lunes, 19 de febrero de 2024

YOLANDA Y ROSA/CAP.5©®



  



Con el marido fuera del piso, Yolanda empezó a saborear no solo la libertad, sino también descubrir la vida en algún sentido.
Rosa, en ese proceso, empezó a darse cuenta de que, Yolanda, jamás había tenido amigas.
Se movió únicamente entre sus hermanas y hermanos, y las fiestas o celebraciones que hacían.
Eso la hizo pensar que, en lo ocurrido con su marido, desconociendo lo que es la amistad, no supiera reaccionar correctamente. No era algo que la dejase tranquila, pero, Rosa, entendió muchas cosas, a pesar de que Yolanda era unos quince años mayor que ella y el sentido común, debiera haber tenido acto de presencia.
Yolanda empezó a quedar con compañeros de trabajo; a frecuentar los sitios a donde iban y que ella desconocía por completo.
Comenzó a ir a bailar, a ronear con quien le apetecía y también a hacerse sus películas sobre este o aquel que estaban tras ella.
Los lunes eran, "lunes de contar". Contaba sus andanzas y las de una compañera en especial. Una chica ciega y diabética. Sí, era lo habitual; sus compañeros de trabajo, tenían discapacidades diversas. Ella era una privilegiada entre la mayoría.
Esta chica se cogía unas borracheras cojonudas. Con diabetes era normal terminar la noche en urgencias...
La mujer era soltera, vivía sola, tenía pasta y se corría unas juergas tipo Paquirrín... Era raro que no perdiese nada cada fin de semana: el bolso, la cartera, el móvil o el bastón.
A Yolanda le había gracia, estaba en su primera juventud y cualquiera se lo decía, había que dejarla fluir y fluía.
Era una tía de cuarenta y pico años, en una mente adolescente...
Pero tenía un plazo para irse del piso, tendría que ponerse en venta.
Su marido pagaría las pensiones alimenticias correspondientes, los gastos extras, a medias.
La pensión era una pasta, eran tres hijos, ya que al que tenía Yolanda de otro hombre, lo había adoptado.
Todos estudiaban y los tres en el mismo colegio privado.
La hija de en medio y el chico, estaban cursando bachillerato; el colegio solo era concertado para la enseñanza obligatoria.
 Un día le dice a Rosa que vaya a su casa para ayudarla a embalar cosas.
Era media vida de casada y demasiadas cosas acumuladas...
¡Aquella casa era un bazar!
Pero, Rosa, flipó más cuando fueron al trastero. Una gran cámara frigorífica, un congelador vertical inmenso y otra cámara para vinos, todo en acero inoxidable.
Solían comprar la carne, ternero y cerdo, en una finca ganadera.
Le llevaban a casa las piezas limpias y pagaban a un carnicero para la repartición meticulosa de cada parte del animal, para su posterior congelación o maduración en cámara.
Hizo elegir a Rosa algunas de aquellas bolsas, las apartó para que se las llevase otro día.
Mantas de todo tipo y tamaño, edredones, sábanas, toallas y mantelerías, que había dejado de usar, pero en perfecto estado, se acumulaban en dos grandes armarios hechos a medida.
No le daba pena dejar el piso, le daba rabia dejar su casa para irse a otra por la misma zona, pues pensaba alquilar muy cerca. Ya pensaría con calma cuando compraría otra.
Otro día quedamos para ver un piso en venta; no era su idea inicial, quería darse un tiempo, pero era una de esas gangas inmobiliarias que aparecen de vez en cuando.
Estaba situado en otra zona muy buena, no muy lejos de donde vivía.
Tenía unos acabados excelentes, era grande, como ella quería, pero solo el salón, de gran dimensión, daba al exterior, con un amplio ventanal que ocupaba toda la fachada del edificio.
Lo demás, tres dormitorios y cocina, tenían como vistas un patio rodeado de edificios y los dos baños eran interiores.
Acostumbrada a su casa, un piso totalmente exterior, con mucha luz, era complicado adaptarse y podría comprarse sin problema otro piso.
Rosa hacía muy poco que había vendido su casa familiar y se había comprado un piso, en el mismo pueblo donde vivía. Era un pueblo grande, cercano a la ciudad, con servicio de autobús cada veinte minutos y mucho más barato y tranquilo.
Pidió una excedencia, que aprovechó para tener tiempo de comprar el mobiliario que le gustaba y hacer pequeños arreglos. El piso era nuevo, pero los armarios empotrados estaban de obra por dentro; quería cerrar una pequeña terraza, pintar a su gusto, encargar cortinas, lámparas, etc.
Y quería calma y tiempo.
Yolanda le regaló una cafetera italiana; era el regalo de "voy a ver tu casa y llevo algo".
Nunca vino, nunca tuvo momento y me la dio en el quiosco.
Realmente estaba muy ocupada, sí...
Ocupada, emocionada, revolucionada y alterada.
No le salió acné porque las personas no somos como los almendros, que viene un febrero cálido y se les adelanta la flor... Ella tenía las hormonas más a flor de piel que nuestras hijas adolescentes.
Y de tanto roneo, tanto tanteo y tonteo, se quedó prendada de uno.
Era profesor...


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