miércoles, 21 de febrero de 2024

YOLANDA Y ROSA/CAP.6©®




    



Yolanda ya se había mudado a su nuevo piso.
Había resurgido del hastío con el que Rosa la conoció.
Manejaba su vida sin rendir cuentas a nadie; sus dos hijos mayores le daban esa libertad de ir y venir sin horarios; además de los fines de semana y vacaciones que pasaban con su padre. 
Comenta, que conoció a un profesor de 56 años.
El hombre daba clase en un colegio de primaria a 70 km de la ciudad.
Lo conoció en una de esas discotecas para «mayores»...
Realmente no son creadas para una franja determinada de edad, pero la afluencia de clientes maduros, obligaba a que se escuchara un tipo de música concreta que los jóvenes rehuían.
Pasodobles y «pachanga» eran el repertorio que reunía a ciertos perfiles de mediana edad; solteros entrados en años, separados, viudos y casados, con ganas de hincar el diente, se mezclaban con separadas, viudas, separadas y casadas con las mismas ganas.
Por lo que Yolanda contaba a Rosa, parecía un tipo normal.
Serio, así le gustaban, bien vestido, más bien clásico y formal, decía ella.
Tenía hijos más mayores que los de Yolanda; ya eran independientes, él vivía solo en el pueblo donde estaba el colegio; un pequeño pueblo de costa.
Un día la invita a pasar el fin de semana, pero, para ese primer contacto, con tacto, quedan en un hotel.
Era viernes, y Yolanda ya estaba nerviosa. 
No se sabe el tiempo que hacía en que Yolanda no había tenido sexo; fuera mucho, o poco, Rosa, percibió que no había sido satisfactorio durante mucho tiempo.
Es cierto que, la mujer, cuando pasa de los 40, tiene miedo o vergüenza a desnudarse delante de un tío. Nunca se sopesa que ellos tampoco están en su mejor momento, pero ocurre.
En Yolanda era más que eso.
Rosa, evidentemente, no preguntó, pero le dio el pálpito de que no había tenido un orgasmo en su vida, ¡ni consigo misma!
Y aquella mujer debía ser una olla a presión; por primera vez, elegía a su antojo con quien iba a mantener sexo.
Rosa no era cotilla, pero tenía curiosidad por saber cómo había transcurrido aquella cita.
¡El lunes, estaba en el quiosco de Rosa como un clavo!
La parejita fue a cenar primero... No sé si es la mejor idea, salvo que dejes pasar un tiempo para digerir.
Ya en el hotel, sin haberse tocado ni un pelo antes, entran en la habitación.
Él había reservado habitación en un hotel de un pueblo cercano a donde vivía.
Supongo que era un sitio agradable, aunque también pudiera ser un hotel dedicado a esas faenas tan explícitas.
Tenía un sofá de dos plazas, en cuero, imitación supongo, de color negro.
No hablan apenas al entrar, se van desnudando sin decir nada.
Ella termina de desvestirse antes que él y se sienta en el sofá...
Rosa se va imaginando la escena... Ni un abrazo, ni un beso, ni una caricia.
¡Te quedas en pelotas, sentada encima de un plástico frío!
—¿Así te quedaste, esperando? —pregunta Rosa.
—Sí, con los brazos cruzados—.
¡Hostias! La imagen era entre surrealista, patética, rara...
Sentada, en pelotas y de brazos cruzados...
—¿Mirándolo a él? —dice Rosa.
—Sí, de reojo—.
¡Madre mía! ¡En la narración y el panorama, había tanta pasión cómo  entre «Pedro» y «Heidi»!
Cuando el tío terminó de despelotarse, se sentó a su lado y empezó a tocarla...
En qué momento se besaron, si se besaron, o se acostaron, ni se sabe.
Ni en las peores relaciones sexuales de Rosa, alguna hubo, no ocurrió nada parecido...
Le debió de gustar porque repitió al fin de semana siguiente y al otro, otro...
Hacía la maleta los viernes y se iba; ya se quedaba en casa del tío.
Una casita con encanto, que alquilaba en el pueblo.
Ella estaba encantada, no la conocía nadie, algo que la hacía sentir más libertad.
Se presentaron a los hijos; los de él, muy amables, los de Yolanda, más reticentes.
Vivía en una nube, no le importaba que alguno de sus hijos no estuviesen cómodos. 
Rosa no la culpaba por ello; los hijos suelen comportarse de manera bastante egoísta, más con las madres que con los padres.
Pero, era cierto, que lo priorizaba a él. Sola con los chicos, estaba solo por la semana, y a la hora de cenar.
El hijo ya trabajaba y empezó a tener problemas de comportamiento y de amistades.
Se metía en bastantes líos y a Yolanda le preocupaba. Poco podía hacer, tenía veinte y tantos años y, salvo darle consejos, o echarlo de casa, no encontraba más posibilidades.
La chica se echó novio y empezó a llevarlo a casa cada fin de semana.
La pequeña, de la edad de la hija de Rosa, empezaba a salir. Apenas mantenían contacto las dos amigas.
Rosa, años antes, cambió a su hija de colegio. Empezaba la ESO, ya podía quedarse sola en casa, cuando Rosa trabajaba, y perdieron poco a poco la amistad.
Rosa, con la excedencia, ya no iba diariamente por el quiosco, hablaban más por teléfono.
Yolanda había encauzado su vida, algo de lo que Rosa se alegraba.
Yolanda le contaba sus andanzas con el maestro. Empezó a preocuparle el futuro inmediato con él.
Ella no se iría nunca a vivir al pueblo, y él, allí, tenía su trabajo.
Sus quedadas eran como las de una pareja sosa que lleva treinta años juntos. Definitivamente, no estaba enamorada. Tenía muy claro que no se iba a trasladar, tampoco lo hablaron en ningún momento, pero ella no estaba apenada por eso.
Empezó a salir entresemana, por la noche, con sus compañeros.
Daba la sensación de que mantenía la relación para satisfacer su necesidad sin complicaciones de conocer a otras personas para y por lo mismo.
Rosa le dijo en una ocasión que debía pensar lo que realmente quería y decidir. Estaba acomodada, nada más. 
Le reconoció que sí, que tenía cierto miedo a volver a empezar con otro.
¡Joder! Rosa se cabreaba, le estaba dando a entender que para tener relaciones sexuales, o pasarlo bien, había que atarse a alguien.
Y no, no era así. 
Yolanda había sido libre cuando se divorció; disfrutó de esa libertad los primeros meses con el maestro, pero volvió a lo mismo.
A la rutina, no sabía hacerlo de otra manera.
Rosa la hacía pensar, pero no sabía cómo salir de esa rueda. La cultura en la que fue educada y sus circunstancias, la habían lastrado.
Acompañó a Rosa a comprar alguna cosa para el piso nuevo de Rosa.
Casi todos los lunes y los viernes, Rosa se iba a la ciudad; desayunaban juntas y se echaban unas risas.
Entre ellas todo iba bien, hasta una Semana Santa...



No hay comentarios:

Publicar un comentario

GLORIAS POR LA GRACIA DE LAS PESETAS

 Hace unos días, saltaba la liebre. Un presentador, muy conocido, de la RTVE Canarias, fue invitado a un podcast. Entre varias declaraciones...