Se dieron dos besos, él también quedó sorprendido y Yolanda más, que hizo un interrogatorio del tipo Gestapo cuando se quedaron solas.
A Rosa no le importó; amores de juventud; ligeros, divertidos y que no dejan trauma cuando terminan.
Pachi era un chico espabilado que vivía en el pueblo donde se reunía la pandilla.
Quince o dieciséis añitos tenía Rosa, él un poco mayor.
Rosa había dejado el Bachillerato, en segundo, para estudiar inglés en la Escuela de Idiomas. Pachi, había terminado el COU y la selectividad. Se iría a estudiar Económicas en otoño.
Era el hijo único de los dueños de la cafetería más popular del pueblo.
Su padre también era taxista, aparte de degenerado; le tiraba la caña a todas las que subían al taxi.
Pero Pachi era estupendo. Se había buscado un trabajo de verano en una cafetería de la ciudad, enfrente del puerto deportivo, en pleno centro.
Un día, a lo bobo, quedaron para salir. Rosa, de vacaciones, quedó en ir a buscarlo a la hora del cierre, alrededor de las 12 de la noche.
Se recorrían todos los pubs de la Ciudad Vieja, donde había mucho ambiente todos los días.
Picoteaban por los bodegones entre cerveza y cerveza.
A veces terminaban la fiesta pronto, otras veces, terminaban la noche en alguna de las discotecas de moda.
Cuando eso ocurría, se iban a dormir juntos a la casa de un amigo suyo; otro chico del pueblo que había terminado Derecho y vivía en el piso donde tenía su despacho.
A los dos les gustaba la buena música, aunque terminaban bailando cualquier canción de actualidad y entre roce y risa, pues allá que se iban al piso del abogado, que parecía un cura.
Yolanda se quedaba con la boca abierta; la pobre, había tenido poca vidilla, más bien de monja.
Tenía una educación muy rancia y ninguna experiencia en nada, creo que envidió a Rosa en ese momento...
Rosa no recordaba el porqué, ella y Pachi, lo habían dejado.
La verdad es que no fue una relación con ataduras o pactos previos.
Se debió de terminar del mismo modo que empezó.
Rosa cambió de aires y pandilla, él se fue a la universidad y, fin, no volvieron a verse.
Se había casado y tenía una niña; estaba más guapo todavía, como más «hecho».
Rosa estaba casada y, aunque ya empezaba a cansarse de su pareja, ni se planteaba liarse con nadie.
Pachi hablaba con admiración de su mujer e hija, y, salvo una leve caricia en la zona lumbar al despedirse, no notó ninguna señal de rescoldo de antaño.
Se despiden del «inspector»... Chocaba un poco verlo con su cartera, colgada de bandolera, y su traje, cuando Rosa se acordaba de «otras» cosas menos serias...
Yolanda, después de saber la historia, preguntó más sobre la vida de Rosa; su familia, donde había estudiado, cuando se había casado...
Llegaron a la parte familiar y ahí se percató de que estaban emparentadas.
Y le contó a Rosa muchas cosas de su cuñada; asuntos íntimos que, Rosa y su familia sabían, como que la cuñada, prima de Yolanda, trabajó muchos años en la lonja del puerto y nunca olía a pescado cuando salía...
Sí, Rosa, tenía una sobrina que era pelirroja y muy miope. Idéntica al jefe de su cuñada...
Rosa también preguntó a Yolanda por la suya. Una hermana y su marido tenían una carbonería. El cuñado venía a veces por el quiosco; tenía una parrillada por esa calle como cliente.
Pues esa hermana, decía que era muy fogosa. Todos los hermanos se juntaban los sábados a comer en casa de la madre, allá en la aldea donde Cristo no puso pie. Yolanda los había pillado varias veces follando en cualquier lado. Incluso, paraban la furgoneta durante el trayecto de ida o vuelta para lo mismo.
A partir de esa confesión, a Rosa, le entraba la risa cada vez que veía al carbonero. Se imaginaba a aquel tío, que era como un armario de tres cuerpos, sudoroso casi siempre y las uñas negras como un tizón, ¡dándolo todo!
Yolanda se había casado para salir de su casa. Soltera, con un hijo, en aquella aldea... Su padre no la dejaba salir a ningún lado. Al que es su marido, lo conoció yendo con su padre a otro pueblo. El tío mostró interés y ella predisposición y vio una oportunidad para dejar atrás la casa de sus padres, parecida a la de Bernarda Alba.
No estaba enamorada y, al empezar a trabajar y a ganar bastante dinero, empezó a arreglarse. Su trabajo también le daba la oportunidad de conocer mucha gente y a hacerse demasiadas ilusiones con muchos de sus clientes masculinos.
A Rosa le daba la impresión de que no se atrevía a separarse, pero que tenía deseos que quizá nunca había experimentado, e imaginando, se ponía cachonda con muchos de los que por su trabajo pasaban...
Había uno, en especial, también de la empresa. No sé exactamente qué puesto tenía, algo parecido a un supervisor; venía todas las semanas.
Un tío joven, bajito, no muy agraciado. Se intercambiaban bromas de quinceañeros, pero el tío no hacía más que arrimarse a Rosa desde el primer día, algo que la incomodaba y le paró los pies.
Yolanda cogió muchísima confianza con Rosa; su hija pasaba algún finde en su casa y ella le iba contando lo harta que estaba de su marido.
Bebía mucho, gritaba demasiado y le daba alguna hostia.
No sé cómo, el tío no veía nada... Ella se debía quedar estática, porque no lo entendía.
Rosa le decía que lo dejara cuánto antes.
Un día le dijo a Rosa si quería quedarse en el quiosco cuando ella se marchaba; era media hora solo, hasta que Rosa tenía que volver a la mercería, pero estaba bien, no le apetecía hacer tiempo por ahí o tomarse algo por tomar cada día. Aceptó la proposición.
Así quedó Rosa, ¡de vendedora de cupones sustituta!

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