jueves, 7 de marzo de 2024

JULIA/CAP.6©®

 

   



La abuela de Julia fue velada en casa, lo habitual en otras épocas.
Pudo dormir muy poco, preocupada por su abuelo, ya mayor, se quedaba solo.
Habían estado juntos toda la vida.
Durante todo el día, la casa se llenó de gente. Su abuelo estaba tranquilo; familia y amigos, procuraron mantenerlo entretenido.
Por la tarde llegaron varios amigos de Julia, a la que acompañaron hasta altas horas de la madrugada.
Estaba desolada, aunque no era plenamente consciente de que había perdido una "madre" con tan solo 16 años.
Los días posteriores fueron de cambios.
Julia y su abuelo continuaron en la casa; los padres de Julia, con casa al lado, dejaron un piso, propiedad de la empresa donde trabajaba el padre. Hacía poco tiempo de ese traslado. Lo habían hecho por comodidad; estaba en el recinto cerrado donde se ubicaba la multinacional y evitaba los traslados diarios en coche.
La madre de Julia se encargaba de las comidas y la atención del abuelo.
Julia volvió pronto a su vida de salir con amigos. A su abuelo no le gustaba demasiado, pero, ¿qué hacer con 16 años de edad? ¿Guardar luto?
El luto lo llevaba muy adentro, a todas horas echaba en falta a su abuela.
Empezó a sentirse rara. Por momentos sentía opresión en el pecho, angustia...
No dijo nada a nadie, lo pasaba como podía. No iba a darle problemas a su abuelo y con sus padres, tenía la confianza justa.
Comenzó a ir un poco por libre; sin las rígidas normas de su abuela, sus padres pasaban un poco por alto muchas cosas.
Si Julia no tenía confianza de hija, ellos, no tenían confianza de padres. Su abuelo se quejaba, pero Julia lo convencía.
Decidió cortarse el pelo... Creo que fue como un asunto interno de rebeldía por la pérdida sufrida. También era la entrada en otra etapa que, sin haberlo meditado y sopesado, inconscientemente, vio que tenía que moverse en la vida un poco sola o como adulta.
Se lo cortaron por encima de los hombros, un corte original en aquellos años. A capas, para dar volumen, le favorecía mucho. A ella le gustó y todos le dijeron que estaba muy guapa.
Esa misma semana del corte, el sábado, estaba en la discoteca bailando.
Abstraída con la música, con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo y ojos cerrados, se movía ajena a todo lo que pasaba alrededor.
Estrenaba un pantalón nuevo, un "Lee" de peto a rayas, en color azul vaquero y blanco. Nota que la agarran suavemente por las muñecas. Levanta la cabeza y ve a Domingo. Él se le acerca a la oreja y le dice si pueden hablar.
Se sientan en el primer sillón que ven vacío. 
Lo primero que le dice Domingo es que lo siente mucho y que estaba preciosa con su nuevo corte de pelo.
Él sabía mucho de la vida de Julia, se habían contado muchas cosas.
No conoció a la abuela Rosario en persona, pero le resultaba más familiar que muchos que sí la conocieron.
A Julia se le llenaron los ojos de lágrimas; Domingo la abrazó.
—No llores, mi niña —le dijo.
—Cuando me enteré, ya había pasado. Hubiese estado contigo—.
Julia sabía que aquello era verdad. En ese momento, se dio cuenta de lo mucho que lo echaba de menos.
—Me cuesta mucho estar sin ti —dijo Domingo. 
Julia lo abrazó muy fuerte y se dieron un beso largo, dulce y muy deseado.
Se miraron y se echaron a reír; seguían siendo dos críos "enamoriscados".
Así, riéndose todavía, se fijan en el sofá de enfrente. Allí estaban los amigos de ambos, a los que solo les faltó aplaudir.
—¡Apañao! —dijo uno de ellos.
Se levantaron todos juntos y se fueron a su bola.
Domingo y Julia se quedaron toda la noche en ese sofá, hablando y besándose sin soltarse de la mano.
Volvieron a quedar como antes y llegaron las vacaciones.
Domingo le propone a Julia irse dos días a un festival celta muy conocido.
En unos días tendría coche, regalo de sus padres por sus buenas notas.
