Julia empezaba a agobiarse en este penúltimo curso. Pensaba en lo injusto que era no poder elegir, desde el principio del Bachillerato, Ciencias o Letras. Entendía la importancia de que se debe tener una base en todas las materias, pero era innecesario profundizar en algunas que ibas a rechazar en cuanto pudieras. Y de nada le iban a servir las ecuaciones de segundo grado o los compuestos químicos en lo que ella pensaba estudiar.
El agobio se reflejaba en una apatía general por los estudios.
Desidia absoluta en sus dos asignaturas odiadas; se limitaba a firmar los exámenes, ni los miraba. En lo demás, como siempre, notables y sobresalientes.
Para colmo de males, el ejército llama a Domingo... Podría pedir una prórroga por estudios, pero decidió que no. No quería ir a la mili de más mayor.
Como a todos los de su región, le tocó el campamento lejos. Allá se fue, a Almería.
Estar en ese período militar, suponía tener un mínimo contacto con tu gente, prácticamente estaban aislados.
Julia lo echaba mucho de menos; era un soporte muy importante en su vida y, aunque salía con su pandilla, no era lo mismo.
En una de las escasas llamadas que Domingo pudo hacerle, le manifestó que estaba triste. Sus padres no iban a ir a la Jura de Bandera, echaba mucho de menos a su familia y a Julia, se sentía solo.
Julia tomó una de las decisiones más importantes de su vida.
¡Iría a su Jura de Bandera!
Habló con su abuelo, al que le pareció arriesgado. Tenía 17 años, nunca había salido de su región, era chica y eran otros tiempos.
Al final lo convenció; lo tranquilizó diciéndole que haría todo por medio de una agencia de viajes y la vuelta la haría con Domingo.
Evidentemente, su abuelo sufragó todos los gastos, bastante caros, por cierto.
El viaje sería en avión, desde su ciudad a Madrid, allí tendría que esperar unas tres horas, y embarcaría en otro avión rumbo a Granada. Desde Granada, cogería un tren, que la llevaría a un pueblo, donde a las 2 de la mañana, en otro, llegaría a Almería. En la ciudad tenía reserva de tres días en un hotel.
Su madre le prepara un bocadillo de tortilla y algo de beber que, Julia, mete cuidadosamente en la maleta.
Esa mañana se va, con una maleta y una mochila, en taxi al aeropuerto.
Pararon a la mitad del camino; quizá los nervios del viaje, hicieron que se mareara y vomitó.
Factura el equipaje y se queda con la mochila, ahí recordó que, su bocadillo de tortilla, se quedaba en la maleta...
Vestía un pantalón vaquero, sus botines blancos y un jersey amarillo muy moderno y vistoso. Ajustado a la cintura, con gran escote, que caía sobre un hombro, mangas tipo murciélago y unos adornos con forma de rombo en rosa, naranja y violeta. Lo había comprado en "Carnaby", una tienda/boutique del centro que vendía ropa poco habitual y muy moderna. También se había puesto pendientes, estilo étnico, en color dorado con colgantes.
Su primer viaje en avión fue tranquilo. Sentada en ventanilla, fue viendo el paisaje con una perspectiva que no conocía. El día estaba despejado y la alucinó el brusco cambio del paisaje, de las montañas a la llanura más extensa.
En el aeropuerto de Madrid tenía una larga espera, y su bocadillo, su comida, en la maleta que no tenía.
Fue a la cafetería y pidió un sándwich vegetal y una Coca-Cola.
Embarca de nuevo, camino Granada, también sin ninguna incidencia.
Llega a las ocho de la noche y coge un taxi hacia la estación del tren.
El taxista, con acento muy cerrado, la alerta de los peligros de una chica joven viajando sola. Le advirtió que no confiara en nadie y que se sentase a esperar al lado de la oficina de billetes.
Ni bien entró en la estación, una, dos, hasta cuatro veces, se le acercaron algunas gitanas. Todas querían "regalarle" una ramita del romero de la buena suerte y leerle la palma de la mano. Una de ellas se quedó prendada de sus pendientes, no paraba de tocarlos y Julia, cómo podía, la iba esquivando.
La gitana, al no obtener lo que quería, le echó una maldición que Julia no escuchó entera.
Se sube al tren; cerca de las 10 de la noche, se apea en una estación de pueblo para esperar al siguiente tren. Sería el último tramo del viaje, a Dios gracias.
La estación era una caseta, bien conservada, al lado de las vías. Dentro, una ventanilla y tres bancos de madera.
Fuera, también tenía dos bancos, en uno de ellos se sentó.
Era noviembre, pero el sur, es el sur y la noche tenía una temperatura agradable, nada que ver con lo que ella conocía.
Allí, sentada, con el único acompañamiento de un empleado por la zona, miraba el cielo estrellado y empezó a sentir la libertad que le estaba dando ese viaje.
Cuando más absorta estada, un hola muy jovial la asusta. Era un chico.
Como Manuel se presentó. Era un hippie estiloso. Se iba a casa de sus padres, después de estar con unos amigos.
Rubio y de ojos azules, vestía un pantalón de lino flojo en color blanco y una camisa, también de lino, en color arena, sin botones, escote en pico y cuello mao. Calzaba unas alpargatas azul marino y un foulard de rayas azules y blancas.
La conversación de ambos fue a más; Manuel era muy gracioso; eran dos jóvenes sin problemas que se encontraron en un punto del mundo.
Dejaron sus maletas a cargo del señor medio adormilado de la estación y se echaron andar.
Un camino sin horizonte, cielo raso y alguna casa desperdigada a lo largo de aquel camino que pasearon haciéndose confidencias y bromas.
Se escuchaban ladridos cuando pasaban cerca de alguna casa, era el único sonido de aquella preciosa noche.
Regresaron a la estación diez minutos antes de que llegase su tren.
Ya instalados, los dos juntos, a Julia le entró hambre y echó mano al bocadillo que su madre le había hecho aquella mañana; aunque parecía que habían pasado días desde que salió de su casa.
Lo compartió con Manuel, pero no tenía hambre; ¡menos mal!
Julia se lo comió con ansia, parecía un corcho... Y no pensó en que, el huevo de la tortilla, podría haberse estropeado después del trajín de tantas horas y metido dentro de una maleta.
Se puso malísima.
Manuel, encantador, la acompañó al baño, donde vomitó.
La acurrucó a su lado, con la cabeza sobre sus piernas, la cubrió con su foulard y la cuidó hasta que llegaron a su destino.
Julia se despertó media hora antes de que terminase el trayecto. Estaba perfectamente, pero Manuel, precavido y atento, la volvió a acompañar al baño.
Julia se aseó como pudo, se lavó los dientes, la cara, acomodó su pelo y salió.
Espero a que Manuel terminase, también se aseó y volvieron a su asiento.
Le escribió la dirección de donde vivía con sus padres, su número de teléfono y le dijo que cualquier cosa que necesitase, lo llamara.
La ayudó a bajar el equipaje, la acompañó a la parada de taxis y se dieron un abrazo.
Manuel la miró, se quitó su foulard y se lo puso a Julia en el cuello.
Le abrió la puerta del taxi y antes de cerrarla, volvió a mirarla, le dio un beso en la mejilla y le dijo "llámame."
Julia no llamó, nunca se llamaron...

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