Julia llega al hotel a primera hora de la mañana. Resultó ser un hotel muy curioso.
Era un edificio antiguo, adornado por balconadas y filigranas en toda la fachada.
Situado en pleno centro de la ciudad, su acceso era a través de una enorme puerta de madera; adornada con molduras y bien conservada, se encontraba bajo un arco.
Ya dentro, un enorme vestíbulo.
El suelo era de baldosas con dibujos de diferentes colores. A la izquierda, una puerta de madera con vidrieras, daba acceso al comedor. En la parte derecha, otra gran puerta; estaba cerrada.
Y en una esquina, al lado de esa puerta, una escalinata antigua llevaba al piso superior. En ese piso se encontraban las habitaciones.
Un largo pasillo con balcón era el punto de acceso a cada una de ellas.
Y a lo largo de todo el pasillo, se podía ver la planta baja. Era como una especie corrala, con una gran vidriera de colores en el techo.
La habitación era sencilla, pero tenía un encanto especial; además de estar especialmente limpias.
La cama era toda de una pieza, con cabecero y pies de forja; una colcha blanca, con dibujos en relieve y dos grandes almohadones, también en color blanco, era lo primero que encontrabas al entrar.
Una mesilla de madera antigua y una pequeña lámpara en cristal de Murano, situada a uno de los lados de la cama.
Un armario empotrado y el baño, perfectamente equipado, en estilo clásico.
Todo el conjunto resultaba cálido; su estilo antiguo estaba muy cuidado y era agradable.
A la hora en que Domingo había acordado con Julia, esta lo llamó desde la habitación.
No podrían verse ese día ni el siguiente, él no podía salir del cuartel y no había visitas. Pero, al menos, se quedó tranquilo al saber que había llegado y todo estaba bien.
Se metió en el baño y se dio una ducha, algo que necesitaba y que la despejó por completo.
Cogió un billete, escondió el resto del dinero en efectivo que había llevado y se fue a la calle.
Todo estaba muy animado y concurrido; había muchas tiendas y cafeterías. El día era soleado y la temperatura buenísima.
Se sentó en la terraza de una churrería y pidió un café con media docena de churros.
Al terminar, se dio otro paseo, observando todo lo que había alrededor.
Se quedó con una tienda de ropa que tenía ropa muy chula en el escaparate. Por la tarde se pasaría a echar un vistazo.
Al mediodía se fue a comer al hotel. Pidió unos huevos revueltos con tomate frito y de segundo un filete a la plancha, al que acompañaba una ensalada mixta. De postre pidió fruta de temporada.
Se fue a dormir la siesta; no había descansado en condiciones desde el día anterior y se despertó a media tarde.
Se volvió a duchar, se arregló y se fue a buscar la tienda de ropa que había visto por la mañana.
Compró un pantalón vaquero muy chulo y un jersey ceñido de color negro con el dibujo de una estrella en dorado. Su intención era guardarlo para fin de año, por eso del brilli-brilli.
Paseó por la avenida principal y se sentó en la terraza de un bar. Pidió una caña y le pusieron unas aceitunas.
Se sentía estupendamente.
De repente se le acerca un señor. Era un hombre de mediana edad, unos sesenta años. Tenía el pelo blanco y se lo veía muy bien arreglado.
Recuerda perfectamente su dentadura; el hombre no dejaba de sonreír. Tenía una dentadura perfecta, posiblemente postiza. Los dientes eran grandes y, a pesar de su amable sonrisa, los dientes, la boca, la firma de sonreír, no le daban buen rollo.
Entabla con ella una conversación banal; sobre el buen tiempo. Conversación que cambió de rumbo al responderle Julia y él, darse cuenta de que no era de allí por el acento.
Que de dónde era, si estaba de vacaciones o visitando a alguien. Intentó sentarse para continuar con su interrogatorio, nada ofensivo, pero a Julia, no sabía por qué, pero no le gustaba.
Julia se levantó, ante el intento del hombre por sentarse, y le dijo que tenía que irse.
Se fue bastante incómoda para el hotel; tenía una sensación rara. Aquel tío, muy amable, había invadido su espacio, era lo que sentía.
Cenó rápido y subió a acostarse; volvió a llamar a su abuelo y se durmió.
A la mañana siguiente, Julia fue de nuevo a desayunar a la misma churrería del día anterior. Estaba desayunando, cuando vuelve a ver al hombre aquel y su puta sonrisa.
Cuando el tipo hizo ademán de sentarse, Julia le dijo que quería estar sola. El tío le suelta el rollo de que no es seguro que esté sola, que él solo intentaba protegerla.
Julia le responde que eso no era problema suyo, quería estar sola.
El hombre le da una tarjeta de visita, diciéndole que si tenía alguna incidencia, lo llamase a ese número de teléfono. Y, además, si le gustaba la zona y quería quedarse, él podría darle trabajo, un buen trabajo, recalcó, para hacer vida con total independencia.
Quiso pagar lo que estaba tomando, a lo que Julia se negó. Haciendo caso omiso, se fue hacia el camarero para abonar igualmente la cuenta. El camarero miró a Julia; de hecho, los había estado mirando todo el tiempo, y le respondió al tío que no, la señorita había dicho que no quería y punto.
Se marchó muy tieso y algo cabreado, mientras el camarero se acerca a Julia y le dice "a este, ni caso".
Julia se fue, tranquila, a pasear por el puerto, por donde había un bonito paseo marítimo.
Al mediodía regresó al hotel; pero en lugar de ir directamente al comedor, subió antes a la habitación, quería llamar a su abuelo.
Cuando salió, para ir a comer, desde el balcón de arriba, vio al hombre dando vueltas por la parte de abajo. Miró dentro del comedor y detuvo a una empleada que pasaba por su lado.
Julia, apresurada, se metió en una esquina de aquel corredor con balcón. Ella podía verlo a él, pero él no podía verla desde su ángulo de visión.
Julia vio cómo salía del hotel, mirando a un lado, a otro, atrás y arriba.
Julia sintió asco por aquel tipejo. Bajó y buscó a la empleada con quien el tío estuvo hablando. Efectivamente, le preguntó por ella, no sabía el nombre, porque no se lo dijo en ningún momento, pero la describió físicamente e hizo hincapié en lo del acento, que correspondía a una región concreta.
La empleada, muy diligente e inteligentemente, le dijo que no podía dar información de si Fulanito o Menganita estaba en el establecimiento.
Juntas fueron a recepción, desde allí, se ocuparon de alertar a todo el personal.
No lo volvió a ver, pero, se enteró, por casualidad, de quién era, al día siguiente.

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