca y le fascinó.
Daira, acurrucada en el sofá, escuchaba atentamente a su nueva “amiga”. En perfecto inglés y con sus ojos negros brillantes, cuando contaba su historia de amor.
Elena tenía una elegancia natural de la que no era consciente. Con un simple "body”, o bañador blanco, con espalda al aire y atado al cuello, un fino y simple pantalón, también blanco y sandalias planas de cuero, parecía una actriz de los años 50, glamour envuelto en sencillez. Su pelo, más plateado que el de Daira, recogido en una trenza muy particular, parecía deshecha a propósito. Sin una gota de maquillaje, pero una piel cuidada, aunque curtida por el sol, como todo su cuerpo.
Cada arruga, resultado de los años y acentuadas por su delgadez, eran recuerdos de historias y producto de largos y sosegados paseos al sol.
Lo que para algunas son cicatrices, para Elena eran surcos de libertad.
Tenía una curiosa afición: Coleccionar fulares. Prendas que usaba habitualmente y que me trajo como regalo de bienvenida.
Daira se dejó acariciar por Elena, con su relato, por su imagen, su voz... Y al atardecer, contemplando el mar, desde la terraza de su casa, viendo cómo Elena se alejaba calle abajo, el suave pañuelo, acariciaba sus hombros, ligeramente quemados por el sol.
Sin lugar a dudas, Elena había sido el verdadero y oculto motivo de la elección de Daira.
El destino y sus cosas inexplicables, que cuando son bonitas, no preguntamos porqué...

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