martes, 12 de marzo de 2024

JULIA/CAP/8©®

 







El ultramarinos, convertido en el centro de operaciones de Julia y Domingo, les dio algún susto que otro.
El primer susto se produjo una madrugada en la que alguien intentó entrar a robar.
Domingo no tenía aspecto de "matón" para nada, pero el caco, al verlo, debía ser aficionado y se fue corriendo.
El segundo fue peor. Alguien estaba abriendo la puerta con llave... Se quedaron muy quietos, conteniendo la respiración lo que podían. Era el padre de Domingo.
No se sabe lo que había ido a buscar a aquellas horas, pero, afortunadamente, lo que fuese, estaba en la parte de abajo y no arriba, donde no había rincón donde esconderse.
El verano lo pasaban en la playa. Domingo tenía una localización secreta; una pequeña cala, por la que se accedía a través de una pendiente escarpada y llena de maleza.
Cuando estaba la marea alta, tenían que estar apostados sobre las rocas; era un pequeño paraíso.
No era una zona de olas, por lo que Domingo, aficionado al surf, no llevaba su tabla. Tenía una lancha inflable de tamaño medio y se daban paseos mar adentro.
Uno de esos días, al regresar a la arena, dentro de la lancha se amaron.
El entorno era fantástico, Domingo, en verano, estaba mucho más guapo, si eso fuera posible... Su pelo se tornaba más rubio, su bronceado era dorado y tenía un físico fibrado. 
Pero, aquella experiencia sexual en la lancha, a Julia no le gustó nada.
El plástico de la lancha, mojado, más algo de arena que tenía dentro, no le resultaba nada agradable.
La verdad es que Julia, siendo muy de mar, no concebía su vida sin él, lo que es la arena, siempre le produjo incomodidad.
Después de la tarde de playa, se iban siempre al mismo lugar. Un pequeño y sencillo restaurante.  Situado en la carretera, al lado del atajo que tomaban para ir a a la playa.
7Era una casa con piso.
En la parte baja tenía un sótano o garaje, cerrado siempre, por una gran puerta de metal pintada en color azul. Arriba, subiendo unas cuantas escaleras, bastantes, estaba el local para comer.
Un comedor sencillo, pequeño, con manteles a cuadros blancos y azules y  mesas y sillas de madera. Todo limpísimo.
De frente un mostrador; todo rodeado de ventanas con vistas al mar.
La dueña era una señora amable y muy habladora. Vestía siempre un mandilón de abuela, siempre diferente y escrupulosamente limpio.
Tenían toda clase de pescados y mariscos; provenían del pequeño puerto del pueblo, todo era de la pesca del día.
En la aldea, también había una planta purificadora; de allí salían los mejores mejillones de toda la provincia.
Les ponía una bandeja y un  cuenco gigante. En la bandeja, mejillones con una salsa secreta insuperable. En el cuenco, mejillones al vapor; acompañados por una ensalada y pan de pueblo. ¡Era el paraíso gastronómico!
A los dos les gustaba comer y compartían ese otro placer de la vida.
Un fin de semana de verano, los padres de Domingo, no iban a estar en casa.
Tenían una casa en un pueblo cercano y a veces se iban a disfrutar de la tranquilidad del campo.
Domingo propuso a Julia pasar ese finde en su casa. Fue a buscarla a casa el sábado por la mañana.
El piso de Domingo era sencillo; tenía dos dormitorios, un salón, un baño y una cocina pequeña. Julia estaba acostumbrada a su enorme casa, o a la de sus amigos, todas eran grandes.
Incluso las de sus amigos de la ciudad, que vivían en el centro, también eran pisos, pero muy grandes. Le sorprendió porque nunca había visto una vivienda pequeña; por lo demás, estaba encantada.
Era como estar jugando a estar casados y le hacía ilusión; cosas de la edad.
Domingo estaba acostumbrado a cocinar, Julia solo sabía cocer espaguetis y echarles salsa de tomate "Solís"...
Comieron costilla de cerdo a la plancha con patatas fritas. Vieron la tele, escucharon música.  Toda la obra musical de Bob Marley fue repasada al dedillo, la bailaron.
Se besaron e hicieron el amor repetidas veces. Por primera vez, pudieron ver con detalle sus cuerpos desnudos.
Cenaron una tortilla francesa, rellena de jamón y queso que, por supuesto, hizo Domingo.
Se acostaron tarde. Entraba la claridad por la ventana, cuando Domingo se levantó de un salto, se puso los calzoncillos e hizo a Julia la señal de silencio, saliendo a toda prisa del cuarto, cerrando la puerta.
Al momento, Julia pudo escuchar como decía "¿qué haces aquí?", y la respuesta con voz de mujer...
Era su madre; se le había olvidado no sé qué, y fue a buscarlo.
La mujer estaba confusa con la reacción del hijo y, ¡claro!, desconfió...
Los hijos creemos que los padres no se enteran de nada y, no solo suelen enterarse, sino que, a veces, son nuestras reacciones las que nos descubren ante ellos.
—¿A quién tienes en casa? —dijo la mujer—.
¡Obvio! Julia se levantó rápidamente, vio que, debajo de la cama, no había espacio, y se arrimó a la pared, junto a la puerta.
El dormitorio era muy pequeño; si se abría la puerta, tenías que entrar y cerrarla para ver detrás.
Julia confió en la suerte... No había nada suyo por la habitación; su ropa la cogió como un bulto y, temblorosa, en bragas, se pegó a la pared, esperando que, al abrir, no le diera la puerta en las narices y, sobre todo, no mirara detrás.
Domingo venía detrás de su madre.
—¿Qué haces? ¡No hay nadie!—.
En un segundo, Julia se vio emparedada entre la pared y la puerta, pero la señora no entró.
Después de una pequeña discusión entre ellos, la madre se fue. Domingo no venía y Julia no se movió de su "escondite".
Domingo se había vestido algo que encontró por casa y había bajado sigilosamente la escalera. Comprobó cómo su madre salía del ascensor, se metió en el coche, en el que estaba su padre, y se fueron.
Volvió a la habitación y tranquilizó a Julia. Esperó una media hora y llamó por teléfono a la casa del pueblo de sus padres. Con una excusa,  habló con su madre. Bien, había comprobado que estaban en el pueblo.
Después de comer salieron de casa.
Fueron al cine, al salir se fueron a comer un sándwich a un local muy chulo donde los preparaban como en Argentina.
Un pan de molde, que allí mismo elaboraban, de rebanadas, superfinas, sin corteza. Mantequilla casera y el relleno, el que más te gustase.
¡Eran exquisitos!
Domingo dejó a Julia en casa a las 10 de la noche. 
Había sido un fin de semana intenso en todos los sentidos.
A la hora de dormir, Julia quiso hacerlo con la imagen de Domingo desnudo.
Pero... Solo le venía a la cabeza la voz de su madre y el frío en su culo de la pared mientras estuvo escondida...


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