jueves, 14 de marzo de 2024

JULIA/CAP.11©®






Al día siguiente, Julia, se levantó ilusionada; era víspera de la Jura de Bandera y habían permitido que los soldados tuviesen visita por la tarde.
Se fue, como cada día, a desayunar al mismo sitio, a pasear por las mismas calles y a disfrutar de su soledad.
Comió, también, como siempre, en el hotel. Se duchó, arregló y se dispuso a salir hacia el cuartel.
Conocía el nombre del pueblo donde se encontraba: Viator, y preguntó en recepción del hotel a qué distancia estaba y si había autobuses.
El cuartel estaba a 2 km de la ciudad y no había autobuses. Podría ir en taxi, pero la distancia era poca y decidió ir andando.
En el hotel le dijeron, más o menos, que camino tomar e inició el recorrido.
En un tramo determinado, vio un cartel de dirección con el nombre del pueblo; dejó la carretera y se metió en el camino indicado.
Todo estaba seco, árido, más bien, y se levantaba bastante polvo al caminar. Era de tierra y piedras pequeñas.
Tuvo la impresión de que estaba dando muchas vueltas; a su alrededor, el horizonte era el mismo, tierra seca y algún matojo; incluso, pudo ver algún escorpión, estaba un poco asustada.
Todo era completamente diferente a su tierra.
A lo lejos vio un grupo pequeño de casas; eran casas de pueblo, tenían la puerta abierta y una cortina metálica, de esas de colores, que protegían la entrada.
Allí, sentada a la sombra, estaba una paisana, a la que preguntó si estaba cerca del cuartel. Pues sí, a unos 10 minutos, llegó.
Había mucha gente de visita; se colocó en la cola de entrada, pues pedían identificación para acceder al recinto.
Enseguida se encontró con Domingo, o Domingo con ella, mejor dicho.
Con camisa y pantalón militar y el pelo, sin pelo, cortado al cero, estaba irreconocible.
Su preciosa melena había desaparecido, lo que hacía que aparentase menos edad.
No se dieron el abrazo de su vida, él estaba como "cortado", respeto a la institución o lo que fuese, pero le brillaron los ojos.
Apenas media hora duró la cita, los echaron rápido; tenían los preparativos para el día siguiente, un día importante.
La gente iba saliendo despacio, en fila prácticamente y una chica le habló a Julia. Algo intrascendente, sobre el calor que hacía en noviembre. Julia le preguntó de dónde era; era de allí, de Almería. Tenía a su hermano en el cuartel, había ido voluntario, por eso lo habían dejado en su ciudad de origen.
La chica tenía coche y le dijo a Julia si quería que la llevase, o si tenía en que irse.
Julia montó en el coche y continuaron con la conversación; más bien hablaba Julia ante las preguntas de la chica, alucinada de que, desde tan lejos, hubiese venido sola.
Julia le contó el episodio vivido con el hombre que se le acercó.
La chica paró el coche a la entrada de un camino y se lo describió a Julia.
La descripción era exacta; además, había un detalle que lo confirmaba todavía más.
¡El sombrero! Aquel tipo siempre llevaba un sombrero panameño. 
Resulta que, aquel tipo asqueroso, se dedicaba, desde hacía tiempo, a captar a chicas muy jóvenes, preferiblemente, de fuera de la región, aunque tenía predilección por las extranjeras. Las razones eran obvias.
Había tenido problemas con la policía por este tema, porque las metía en la prostitución, era un intermediario.
El tío vivía estupendamente, el "negocio" le daba grandes beneficios, con los que "compraba" el silencio de algún policía.
A Julia le dio un escalofrío, no era miedosa, pero aquello le creó desasosiego.
Se despidió de la chica justo en la entrada del hotel, dándole las gracias por todo. 
Mientras cenaba pensaba que, afortunadamente, al día siguiente ya estaría con Domingo, y al otro día, se iban para casa.
