martes, 5 de marzo de 2024

JULIA/CAP.4©®

 

   

                                                                                          
Julia, esa noche, soñó bonito; no se acordaba concretamente lo que había soñado, pero se despertó con esa sensación agradable.
Se desperezó, remolona, con una sonrisa cómplice por lo que ella solo sabía.
Cogió un mechón de su pelo y... Sí, todavía olía a su chico.
La almohada, las sábanas... Todo olía a Domingo, además, ella quería que así fuera.
Por la tarde, ya reunida con sus amigas, les contó lo bien que lo había pasado.
No habló de sensaciones, no tenían edad para pararse en esas cosas.
Todas y todos la escuchaban atentamente. Ninguno tenía novia o novio; algún espabilado había experimentado algún tonteo, pero nada más.
Era una pandilla especial... Eran todos muy inocentes en tantos aspectos, que daría miedo si extrapolamos aquel tiempo a este que vivimos.
Nos escribíamos felicitaciones por Navidad; postales navideñas que colgábamos en el árbol.
Algunos teníamos diario, nos mandábamos notas en clase. También escribíamos cartas cuando nos íbamos de vacaciones o alguno se mudaba a vivir a otro lugar.
Nos contábamos nuestras cosas a la cara, veíamos los gestos de cada uno...
Éramos felices y bastante sinceros.
No podíamos escondernos detrás de un perfil o de un mensaje de wasap, todo estaba y saltaba a la vista.
El lunes, antes de entrar en clase, Julia también contó lo de Domingo.
En el recreo, todas hicieron un corro alrededor suyo. Julia desarrolló su historia con aquel chico.
Entre risas, saltos, gritos o palmas, todo el relato era escuchado con suma atención.
A partir de ese día, empezó a producirse un hecho curioso en la clase de Julia.
Ninguno de los profesores lo entendían, nunca se enteraron del porqué de aquellos movimientos extraños.
En el anterior relato, dije que, el bus que cogía Domingo para ir a la universidad, pasaba al lado del instituto de Julia.
Bien, el instituto quedaba en lo alto, por abajo, en un lateral del instituto, cruzaban diferentes vías de tráfico.
Unas bajaban, otras subían, había puentes elevados y rotondas; era una de las entradas principales a la ciudad.
El bus, con el número 22, pasaba cada 20 minutos, pues era de largo recorrido urbano. 
El instituto tenía ventanales grandes por donde se veía esa zona de carreteras.
Las niñas que se sentaban al lado de la ventana, Julia no era una de ellas, cada vez que veían pasar el bus, hacían señales. Eso también ocurría cuando alguna estábamos en la tarima del encerado. Daba igual que estuvieses recitando una lección o escribiendo una raíz cuadrada. Se producía un alboroto controlado entre todas.
Así día tras día y cada media hora.
¡Cosas de la edad!
Julia quedaba con Domingo, ya declarado novio oficial, cada fin de semana y alguna tarde entre semana.
Los sábados se veían en la discoteca, los demás días, Julia se desplazaba a la ciudad.
Los abrazos se hicieron habituales, y los besos pasaban a morreos cuando iban al cine o estaban en sitios poco concurridos.
Un día, Domingo quiso sorprender a Julia. Decidió ir a un sitio muy chulo, un pueblo cerca de la ciudad al que irían en tren.
Toda una aventura, eso que el trayecto duró 20 minutos.
Julia iba encantada, absorta, mirando por la ventanilla del tren. Era su primer viaje en ese medio de transporte.
Bajaron en la estación del pueblo, Domingo agarró su mano y se dejó llevar.
Por caminos, y rodeados de mucha vegetación, llegaron a un río.
El sitio era precioso. Bajaron al río a mojarse los pies y chapotear.
Ya era junio, el día estaba muy soleado y se acostaron en la hierba.
Miraban las hojas de los árboles desde abajo, en silencio. Durante un rato, escucharon el sonido del agua y los pequeños pájaros que revoloteaban por las ramas.
Domingo se giró y empezó a acariciarle el pelo. ¡Cómo le gustaban aquellos rizos!
Empezó a besarla muy despacio y sus lenguas jugueteaban.
Nadie enseña a ser padre o madre, y tampoco se enseña como besar o tocar.
Lo hacían de manera instintiva.
Vestidos, en ningún momento se quitaron ninguna prenda, Domingo se puso encima de Julia.
Esta volvió a notar un "algo" duro y le gustaba cuando se frotaba contra ella.
El instinto hizo que abriera las piernas y que él se frotara más fuerte.
La respiración de Domingo se convirtió en un jadeo suave.
Julia no supo lo que había pasado, pero le gustó mucho y la sensación era nueva.
Algún tiempo después, recordando aquello, supo que había tenido su primer orgasmo.
Domingo se levantó sonriendo; ayudó a Julia, la abrazó y abrazados se fueron a esperar el tren de vuelta a casa.
Se hicieron alguna foto en aquel lugar mágico.
Julia se estaba convirtiendo en mujer, poco a poco, saboreando cada momento.
Sin ser consciente de ello, despertaba a una vida cada vez menos infantil, pero con todas las ilusiones a tope.
Ya en el tren, fue Julia la que lo abrazó muy fuerte.
No se sentaron, se fueron hacia una de las salidas; se volvieron a rozar una y otra vez... El traqueteo del tren ayudaba en cada roce, y de nuevo, volvió a sentir aquella sensación tan agradable.
Se despidieron con un profundo beso, sin mirar alrededor, sin vergüenza y sin importarles el resto del mundo.
Aquella tarde, aquella noche, aquel día de junio, era su secreto.
Un secreto confesable, pero que nunca quiso compartir con nadie para que fuese su tesoro para siempre...


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