Belén, la creída espiritual, y Julia, iban al mismo instituto; además de vivir cerca una de otra e ir en el mismo autobús a clase.
Cuando se enteró por Julia que había quedado con el rubio apetecible, casi le da un vahído...
La semana transcurrió lenta, Julia estaba especialmente ilusionada con aquella cita. También era muy importante conocer a la gente de día y con luz natural. Julia comprobó muy pronto aquello de que "por la noche, todos los gatos son pardos"; indistintamente, de que fueras hombre o mujer, de día todo podía ser tan real que podría aplastarte.
En verdad que, en aquellos años, lo habitual en adolescentes, no era ir maquilladas como puertas, pero, las luces de discoteca distorsionaban la realidad puñetera de algunos y algunas.
¡Por fin llega el sábado!
Julia se viste ilusionada; elige una camiseta de tiras en color naranja, última adquisición, gracias a un hermano que tenía viviendo en el extranjero, donde había más donde elegir. Eran camisetas interiores de algodón, de caballero, aquí solo las hacían en blanco.
La combinó con su pantalón vaquero y sus inseparables botines blancos. Tenía 6 pares, tres altos (botín) y otros tres bajos, playeras. Un cárdigan gris y estaba lista.
Su collar, de bolitas de colores, al que le daba tres vueltas, dos de esas vueltas, ceñidas al cuello, lo que sobraba y quedaba colgando, le hacía un simple nudo.
Dos pulseras de cuero y un bolsito, tipo bandolera, de ganchillo, completaban su look. Todos los accesorios se los confeccionaba ella.
Atusó especialmente el pelo; largo, hasta mitad de la espalda, sus rizos brillaban y lucían sueltos.
Se habían citado en un parque del centro muy conocido. Allí, justo donde había un reloj hecho en el césped, al que cambiaban cada día la fecha, dando vueltas, arriba y abajo, vio a Domingo.
Con unos vaqueros rotos (si está todo inventado...), una camiseta blanca de manga larga recogida en los puños, con tres botones en el escote y sus botines blancos.
¡Ostras! Le pareció más guapo todavía.
Con un bronceado dorado, aquel pelo tan rubio y sus dientes tan blancos al verla y sonreír.
También estaba nervioso, lo que lo hacía más atractivo. Metía las manos en los bolsillos y se movía un poco en plan chulito, pero ¡na! Era un flan...
La tarde era fantástica, soleada y de primavera. De las primaveras de hace años, tibia y agradable.
El paseo marítimo lo recorrieron hablando y riéndose por bobadas, en realidad, ¿qué eran? Dos bobos, ajenos al mundo adulto, sin preocupaciones y que se gustaban.
¡Tan simple y tan bonito!
A mitad del paseo entraron en el jardín que más le gustaba a Julia, el de San Carlos. Subías unos metros y era un recinto amurallado, había sido fortaleza defensiva. Una gran puerta de hierro forjado te daba la bienvenida a un espectáculo de grandes árboles, dividido en parterres, rosas, hortensias y camelias por todas partes.
Presidido por una tumba; monumento en honor a un general escocés, muerto en una batalla que se produjo en la ciudad. También podían verse placas que recordaban a oficiales muertos en un naufragio ocurrido en esa zona.
En uno de los extremos, un enorme edificio antiguo, albergaba la Biblioteca Pública del Ayuntamiento. También, otra enorme puerta de hierro lo protegía.
Y frente a la entrada del jardín, un mirador. Al asomarte, podías ver el puerto, un castillo situado en una pequeña península y la inmensidad del Atlántico.
Nunca estaba muy concurrido, y era un lugar muy especial para Julia. No sabía el porqué; no había vivido ninguna circunstancia relevante allí dentro, pero desde la primera vez que entró, siendo pequeña, era su "rincón".
Y en ese rincón mágico, en ese mirador, Domingo se arrimó un poco más.
Puso su mano en la cintura de Julia y le dio un tibio beso.
Fue tibio por la inexperiencia de ambos, el no saber, pero fue el más importante de su vida. Su primer beso.
Julia sintió cosas que jamás había sentido y no podría explicar a sus amigas, porque no sabría cómo describirlas.
El paseo de vuelta lo hicieron agarrados de la mano.
Continuaron hablando... Las películas o la música que les gustaba, sus familias,
él era hijo único.
Los estudios, lo que querían ser...
Julia quería estudiar periodismo, Domingo estaba en primero de arquitectura; cada mañana, el bus urbano en que iba a la universidad, el 22, pasaba al lado del instituto de Julia.
Se pararon a medio camino y compraron un helado de cucurucho. Se miraban de reojo cada vez que le daban un lametazo.
Julia se ponía colorada; había visto besos con lengua en alguna película contada.
Su abuela, como un censurador de la época, lo tenía todo controlado. Película con dos rombos, se apagaba la tele...
De la mano, a ratos, seguían contándose cosas y riéndose por casi todas, mientras él la acompañó a la estación de autobuses.
Desde el autobús, parado en un semáforo, Julia pudo ver a Domingo cruzar la calle y dirigirse hacia su barrio.
Manos en los bolsillos del vaquero, cabeza ligeramente baja y su pelo moviéndose con la suave brisa de una tarde/noche de verano.
Julia llevaba su olor impregnado... Domingo era guapo, simpático y olía muy bien...
¿Cómo ocultar ese olor y todo lo que sentía cuando llegase a casa?
No quería dejar de sentirlo ni un segundo...
Apenas habló durante la cena y se fue rápido a su habitación. Tenía la impresión que si hablaba o levantaba la vista, se le notaría todo aquello que llevaba dentro.
A solas, en su cuarto, se sintió libre.
Se encerró en su mundo; un mundo donde flotaba, donde el corazón le latía de prisa. Sentía cosas en la barriga, como el vértigo cuando se subía a un columpio muy alto.
Se acostó y cogió el libro que estaba leyendo. No podía concentrarse, su pelo olía a él. Cerró los ojos y así se durmió, con parte de su pelo sobre la cara...

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