miércoles, 6 de marzo de 2024

JULIA/CAP.5©®

 

  





Julia terminó el curso; entre la fobia a las Matemáticas y su salida a la vida amorosa, suspendió las "Mates".
Le quedaba septiembre para recuperar la asignatura, aunque pasaba igualmente de curso. En el resto de asignaturas había sacado notables y sobresalientes, con lo cual, pasaría un verano estupendo.
Domingo había aprobado todas las materias de su carrera, y quedaba libre de obligaciones.
Se veían todos los días y su relación se afianzaba rápidamente.
Continuaban con sus viajes en tren a su lugar mágico. Empezaron a explorar la zona. Se toparon con una casona abandonada; rodeada de maleza, la fachada estaba cubierta de hiedra.
Debía haber sido de gente importante; un escudo señorial podía verse a través de las zarzas y hierbajos que cubrían el muro.
Tenía una gran puerta de madera y grandes ventanales; la mayoría de los cristales estaban rotos y dejaban al descubierto trozos raídos de cortinas.
Un inmenso jardín bordeaba la casa; bancos y fuentes de piedra cubiertos de musgo. Árboles enormes también formaban parte de lo que debió ser un disfrute para sus habitantes.
Julián vestía unos pantalones cortos, al salir de aquel recinto, sus piernas estaban llenas de arañazos.
Se metió en el río por una zona baja, donde el agua le llegaba a las rodillas.
Se limpió las marcas y también calmó el leve ardor que sentía.
Un día, al llegar a casa, su abuela empezó a interrogarla. Julia nunca había mentido, no le gustaba, y se iba zafando como podía de las preguntas tan directas de su abuela. Dónde se iba cada tarde, con quién... Era difícil torear aquello.
Entonces, su abuela, mete la mano en un bolsillo de la falda y saca dos fotos.
Domingo, hacía unos días, había revelado las fotografías que se habían hecho. Julia se había quedado con tres y las guardó en un cajón de la mesita de su habitación. Su abuela las había encontrado... 
Julia confesó... Le dio mucha rabia, no por el hecho de que su abuela se enterase de la historia, sino porque, al compartirla, para Julia, era como asaltar una parte de su vida. Tampoco se sentía preparada para contarlo.
Su abuela era fantástica, pero de una cultura muy beata y férrea. El hecho de ver a su nieta en mitad de un campo, sola con un chico, no era entendible.
Las señoritas no hacen esas cosas... Podría decírselo así y quedarse tan pancha.
La abuela Rosario estaría anclada en el pasado para cualquiera, pero, a años luz, para Julia.
Julia era y quería ser tan libre, que Rosario jamás lo iba a comprender.
No sé qué karma se juntó esa noche en casa de Julia. Evidentemente, su abuela le riñó, pero debió ver por segundos algo en la cara de Julia que la hizo parar en seco.
Julia estaba decidida a seguir viendo a Domingo por encima de todo y todos.
Y eso exactamente debió ver o percibir su abuela.
Debió pensar que no iba a poder con el enemigo y decidió, inteligentemente, unirse a él.
El acuerdo fue que no le ocultara nada y se portará bien.
Lógicamente, Julia no iba a contar todo, pero sí con quién estaba y dónde.
Los sábados en la discoteca eran gloriosos. Solo Domingo y las croquetas le gustaban más que bailar.
También, los altos sillones del fondo, donde había más oscuridad, eran protagonistas de esas noches de morreo.
Frente a la discoteca comenzaron a hacer obras. El esqueleto de un edificio de cuatro plantas, con solo las paredes exteriores construidas, fue testigo de tocamientos más que templados...
Allí, en un espacio de cemento gris por todas partes, Julia pudo descubrir las diferentes texturas que tenía un pene, según su estado.
¡Cada sábado de todo un verano!
En mitad de ese verano, con tanto roce y tanto tacto, Domingo propuso a Julia llegar más lejos.
Julia se negó; no sabe exactamente el porqué, pero creo que toda mujer, desconozco lo que pasa con los tíos, sabe cuando está preparada para dar el paso.
No tenía que ver con nada religioso o de miedo al dolor que había escuchado.
No quería... Todavía.
Domingo se ponía muy pesado y llegó un punto en el que Julia se sentía incómoda y presionada.
No le gustaba en absoluto aquella actitud y así se lo decía.
Comenzó el curso. Julia y Domingo se veían menos entre semana. Los sábados, dejaron de ir a tocarse por decisión de Julia.
Antes de la Navidad, Domingo le dijo que quería una novia de verdad.
Julia le respondió, sin pensarlo, que se la podía buscar desde ese mismo momento.
Domingo se quedó a cuadros, pero tampoco intentó otra cosa.
La pareja hacía vida cada uno por su lado. Domingo y su pandilla dejaron de ir cada sábado a la discoteca y Julia cambió de pandilla, aunque mantenía contacto con sus otros amigos.
Se dedicó a hacer deporte al aire libre con su nueva amiga, de un pueblo cercano, y a recorrer otros pueblos con más amigos nuevos.
También salía por las tardes con su pandilla de la ciudad. Continuó visitando el jardín que tanto le gustaba, iban al cine y paseaban por toda la ciudad.
Seguía acordándose de Domingo; amigos comunes le contaban que no salía con nadie, que lo notaban raro y tristón.
Cuando coincidían en la discoteca no se hablaban y Julia se pasaba la noche bailando y espantando ligues.
Así pasaron meses y llegó abril...
Un fatídico día de abril, muere la abuela de Julia. Un infarto, del que tuvo señales durante todo el día, y que su abuela quitaba importancia a aquel malestar, se la llevó de madrugada.
En la cama de sus abuelos, su abuelo a un lado y su abuela, moribunda, en brazos de Julia. Esperaban al médico y a los padres de Julia. Cuando llegaron, Rosario, había fallecido con la cabeza en el pecho de una adolescente de 16 años, profundamente triste...
Eso la hizo más fuerte...

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