domingo, 18 de febrero de 2024

YOLANDA Y ROSA/CAP.4©®



    



¡Rosa vendía cupones como churros! 
Creaba curiosidad, una chica con ojos enormes, ni gafas ni lentillas, ¡y con una visión impecable que saltaba a la vista¡ Risas...
Lo cierto es que tenía un don para tratar al cliente en cualquier ámbito. En la mercería donde trabajaba, muchos clientes esperaban a que ella las atendiera.
Yolanda quedó alucinada de lo que vendía en media hora; aunque también era verdad que, en esa pequeña franja horaria, se juntaba bastante gente que salía de trabajar de los organismos públicos que había en la zona.
La buena imagen de Rosa en la mercería, le permitió «exigir» que le diesen un horario mejor y más adaptado a sus nuevas necesidades.
Su madre empezó a padecer una enfermedad que necesitaba mucha atención. Su padre ya no podía hacerse cargo de llevar y traer a Silvia del colegio. Rosa, por las mañanas, se iba con su hija en autobús y volvían por la tarde juntas, cuando la niña salía del cole, sobre las siete de la tarde, debido a las actividades extraescolares.
Rosa entraba a las ocho y media de la mañana y salía a las dos y media; a esa hora se iba para el quiosco, hasta las seis de la tarde.
Pasaba mucho más tiempo con Yolanda; alguna vez se iba a comer a su casa, pero no le gustaba demasiado. El marido de Yolanda era muy amable, pero tenía algo que no le gustaba.
Así pasaban los días y los meses; los fines de semana, tanto Rosa como Yolanda, tenían planes familiares separados.
No compartían amigos en común, ni vida. Rosa y su familia salían con amigos y niños a diferentes eventos.
Yolanda, se limitaba a pasar los sábados en casa de su madre y poco más.
Silvia, la niña de Rosa, algunos días venía con el padre de un compañero del cole. Un chico muy majo que había entrado ese año.
Rosa, entonces, algunos días, ya no se iba al quiosco cuando salía de su trabajo; se marchaba a casa.
Uno de estos días, sobre las cuatro de la tarde, recibe una llamada.
Rosa, como la mayoría, solo tenía teléfono fijo; empezaban a salir los «Nokia» que eran como «Walkie Talkies» enormes, y no los tenía casi nadie.
Nadie respondía al saludo de Rosa, se escuchaba respirar y, a los pocos segundos, cuelgan.
A partir de ese día, esas llamadas se hicieron usuales; ya no colgaban del otro lado. Un día estuvo más de diez minutos hasta que Rosa colgó.
Otro día, Silvia, que ya tenía 13 años, estaba de vacaciones y se quedaba sola en casa.
Cuando Rosa llegó de trabajar, la niña le dijo que había recibido una llamada muy rara. 
Le pareció un hombre, que sí le habló, para decirle una asquerosidad. 
Esas llamadas se convirtieron en costumbre diaria.
Algunas, solo se escuchaba respirar, en otras, ya empezaron con jadeos y palabras obscenas.
Se empezó a preocupar; lo que le había contado su hija no era casualidad y le perturbaba que su hija volviese a escuchar a aquel cerdo.
Aquello no paraba...
Yolanda me decía que no hiciera caso, había mucho tarado suelto; a ella le había pasado alguna vez.
Rosa no estaba tranquila y se le ocurrió algo...
Yolanda acababa de comprarse un móvil; un pedazo de ladrillo que le sería útil para su trabajo, pues también tenía encargos de cupones.
¡Los móviles indicaban qué número había hecho la llamada! Todo un descubrimiento que, actualmente, parece una coña. Los que tengáis una edad, sabéis de lo que hablo.
Cómo tenía que tener el teléfono por la semana, Yolanda se lo deja todo el fin de semana.
Rosa, ni bien llega a casa el viernes de tarde, desvía las llamadas del teléfono fijo al móvil.
Sobre las nueve de la noche recibe la primera llamada: obscenidades y risa de baboso.
Después de las doce, otra llamada, más baboso, e intuyó Rosa, borracho.
El sábado de noche, más llamadas.
Y el domingo, a las tres de la tarde, la llamada más desconcertante...
No dijo nada al otro lado del teléfono, se escuchaba respirar; Rosa lo tuvo, sin colgarle, cinco minutos.
Lo desconcertante era el número que marcaba el identificador de llamada...
¡El fijo de la casa de Yolanda!
