martes, 20 de agosto de 2024

DAIRA/CAP.3©®

 


Colocó todo lo que traía en sus dos maletas y bajó al pueblo a cenar.
No quería alejarse mucho, estaba anocheciendo y estaba exhausta por la emoción.
Al final de la primera calle, pudo ver un coqueto restaurante. Una terraza con una especie de candiles sobre cada mesa y a ambos lados de la puerta. Plantas por todas partes y una cálida iluminación. La casa era de piedra y no tenía el típico escaparate. Dos amplias ventanas de hoja, abiertas de par en par, dejaban ver el precioso interior del restaurante. Era como ir a cenar a casa de tu familia, eso le pareció a Daira.
Decidió cenar en la terraza, una amplia mesa, con bulliciosos comensales, eran su compañía en el exterior.
Dejó que el camarero la asesorase y pidió una ensalada de la casa y calamares a la plancha, acompañando la comida, un buen vino del país.
Todo estaba delicioso, no le apetecía tomar postre y pidió su café, vicio confesable durante toda su vida.
Al camarero le debió parecer que, un café solo y sin azúcar, era poca cosa. Le sugirió echarle una fina capa de una nata especial que aderezan con alguna especia.
Realmente, había sido una sugerencia excelente. Estaba muy buena, pudo saborear un gusto a canela y a otra especia que, el camarero, entre risas, se negó a decir.
Satisfecha por todo, inició el camino de regreso a casa. En mitad de la noche, podía escuchar y distinguir la cresta suave de las olas y, con esa melodía, llegó a casa.
Estaba ilusionada por acostarse. Abrió de nuevo la ventana, situada frente a la cama. 
El colchón estaba sobre una tarima blanca de obra, de una altura suficiente para que, acostada y con la cabeza sobre dos grandes almohadas de plumas, se podía intuir el mar y ver las pequeñas luces del puerto y de alguna barca en alta mar.
Y así se durmió, entre sábanas de algodón y la sintonía marina, a través de su ventana.
Se despertó con la habitación oliendo a mar y el griterío lejano de las gaviotas.
Se desperezó como una niña pequeña y se sentó en la cama. El sol le estaba dando los buenos días, las olas, la invitaban a levantarse.
Se duchó, cogió un vestido blanco de algodón ligero, recogió su pelo y, tranquilamente, con la pausa que nos regala no tener obligaciones, se fue calle abajo.
Entró en una pequeña cafetería, pidió un café, solo y sin azúcar, y un bollo típico que le recomendó la camarera. Disfrutó su desayuno como si fuera la primera vez. Pensó en lo siguiente que debía hacer; hacer la compra, necesitaba productos frescos y encontrar una librería, o algo parecido, donde comprar unos cuadernos. Estaba decidida a escribir día a día todo lo que sucediese, no quería olvidarse de nada de lo que viera o sintiera.
Cuando fue a pagar, la camarera le preguntó si estaba de vacaciones.
Un escueto “holidays”, interrogativo, fue lo que pronunció y suficiente para que Daira la entendiese.
Le respondió que no, obviamente. Que sería su nueva vecina.
La chica sonrió y se presentó, Sofía era su nombre. Una preciosa chica muy morena, de cabello, que se intuía muy largo, por el grueso moño que tenía. Era la hija del dueño del café, tenía 20 años y nunca había salido de la isla. Se la veía feliz y sin nostalgia por otra cosa.
Le dijo a Daira dónde había una tienda de total confianza, con buen producto, casi todo del país.
Se despidieron y Daira se dirigió a la tienda.
Caminaba despacio, mirando hacia arriba, a un lado, a otro.
No perdía detalle de las hermosas calles, sus casas, sus flores, locales diversos…
Ve la tienda que Sofía le había dicho. Era como una de esas tiendas de segunda mano.
Vendía de todo. Daira había visto comercios de ese tipo en alguno de los países en los que había trabajado, principalmente en Sudamérica.
Perfectamente colocados todos los productos, en estanterías rústicas de madera, a un lado lo comestible, en otro lado, productos de limpieza, un rincón con chanclas, alpargatas, paraguas, alguna sombrilla… Cestos de mimbre o bombillas, de todo, dudaba de si, los dueños, sabrían todo lo que tenían allí metido, aunque guardara un correcto orden.
Del fondo, tras una cortina metálica de colores verde y rosa, salió una robusta mujer 
Morena, pelo canoso, escrupulosamente recogido, mofletes colorados y unas cejas tan anchas, que parecían no tener fin.
Un “hey” sonriente, hasta donde la comisura de la boca no daba más de sí, fueron los buenos días que, anglosajones, alemanes o chinos, entenderían a la primera y ella no se complicaba la vida.
Daira, pronto pudo comprobar que hablaba inglés con una fluidez pasmosa, además de no parar un segundo su parloteo.
Por supuesto, preguntó a Daira en calidad de qué estaba en la isla.  Y también se enteró de que Daira no sabía ni decir hola en griego y que era su prioridad aprenderlo.
Alida, así se llamaba la griega oronda y campechana, le indicó que, en la isla, no muy lejos de la tienda, vivía Elena.
Elena era una jubilada, había sido profesora de Gramática, Inglés y Español. También sabía tocar la guitarra. Pasaba largas temporadas en la isla, donde tenía la casa que había heredado de sus padres.
A veces, cuando alguien se interesaba, daba clases a niños y adolescentes contados, de personas que pasaban todo el verano en Patmos y no querían que sus hijos perdieran su rutina escolar o como apoyo a los menos estudiosos.
Seguramente, estaría encantada de enseñarle griego a Daira, ambas le parecían dos mujeres cultas que se iban a entender.
¡Dicho y hecho! Por 1 minuto, Alida dejó de hablar, cogió rápidamente el teléfono y en el idioma patrio acordaron que Daira fuera a visitarla.
Bueno, no perdía nada. La intención de Daira era estudiar el griego por internet a través de una academia; el contacto directo no le disgustaba, al contrario, a falta de conocer a Elena y la impresión que sacara de aquel primer encuentro.
Se fue primero a casa, pues, la compra, se la llevaría el marido de Alisa.
Después, bajaría a la cita a ciegas que le concretó la tendera, más parecida a una abuela protectora, aunque fuesen de similar edad.
Eso sí, Alisa, al lado de Daira, parecía realmente su abuela…


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