miércoles, 21 de agosto de 2024

DAIRA/CAP.4©®








Media hora había pasado, cuando llegó el marido de la tendera con la compra.
Bastian, se llamaba. Bajito y rollizo, se le podían contar los pelos que tenía en la cabeza. Largos y pegados con gomina a la calva. Tenía una amplia sonrisa, como todos los que se había encontrado. Pudo verle dos dientes de oro brillar con la luz del sol.
Acomodó la compra y bajó a casa de la profesora, eran las once menos diez, había quedado a partir de las once y media.
Sí, llegó pronto, encontró la casa a la primera. Le gustaba la puntualidad, por lo que bordeó la casa para hacer tiempo.
En uno de los laterales, había unas escaleras. Abajo, una pasarela de madera, por la que se accedía a la playa.
Estaba vacía, era demasiado temprano para los turistas, que solían trasnochar, y los habitantes de la isla, estaban trabajando.
Se detuvo, en la balaustrada de la pasarela, vio una camisa y un sombrero.
A lo lejos, cerca de la orilla, una mujer en biquini, caminaba despacio.
Observó como llegaba a uno de los extremos de la solitaria playa y dio la vuelta.
Se detuvo en mitad de su camino y comenzó una rutina de lo que parecía ser yoga.
Terminó sus ejercicios con un baño en el mar.
Iban a dar las once y media y Daira se dirigió a la casa. Una pequeña mujer estaba regando un montón de plantas a ambos lados de la puerta.
Se giró y, ¡cómo no! Esbozando una gran sonrisa, preguntó —¿Daira?
Daira asintió, la mujer, con un gesto, la invitó a pasar.
Un pequeño recibidor, daba paso a un enorme salón. La mujer le señaló un sillón de rayas multicolor. Daira se sentó cómodamente. A su izquierda, percibió el olor fresco de una planta de lavanda. Colocada sobre una mesa con cajones, en color turquesa, junto con varias cajas pequeñas de colores.
 Dio por hecho que aquella mujer no era Elena, por lo que no intentó decir nada, dedujo que no sabía su idioma y esperó relajada.
Lo que veía a su alrededor era especial, un universo de color, donde cada objeto estaba elegido con gusto.
No había alfombras y predominaba el color y las plantas. Un enorme sofá de color morado, con un montón de cojines en diferentes tonos de rosas y lilas, presidía la habitación, ocupando casi por completo una de las paredes. Delante, dos mesas, de tamaño mediano, redondas, de cristal, con las patas del mismo color que el suelo, de madera en tono claro. Encima de cada mesa, un cuenco de cristal, que contenía conchas y estrellas de mar. La pared frontal era un enorme ventanal con una puerta de doble hoja, daba acceso a una terraza enorme.
Montones de fotos enmarcadas decoraban las paredes. Parecían fotografías de viajes, recuerdos a color de toda una vida.
Sobre una enorme cómoda, en color mostaza, más fotografías, y algún que otro objeto típico de alguno de los lugares visitados. La otra pared era una estantería de obra gigante, en color blanco, repleta de libros.
Las plantas, estaban distribuidas sin impedir el paso.
Y la joya de la corona, una enorme lámpara colgaba del techo. De cristal, con varios brazos y filigranas de colores, daban el toque más personal. Aunque había lámparas de pie en puntos estratégicos de la habitación, la del techo, tenía que ser un espectáculo cuando estaba encendida.
Daira estaba embelesada, la terraza era una ventana a la inmensidad del mar.
Escuchó voces y un “hello” con tono fuerte, era Elena. Con una camisa transparente, hasta la mitad del muslo y un sombrero en la mano. Daira se dio cuenta de que eran las prendas que había visto en la pasarela y, por lógica, la mujer en biquini haciendo yoga, era Elena.
Todavía traía el pelo mojado, una lisa y larga melena más blanca que canosa. Muy delgada, con grandes ojos negros, vio que tenía las uñas pintadas de azul cuando extendió los brazos y la abrazó con una fuerza imposible de imaginar en aquel cuerpo huesudo.
Salimos a la terraza, otra obra decorativa que invitaba a todo.
Una estructura de color azul, con grandes y vaporosas cortinas blancas, escondían a medias el “chill out”, con una inmensa tumbona tapizada en color turquesa, en uno de los rincones.
En el rincón de al lado, cómodos asientos, tapizados en igual color que la tumbona, formando ángulo recto y una mesa de teca con varios candiles y soportes de cerámica con velas. Un toldo blanco lo cubría.
El resto era un amplio espacio, con balcón de cristal al frente. Casi se podía tocar el mar.
Allí, sentadas, resumieron su presente y por supuesto, Elena sería la profesora de griego de Daira. 
Elena estaba especialmente ilusionada, quizá había encontrado en Daira, el alma gemela que necesitaba en esa etapa. Le gustaba compartir. Había viajado por placer durante toda su vida y también había decidido anidar en ese lugar, que tanto y tan bonito significado tenía para ella.
Se había quedado viuda dos años antes de jubilarse. Los sueños de envejecer con tranquilidad al lado de su marido, se los arrancó la vida. Lo había pasado mal, aprendió, desde hacía relativamente poco, a no ahogarse cuando pensaba en él, que era todo el rato. Con ayuda profesional, pudo conseguir sonreír cuando Andreus, así se llamaba, venía una y otra vez a su cabeza.
En su dormitorio, tenía siempre una flor fresca, Andreus amaba las flores, en un sencillo vaso de cristal, sobre la mesita del lado izquierdo de la cama. Espacio que, Elena, no ocupaba nunca.
A pesar de todo eso, no era una mujer triste, transmitía fuerza y positividad.
Parece incoherente, pero, su relato, lo hacía con calma, voz suave y con una sonrisa.
Terminaron la limonada a la hora del aperitivo. 
Daira la invitó a que conociese su casa y comiese con ella. Podrían conocerse más y también, hacer un planning de su nuevo proyecto, el griego.
Mientras Daira esperaba a que Elena se arreglase, pensaba en el sentimiento hipnótico que le había producido Elena.
Sentía que era su amiga de toda la vida, sin saber todos sus gustos y aficiones.
Era una curiosa sensación dadas las circunstancias. Quizá, Elena, era esa amiga que nunca echó en falta hasta que la conoció… Ahora, no quería perderla ni un segundo...
Deseaba contarle, tenía prisa por saberlo todo de Elena, le apetecía darle abrazos largos y cálidos.
Quería pasear con ella, reír, llorar y bailar, aún desconociendo que música le gustaba.
¿Qué le estaba pasando? Pensaba.
“Quiero a esta persona desde siempre, pero lleva dos horas en mi vida...”
¿Será que “siempre” no tiene límite de tiempo? ¿El “siempre” que conocemos, solo está formado por millones de instantes?
“Siempre” puede ser un segundo...










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