Vivía con sus abuelos; dos personas muy cultas que le inculcaron la costumbre de leer.
Los cuentos de Andersen y los hermanos Grimm, ilustraron su niñez.
Con Mark Twain, Charles Dickens o Enid Blyton, con las "Aventuras de los cinco", fue entrando en la adolescencia.
Además de la lectura, con la que viajaba donde quería, el baile era su otra pasión.
Era el comienzo de las sesiones infantiles en discotecas.
Con algunas amigas, hicieron alguna escapada secreta; el volumen de la música que le gustaba, y los focos centelleantes le encantaban.
Su abuela tenía costumbres culturales férreas y procuraba que, Julia, no se lanzara a esa vida festiva.
Pero era inevitable cerrar esa puerta; consiguió retrasar su apertura, pero nada más.
Y llegó el día en que tuvo que permitir su primera salida nocturna, muy a su pesar.
El pacto había sido que, a las 11 de la noche, fuese el padre de Julia a recogerla.
A las once, el padre estaba como un clavo en la puerta de la discoteca.
Julia, pasándolo fenomenal, salió a pedirle un ratito más.
A las doce, Julia y su padre se van a casa. La imagen de sus abuelos y su madre, como sargentos, en el porche de casa, la tiene grabada.
La bronca a su padre fue para haberla grabado; pero no existían los móviles, motivo por el que su padre no avisó de la tardanza.
Estaban todos preocupados.
Julia habló con su abuela al día siguiente. Era una bobada que fuese su padre a recogerla. Hermanos de sus amigas y amigos iban a buscarlos. Vivían todos en la misma zona y podrían llevarla a ella también.
Aceptó a regañadientes.
A Julia, su abuela, le hacía una larga trenza cada mañana. Decía que el pelo rizado se debía de llevar recogido. Vestía, o la vestían, con faldas y vestidos. Medias de lana hasta la rodilla, en invierno, y zapatos castellanos...
Era curiosa la imagen de ver a una chavala tan pija, bailando a ritmo de "Deep Purple" o "Led Zeppelin".
A Julia le gustaba el heavy y todas sus variantes. El pop de aquella época no le gustaba, hasta que explotó Michael Jackson.
Poco a poco pudo ir variando su vestimenta. Jerséis flojos o camisetas, vaqueros Levi's y botines blancos John Smith; los Converse vendrían años después.
Lo del cambiar de peinado le costó más conseguirlo. Afortunadamente, una fiesta de carnaval en el instituto, fue el determinante.
La clase de Julia iba disfrazada de bruja y le soltaron el pelo.
Llegó a casa con aquel matojo de rizos que tenían vida propia, después de tantos años sujetos.
Para mantenerlo bonito, con sus rizos bien formados y libres, se lo lavaba cada día. No existían mascarillas ni espumas todavía, pero se las ingeniaba para tenerlos perfectos.
Ya convertida en una hippie con estilo y aseada, empezaba su trayectoria personal.
Durante la semana, vestida con el uniforme escolar, esperaba el autobús, acompañada por un grupo de amigas.
Al otro lado del andén, un grupo de chicos, estudiantes también, esperaban otro bus.
Julia empezó a echarle el ojo a uno de ellos; era guapísimo.
Él también la miraba; día tras día cruzaban sus miradas y empezaron a sonreírse tímidamente.
En otra salida de Julia a la discoteca lo vio.
Fue ella la que se acercó y se presentó. Él, colorado como un tomate, le siguió el rollo y quedaron para verse el siguiente sábado.
Irían al cine, todo un planazo. La película la elegirían en la taquilla.
¿Importaba la película?
Julia jamás había dado o recibido un beso. Una vez, en una caseta que tenía un amigo, le habían chupeteado una oreja y la sensación no había sido la mejor de su vida...
La pandilla se reunía en esa caseta, se llamaba "Jamaica". Se encontraba en la finca de uno de la panda, Generoso, a quien llamábamos Noso.
Le encantaba Bob Marley, y le hizo un homenaje con el nombre de su garito. Noso era un pésimo estudiante, pero como manitas, era la hostia. Había dividido la caseta en dos estancias. En una instaló un equipo de música, era la cabina del DJ; en la otra parte, un sofá y cojines grandes sobre una alfombra. Todo muy estilo hippie.
Allí pasaban las tardes, salvo en verano que se iban a la playa.
Allí, también, casi todos experimentaron "cosas"... Julia, chupada de oreja y dos caladas a un porro que le dieron taquicardias y nunca más lo probó.
Con Jesús, así se llamaba el chico de la cita, quizá experimentase otras emociones con tacto, esas de las que tanto se hablaba por ahí...
¡Y llegó el sábado!
Julia se arregló toda emocionada; su abuela no se percató de nada. Para ella, era una tarde más, en la que su niña se iba con las amigas.
Julia llegó a la estación de autobuses y lo vio al instante.
Pantalón vaquero y camisa blanca...
Camisa blanca... Le chirrió un poco, además de lo repeinado que iba.
Jesús era guapísimo, tenía una sonrisa preciosa, pero...
Dejó que él eligiese la película; no recuerda cuál fue, aunque podría recordarla perfectamente.
Aquel chico permaneció con la cabeza y ojos fijos en la pantalla todo el rato.
Hubo un momento en el que Julia lo rozó con una mano en una suya; le correspondió, pero nada más.
Julia pensaba todo el rato en que lo que le habían contado sus amigos, de lo que sucedía en el cine, era mentira...
Hasta que se fijó en la gente que tenían alrededor, casi todos eran muy jóvenes y la mayoría estaban dándose besos.
Salieron del cine e iniciaron el camino de regreso a la estación.
Él iba en silencio y Julia lo miraba de reojo.
Aquel tío guapísimo le había bajado todas sus expectativas y no sabía el porqué. En un impulso, Julia, le preguntó si le gustaba.
Jesús se quedó pálido en segundos; tartamudeando, le respondió que sí, le gustaba mucho.
¿Y por qué no la había besado? ¿Por qué no la cogía de la mano?
—Me da vergüenza —dijo Jesús.
Fue la "muerte" de Jesús, temprana y sin otra oportunidad.
¡Next...!

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