Rosa volvió a trabajar, pero su hija ya no estudiaba en la ciudad, por lo que, Rosa, cuando salía de su trabajo, se iba para casa.
Alguna tarde suelta iba al quiosco; generalmente, coincidía cuando tenía que desplazarse por otro motivo y aprovechaba para visitar a Yolanda.
¡Y llegó Semana Santa!
Una ahijada de Rosa había tenido un bebé el día anterior. El sábado por la mañana, Rosa y su marido, irían al hipermercado donde hacían la compra semanal, y se acercarían al hospital.
Eran las diez de la mañana cuando dejan el coche en el parking superior del centro comercial, y se dirigen a la rampa eléctrica que los lleva a la planta baja.
Ni bien, Rosa, pone un pie en la rampa, no sabe cómo ni por qué, se cae de culo.
Su marido iba delante y se giró al escuchar un leve «¡ay!».
Rosa quiso levantarse, pero vio y notó cómo su pierna derecha, de la mitad de la pantorrilla, hacia abajo, parecía de trapo y no la sostuvo para permanecer de pie.
Volvió a sentarse y que la rampa la llevase hasta abajo del todo.
Allí, si marido intentó ayudarla para que se incorporase, era imposible.
Quedó sentada, arrimada a una de las jardineras. Llegó el guardia de seguridad del centro, quien llamó a una ambulancia.
Rotura de tibia, peroné y maléolo externo del tobillo, fue el diagnóstico.
Cuando la llevaron a planta, ya enyesada, desde el pie hasta la ingle, llamó a quien consideró. Alguna familia, amigos, a la recién parida que iba a visitar esa mañana, y Yolanda.
La reciente mamá estaba preocupada de lo suyo, aunque el parto había salido bien, el accidente de Rosa, lo recogió igual que si le dijera que estaba haciéndose las uñas de los pies.
Yolanda, muy preocupada, le dijo que, ni bien pudiera, se pasaría por el hospital.
Rosa estaba bien, jodida y media inmóvil, pero no tenía dolor. Los dedos del pie, lo único que se le veía, estaban normales, lo cual significaba que no tenía inflamación, no tendrían que tocar el yeso y, menos aún, pasar por quirófano. La rotura había sido limpia.
Rosa estuvo tres días completos ingresada. Yolanda llamaba cada día, pero no tenía tiempo...
Le dan el alta un miércoles por la mañana. Se va a su casa con una pierna tiesa, que no podrá apoyar en meses, y dos muletas.
Yolanda quedó en ir el sábado por casa de Rosa. Le preguntó si tenía algún problema en que la acompañase el profesor. Rosa le respondió que ninguno, así, también lo conocería.
No, tampoco fue el sábado, no fue el domingo de ese fin de semana, ni los siguientes.
Teniendo en cuenta que, para ir al pueblo del profesor, tenían que pasar por el pueblo y por delante de la casa de Rosa, esta estaba ligeramente cabreada.
No era lo que más le preocupaba, pues la hubiera mandado a la mierda en esos días.
Rosa estaba pasando un duro proceso de adaptación. No solo físicamente encontraba barreras, emocionalmente le afectaba.
Rosa fue siempre una persona muy dinámica; manejaba todo lo relacionado con su casa, su hija adolescente. Trabajaba y aguantaba también de su marido; hombre bueno y trabajador, pero que nada resolutivo.
Se veía imposibilitada, con una niña que no sabía freír un huevo; su padre no sabía ni cogerlo del frigorífico...
Rosa, al día siguiente de llegar del hospital, mandó retirar todas las alfombras, cambiar mesas o plantas de lugar y todo lo que le estorbaba o fuera un peligro potencial en su situación.
A la semana ya dominaba las muletas para desplazarse, pero tenía que planificar incluso cuando ir a orinar; necesitaba un tiempo para todo.
Antes de los quince días, Rosa cocinaba, limpiaba como podía, ponía lavadoras, tendía ropa, hacía su cama y se aseaba sola.
Varias vecinas se habían ofrecido a hacerle lo que necesitase; Rosa, aceptó lo justo. Una de sus vecinas le llevaba diariamente el pan, y todas, la solían acompañar en esas tardes de primavera, encerrada en casa.
Una de ellas le dijo que podía solicitar una silla de ruedas; tendría que hacerlo en la Inspección Médica, bastaba un informe de lo que tenía para la solicitud.
Actualmente, existen mil sitios donde se pueden alquilar, incluso puedes comprarla barata por «Wallapop».
Este suceso ocurrió 20 años atrás, y todo era diferente.
El organismo de Inspección estaba muy cerca del quiosco de Yolanda, por lo que Rosa pensó en pedirle ese favor.
Cuando Yolanda llamó, Rosa le hizo el encargo.
¡NO TENÍA TIEMPO!
O sea, a Rosa, que conoce todos sus hábitos, le dice que no tiene tiempo...
Yolanda cerraba el quiosco sobre las diez y media de la mañana, cada día, para ir a desayunar a una cafetería de la esquina. Rosa fue alguna vez con ella. ¡Se tiraba una hora de desayuno!
¿¿No tenía tiempo??
No lo tuvo para ver su piso, tampoco para ir al hospital; no sacó ni quince minutos para visitarla en casa, aun pasando por delante para irse a un pueblo a follar con un tío, no a su regreso, que volvía a pasar por delante de casa de Rosa.
Le pide un papeleo insignificante, al lado de su curro, por un asunto médico, y... ¿No puedes?
Yolanda, reina, hasta aquí y hasta «nunqui».
—¡Vete a tomar por culo!—
No volvió a ver a Yolanda.
Hace un año, Silvia, la hija de Rosa, coincide con la que había sido su amiga, la hija pequeña de Yolanda.
Se ven en un cumpleaños infantil, una amiguita de sus niñas.
No tiene relación con su madre, le contó que anda de fiesta en fiesta y como pollo sin cabeza...
Moraleja:
La primera vez que consideréis que alguien os falla, no deis segundas oportunidades.
Fin.

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