viernes, 1 de marzo de 2024

JULIA/CAP.2©®

 

    
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Julia se olvidó de Jesús el mismo día que le contó lo sucedido a sus amigas.
Una de ellas, Belén, le dijo que seguramente, aquel chico, era prudente.
¿Prudente? Vale, lo aceptaba, pero no iba a darle tiempo para dejar de serlo.
Julia no tenía experiencia ninguna, como todas sus amigas. Sin embargo, sabía lo que no quería y siempre se guiaba por sus impulsos.
Belén era la romántica del grupo...
Una chica muy mona, a la que su hermana, bastante mayor que ella, le traía ropa de regalo cuando viajaba a Francia.
En unos de esos viajes, le trajo unos pantys de red en color morado; fue la envidia de toda la pandi.
No solo por la novedad, sino también el color, al que identificaban como el color más hippie.
Belén pasó de ser la soñadora de la pandilla, a ser la gilipollas insoportable.
La que se creía Dios y la que andaba con pose de perdonavidas.
Julia también era muy guapa; acababan de quitarle el corrector dental.
Aparato raro donde lo hubiera allá por los setenta y pico. Para Julia fue su salvación estética; podía sonreír sin el tic de taparse la boca.
Tenía los ojos grandes, cejas pobladas, muy bien diseñadas de forma natural.
Su pelo, largo, era precioso; tenía una estatura media y de constitución estilizada.
Siempre estaba alegre y era graciosa.
No tenía nada que envidiar al tapón con ínfulas de Belén.
No le traían ropa de Francia, pero empezaron a abrir alguna tienda cool por la ciudad, donde compraba ropa también diferente a los demás.
Era buena estudiante, además de una líder innata. Sin habérselo propuesto y, sin ser consciente hasta muchos años después, era la estrella de su clase.
Siempre de buen rollo y siempre dispuesta a ayudar; entre sus mejores amigas estaban las más listas de la clase, las regulares y las peores. Nunca hizo distinción y jamás la hicieron con ella.
Como no podía ser de otra manera, su amor platónico era un profesor...
Don Carlos, el de Geografía e Historia; casado con la pavisosa Dña. Margarita, la profe de Matemáticas;  también era cuñado de la directora del instituto.
Para colmo, Julia, tenía muy buen rollo con Carlos. Era un tipo muy campechano y simpático. Julia sacaba sobresalientes, de siempre le gustó la asignatura. Ese buen rollo, la hacía sentirse enamorada hasta el infinito de su profesor.
Margarita era un espanto; seca, sin gracia y fea a rabiar. A Julia nunca le gustaron las Matemáticas.
Se esforzaba lo mínimo para aprobar; al igual que Física y Química y deseosa de perderlas de vista al siguiente curso, donde podría elegir Letras.
Sus salidas nocturnas, hasta las 12 de la noche, ya se convirtieron en costumbre de sábado. Se enfundaba sus vaqueros, a los que dejaba pegados a las piernas, cosiéndolos ella misma a mano, y allá se largaba hasta la hora Cenicienta.
Uno de esos sábados, sentada, tomándose una granadina, vio entrar un grupo de chicos.
En medio de ellos, vio al chico más guapo que había visto en su vida. Vestía unos vaqueros desgastados, unos botines blancos como los suyos y una camiseta blanca, era verano.
Tenía media melena, lisa y de un rubio que brilló bajo las luces de discoteca.
Se sentaron todos enfrente; se reían y hacían bobadas entre ellos, como todos a esa edad...
Julia se fue a bailar.
El baile de la música que le gustaba, consistía en mover poco el cuerpo y mucho la cabeza, de un lado a otro.
En esos movimientos, entre sus rizos, de forma disimulada, podía verlo.
Y sí, la miraba...
Cuando Julia volvió a sentarse, le comenta Belén sobre el chico. De lo guapo que era y que no paraba de mirarla... A ella...
Definitivamente, era tonta del culo.
Julia le dijo un sí, vale, sin prestarle atención, si así se sentía feliz, que lo aprovechara.
¡Lo aprovechó poco! Vinieron las lentas...
El pimpollo rubio se levantó y se dirigió hasta donde ellas estaban. Belén dio un codazo a Julia, al mismo tiempo que se estiraba como un suricata, esperando, cual doncella, la petición de baile.
¡Vaya por Dios! El rubio bronceado pidió el baile a Julia que, sin mirar a Belén, se fue con él.
No solo bailó aquella canción, las bailó todas. Julia bailó pegada, tan pegada como se quedó Belén en el sofá rojo de la discoteca.
Después de bailar se sentaron juntos, ya se habían presentado cuando bailaron.
Él era cuatro años mayor, estaba estudiando arquitectura.
Le encantaba el mar, practicaba surf y pesca submarina, además del pelo de Julia y su sonrisa.
La sonrisa... ¡Si supiera lo que había costado! Pero bueno, los dientes eran suyos, no eran postizos.
Bailando, Julia pudo verlo de cerca, tenía los ojos verdes.
Julia también sintió "cosas" por ahí abajo, había algo duro y no era un móvil... No existían... Julia tampoco sabía muy bien lo que era, pero los cuerpos, la piel, sabe distinguir sensaciones, aunque  se desconozcan teorías o prácticas... 
Ya se enteraría de que era aquello y por qué, sino, ¿para qué están los amigos?
A las 12 de la noche, Julia, se tuvo que ir.
Pero se fue con la propuesta de verse al día siguiente e ir a pasear.
De esa manera, llegó el rubio a la vida temprana de Julia.
Domingo, se llamaba.

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