Rosa, ni bien cortó la llamada, marcó el número; unos segundos de tono y contestó Yolanda.
Rosa le dijo que la había llamado hacía cinco minutos, a lo que Yolanda respondió que no.
Rosa insistió, Yolanda se reafirmó...
El domingo por la tarde, suena el móvil. No era el número de Yolanda, era otro número fijo, el mismo desde donde decían cosas obscenas.
Cogió, esta vez, solo eran risas y un «guapa» al final.
Al finalizar la llamada, Rosa marcó ese número, no entendió lo que le dijeron al responder. Era una mujer, a la que Rosa preguntó quién era.
Le respondió que quién era ella; Rosa le dijo que la habían llamado desde ese número. La mujer le dice que no sabe, es una cafetería, el teléfono es de monedas y llama cualquiera.
Entonces Rosa preguntó cuál era el nombre del bar, se lo dijo. También preguntó dónde estaba situado, le dio la dirección.
Mirando, después de la conversación, la guía telefónica, el bar estaba al lado de un bingo. 
Pero no de un bingo cualquiera, sino en donde el marido de Yolanda se apostaba a vender cupones.
Él no tenía quiosco, estaba siempre a la puerta del bingo; también dentro, para descansar y vender a los clientes.
Rosa se quedó estupefacta.
El lunes llevó el teléfono a Yolanda. No recuerda si se podía mirar el registro de llamadas, lo cierto es que Yolanda no la creyó.
Eso también alucinó a Rosa... Cambió la  perspectiva que tenía de su nueva amiga.
¿Qué razón tendría Yolanda para no creerla?
Intentaba buscarle una explicación. Era lógico que quedase impactada. Una amiga le estaba diciendo que su marido no paraba de hacerle llamadas. Hasta ahí, entendible, pero... ¿Nada más?
Rosa tardó dos semanas en volver por el quiosco. Estaba intentando calmarse y solucionar el tema, pero no lo iba a dejar pendiente. Yolanda no daba señales de vida; el cerdo del marido tampoco.
A las dos semanas, Rosa va al quiosco. Un día antes, la llama Yolanda, si puede pasarse por allí.
A Yolanda le había llegado la factura del teléfono móvil y se la da a Rosa para que la mire.
Efectivamente, como no podía ser de otra manera, allí estaban reflejadas las llamadas de este señor a mi casa.
Desde casa de Yolanda y del bar donde él paraba cada día a diferentes horas. Venían señaladas perfectamente con el desvío desde mi teléfono al móvil.
Rosa la mira y le dijo que no le había mentido; ahí estaba la prueba.
Con dos cojones, dos ovarios y ninguna vergüenza, Yolanda le dice si ve el coste de cada llamada.
Al principio de los tiempos, no existían las tarifas planas; las llamadas eran caras y por minutos.
De fijo a móvil, todavía más, y el que llamaba pagaba el desvío de fijo a móvil.
¡La tía, le pide a Rosa el dinero de esas llamadas!
Si el tema no fuese por algo serio, era para descojonarse por lo surrealista.
Yolanda no era responsable de lo que hacía un tarado, pero, ¡era su tarado!
La mandó a la mierda, le dijo que ya tendría noticias y Rosa se fue.
No sabe cómo pudo llegar a la estación de autobuses, le temblaba todo el cuerpo de los nervios y la rabia.
Aquella noche, Yolanda la llamó. 
Le pidió perdón y quería decírselo en persona.
Al día siguiente, Rosa vuelve al quiosco. La nerviosa era Yolanda que, llorando, le dice que lo siente. Había sido muy duro enterarse de lo que hacía su marido y no supo reaccionar de otro modo.
Rosa, en segundos, no entiende la reacción de negar lo evidente, pero sabe que Yolanda es bastante ignorante y, sí, el asunto había sido fuerte.
Rosa le dijo que advirtiese al marido, no iba a hacer nada esta vez; si continuaba, lo denunciaría.
No volvió a recibir más llamadas del tipejo asqueroso.
Yolanda, después de ese día, se mantuvo avergonzada; no se volvió a tocar el tema, pero Rosa la notaba vergonzosa...
Poco después, como dos meses, Yolanda le da la noticia de que va a divorciarse...
Ya se lo había dicho al tipo y tenía una abogada.
Él se había ido de casa, también tenía abogado y no iba a dejarle el piso con los hijos, se tenía que vender...
Yolanda empieza la etapa «Guerra de los Rose».







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