lunes, 11 de marzo de 2024

JULIA/CAP.7©®

 

    


La vida sexual de Julia cambió radicalmente. Gracias al Austin, los encuentros íntimos se convirtieron en costumbre.
Era la unión de un montón de hormonas en progreso revolucionado; un caudal de emociones con energía ilimitada.
Julia había conseguido terminar con una hora concreta de regreso a casa.
Sus padres, cansados de advertir, sucumbieron. Su abuelo, supongo que lo sufría en silencio, aunque, Julia, siempre llamaba a casa para dar señales de vida.
En primavera y verano, antes de dejar a Julia en casa, se metían por una carretera secundaria. En una aldea del trayecto, tomaban un atajo y aparcaban en medio de un bosque. 
En ese entorno natural y seguro, pues no les gustaba irse a descampados, daban rienda suelta a la pasión más desenfrenada.
De regreso, se quedaban tiempo hablando en el coche, muy cerca de la casa de Julia. Aunque era de madrugada, alguna vecina había descubierto sus costumbres por casualidad y se había encargado de mandar recado a quien se encontrara.
La vecina era bastante maledicente, o tenía mucha imaginación, porque contaba lo que nunca pasó en esas paradas. Ya venían de "hacerlo" sin testigos curiosos y más que algunos besos aislados y el de despedida, no pudo ver más nada.
Tanto cuento de vecina chismosa, llegó a oídos de los padres de Julia.
¡No le importó lo más mínimo!
Era mentira, si la creían, bien, si no lo hacían, también.
Julia seguía sufriendo de vez en cuando opresión en el pecho. Empezaron a ser más agudos y más habituales sus ataques de angustia.
De la angustia, pasó a padecer ganas de llorar que no podía contener; en cualquier lugar y momento, no era necesario un desencadenante determinado.
Su abuelo, testigo de alguno de ellos, y preocupado, insistió a la madre para que la llevase al médico. 
En uno de esos "ataques", su padre, nada prudente, se enfadó muchísimo y comenzó a interrogar a Julia.
Sabedor de que tenía novio y dando credibilidad a la rumorología del pueblo, estaba convencido de que estaba embarazada y no paraba de hostigarla.
Julia, más nerviosa todavía, y desconcertada, pues no sabía que era lo que le pasaba, lloraba desconsoladamente.
Su abuelo le paró los pies a ese padre tan hostil y desconfiado.
De la consulta del médico de familia, fue derivada al especialista en psiquiatría.
Entró sola en la consulta, el psiquiatra, no permitió que su madre entrase hasta minutos después.
Quería hablar con Julia en confianza y sin presiones externas que podrían condicionar a la chica en sus respuestas. Le hizo diferentes preguntas; algunas le parecieron raras o inconexas.
No lo eran, solo seguía pautas en la materia, para descifrar cuál era el problema que Julia tenía.
Cuando tuvo el diagnóstico, permitió que la madre entrara. El diagnóstico fue trastorno de ansiedad. Ese estado mental se produjo a raíz de la muerte de su abuela. La pérdida y, sobre todo, la forma en que había sido, en brazos de Julia, le provocó un shock que fue agravándose con los meses.
Julia no había hablado con nadie de ese tema; tampoco nadie le había preguntado, ni sus padres, conscientes de que, una adolescente, estuvo sola durante horas con todo ese fatal panorama.
"Sidecor" fue el tratamiento que le recetó el especialista. Medicamento desaparecido ya, pero que Julia todavía recuerda su nombre y como era el envase. Curioso...
Su padre quedó lívido cuando se enteró, pero no pidió disculpas.
Julia sufría, durante meses, ataques de ansiedad que, de no ser tratados, con toda probabilidad, hubiese terminado en depresión.
La medicación fue milagrosa; los ataques cesaron rápidamente y Domingo se comportó de manera empática siempre y fue de gran ayuda.
En el instituto, Julia, no iba del todo bien; pasó de curso con las matemáticas del año anterior suspensas y que tenía que recuperar. Cada trimestre, además de las asignaturas correspondientes, también tenía que examinarse de las Matemáticas del año pasado. Dos asignaturas de Matemáticas, además de la Física y Química, era un camino tortuoso.
Pero Julia disfrutaba de todo lo bueno que le daba la vida; evidentemente, no eran las asignaturas malditas.
En invierno, la pareja solía terminar la noche en el ultramarinos que tenían los padres de Domingo.
Era una pequeña tienda, con un altillo que se usaba de almacén.
Entre cajas llenas de latas de conservas, paquetes de alubias, detergentes... Y con olor a jamón y mortadela, hacían sexo bajo la tenue luz de la calle que entraba por el escaparate de la parte de abajo.
Resultaba más cómodo que hacerlo en el coche. Podían, incluso, probar diferentes posturas y saber a cada uno cuál le gustaba más.
Dos aprendices a ciegas viviendo por instinto.
No tenían manual de instrucciones; de manera natural, al mismo tiempo, eran dos becarios enredados en su inexperiencia.
Descubriendo sus cuerpos, con más empeño que éxito muchas veces; aunque también desconocían el éxito en esa materia.
¿Quién tenía prisa? Solo tenían ganas.

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