Al acostarse, sintió algo de pena de que aquella aventura se terminase. Exceptuando al tipejo, se había sentido especialmente bien.
La jura de Bandera fue un acto muy bonito y emotivo.
Domingo cogió su petate y junto con dos amigos, catalanes, y Julia, se fueron en taxi al hotel. 
Sus dos amigos esperaron en la cafetería mientras Domingo subió con Julia para ducharse y cambiarse de ropa.
Tardaron un poco más de lo que esperaban sus amigos. Se entretuvieron en algo más que en ducharse...
Tomaron todos juntos un aperitivo y los chicos se fueron.
Con domingo volvió a pasear por la ciudad; cogidos de la mano o abrazados, disfrutaron de todo el día. Por la noche salieron a algunos pubs y bailaron.
Durmieron muy juntos y así se despertaron.
El autobús en que regresaban salía temprano y el viaje fue largo y pesado.
A Julia le costó dormirse, era incómodo. Tampoco le gustaba hablar, se mareaba, y pensó en exceso...
Llegaron, por fin, a su destino y quedaron en verse al día siguiente. Ambos estaban cansados y era mejor dejar pasar esa tarde y esperar al otro día. 
Julia, al llegar a su casa, saludar a todos y cenar, se metió en cama.
La cabeza le daba mil vueltas... Sentía opresión, pero no de las que se producen por ansiedad, era diferente.
¡Se había sentido tan bien en Almería! 
¿Qué le estaba pasando?
Al día siguiente se notaba rara; sonó el teléfono a mediodía y no lo cogió...
¿En serio? No quería hablar con Domingo, no tenía ganas de verlo...
¡Quería vivir! Quería disfrutar su juventud; deseaba cambios en su día a día, en su futuro.
No quería estar "presa"; Domingo, la relación con él, la oprimía.
Por primera vez, sin él haber hecho nada, se sintió atada. De la manera más repentina, ya no le atraía, quería ser libre.
Por la tarde, cuando volvió a sonar el teléfono, lo cogió.
Era Domingo... Ese pobre chico, de la manera más fría, fue dejado para siempre.
Volvió a llamar dos veces, al día siguiente, a los tres días.
Intentó que mediaran amigos comunes, no entendía nada.
Julia comprendió, muchos años después, que fue un poco cruel con aquel chico estupendo. Pero le dijo lo que sentía, no había otra explicación.
Dejó de quererlo, o se dio cuenta de que no lo quería como pensaba, y aquel viaje, en soledad, la mayor parte de los días, hizo que se diera cuenta.
Julia dejó el instituto a mitad del último curso de Bachillerato. 
Se matriculó en la Escuela de Idiomas para estudiar inglés. Siguió con su pandilla, a la que se iban uniendo otras personas. Conoció a muchas más, pues salía por todas las discotecas de moda.
Vio a los Rolling en Madrid, a Miguel Ríos...
No tuvo más novios, hasta varios años después.
Disfrutó abiertamente de todo y fue feliz.
No supo nada más de Domingo, no lo veía por ningún lado.
Quince años después, ya casada, se fue con su cuñada a comprar unos sandwiches, para merendar en casa de su suegra.
Entran las dos y se quedan en la barra, piden una Coca-Cola mientras esperan.
Julia se gira y, sentado, con otros chicos, ve a Domingo. Él baja la cabeza, y Julia, ante ese gesto, no lo saluda.
Era el local donde, ella y Domingo, acostumbraban a ir a comer los mejores sandwiches que había comido.
Años después, desde la ventanilla de un bus urbano, lo vuelve a ver.
Domingo, cercano a los 50, con un pantalón vaquero, botines Converse blancos, camiseta blanca, melena canosa, cabeza ligeramente baja y las dos manos metidas en los bolsillos, subía por la calle.
La misma imagen que Julia vio durante mucho tiempo, cuando él iba a acompañarla a la estación de autobuses y Julia, desde el autobús, parado en el semáforo, subía otra calle, camino de su casa...
Sintió ternura y ganas de bajarse del autobús, correr hacia él, abrazarlo y susurrarle: PERDÓNAME.
No volvió a verlo nunca más...








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