Una idea estupenda, pensó Julia que, informó a padres y abuelo y se fue sin permiso explícito de sus padres. Su padre se puso demasiado pesado; a su abuelo, le dio mucha más información. Le habló a su abuelo del chico con quien iba y se quedó tranquilo.
Domingo fue a buscarla en su flamante "Austin MG" de color blanco.
Era un coche de segunda mano, pero estaba genial y serviría para tener más libertad de pareja.
El chico se encargó de meter todo lo necesario, en realidad, una tienda de campaña, era lo típico del festival.
El pueblo, lugar del evento, era un precioso pueblo de costa; además de camping, habilitaba recintos para acampar por todo el pueblo. Acudían miles de personas, por todas las calles y rincones, había diversas actuaciones de solistas, marionetas, puestos de temática medieval... En una gran explanada, se situaba un enorme escenario para las actuaciones nocturnas de grupos consagrados en música celta.
En el trayecto, dijo que le iba a enseñar un sitio especial; también se podía acampar y pasaríamos la noche, para continuar, camino al festival, al día siguiente.
Chelo... ¡Chelo era un paraíso!
Ubicado en un pueblo de interior, era un espacio repleto de árboles centenarios que unían sus copas, creando un techo verde que permitía traspasar tenues rayos de sol. El suelo era llano, cubierto de césped que parecía recién cortado; todo el paraje lo surcaba un río con varias cascadas pequeñas y rocas cubiertas de musgo.
Era entrar en el mundo de las hadas.
Comieron unos bocadillos que habían comprado, se sentaron al borde del río con los pies dentro del agua. Exploraron la zona y guardaron cantos del fondo con formas singulares.
De cena, se comieron unas latas de sardinillas con pan de pueblo y fruta.
Se asearon en una fuente y se acostaron.
El lugar tenía luces suaves por los senderos con forma de antorcha; daban calidez al interior de la tienda.
Metidos dentro de un saco grande, era inevitable besarse y tocarse.
Julia, impulsiva como nadie, decidió que aquel era el momento perfecto para ir más allá y hasta el final. Algo que no había pensado durante el día, en medio segundo lo sintió, y así lo expresó.
Domingo quedó sorprendido...
Creo que era su momento, pero de la manera intempestiva que fue, no parecía ser el de Domingo.
Se desnudaron y empezaron los juegos de "mayores". Julia quería concentrarse, pero se estaba dando cuenta que no solo iba a ser su primera vez...
Cuando terminaron, más bien, cuando terminó Domingo, se fundieron en un abrazo. Julia se vistió una camiseta de él, porque le quedaba larga, para salir a asearse como pudo.
Cuando regresaba a la tienda, se avergonzó de lo que pensaba.
"¿Esto es?" No sintió nada placentero; ligeramente incómoda la introducción un tanto accidentada, pero nada más...
Nada que ver con lo que sintiera en aquellas tardes campestres de rozamientos.
Durmió plácidamente y, al despertarse, se sintió diferente.
Era como si su niñez y adolescencia hubieran desaparecido de un plumazo.
No era una sensación negativa, pero tampoco ilusionante, era raro.
Y así, rara, se pasó el festival. Disfrutó de la música y el ambiente, pero algo había cambiado en ella.
Repitieron la escena a la noche siguiente y el "éxito" fue parecido. No era por la rapidez del chico, porque el tío aguantaba, pero no acababa de convencerla. Mil cosas pasaban por su cabeza mientras el sexo estaba en su apogeo. Dónde lavarse, si se verían sus siluetas desde fuera, que estaba fallando...
Lo de lavarse lo solucionó rápido, frente a la tienda, a unos 200 m estaba el Atlántico. Era de madrugada, pero no era una noche oscura; además de la luz de  los focos que habían colocado a lo largo de la zona de acampar. Allí sorteó las olas y se bañó entera, bajo las miradas de grupos de gente que bebían y cantaban en la playa.
De regreso a casa se llevaba, un ligero escozor, una gargantilla de cuero y una pulsera tobillera.
Mi virginidad había quedado enterrada en un bosque mágico y mi bautizo, de madurez, en el Atlántico noroeste.



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