Nada, o todo, era raro; la línea de distancia que Yolanda transmitía, directamente proporcional a la excesiva familiaridad de su marido, era desconcertante.
La decoración de la casa la dejó un poco en shock. Le hizo recordar otro momento "ahogo" interiorista que había sufrido hacía unos dos años.
Había fallecido el padre de un familiar de una prima política. Esta, le dijo a Rosa que, por favor, la acompañase.
Rosa fue a regañadientes; su primo, un tío guapísimo, se casó con una chica que provenía de un barrio conflictivo... Convencieron a otra amiga para que las acompañase, María.
María tenía carné de conducir y coche. No recuerdo la marca, pero era un modelo de alta gama. Su marido, era técnico de Repsol y cobraba una pasta, además de ser de familia de posibles.
El barrio discurría entre callejuelas con casas modestas y chalets alucinantes, aunque quienes los habitaban tenían el mismo perfil...
El coche de María no desentonaba; en cada puerta, por muy humilde que fuera, parecía que la BMW y la Mercedes habían hecho pleno con aquella gente.
La prima de la prima de Rosa vivía en un chalet impresionante.
¡La prima no podía ser más bruta!
Nos mete en la cocina...
Im-pre-sio-nan-te... ¡Pero para no olvidarte en la puta vida!
Tenía adornos, miraras a dónde miraras. Encima de la vitrocerámica, por supuesto, sobre tapetes de ganchillo de colores diversos.
Cortinas con puntillas y volantes de raso. Azucareros, salero y tazas de café, todos labrados y pintados con dorados y plateados.
El techo era de escayola formando dibujos 3D de flores.
Antes de irnos, se empeñó en enseñar la casa entera; María y yo nos salimos con una excusa a la calle, después de ver la primera habitación.
De los nervios y el agobio, nos entró un ataque de risa y no era plan.
Rosa, al salir de casa de Yolanda, tuvo una sensación parecida. El perro de cerámica en la chimenea, lo tiene grabado a fuego.
No volvieron a tener contacto hasta pasados unos meses.
Había una excursión de fin de curso a Tarragona; Port Aventura acababa de inaugurarse y era una de las visitas.
Se iban 15 días y era bastante caro.
Silvia, la hija de Rosa, dio la vara días y días; iban todas sus amigas... Lo típico.
Rosa llamó a Yolanda para hablar del tema. Tenía los dos hijos mayores y ya habían ido con el colegio en varias ocasiones. Yolanda tranquilizó a Rosa, los niños estarían seguros.
Rosa preparó una maleta como para que Silvia sobreviviera tres años en cualquier lugar. Eran 15 días, se iban a un campamento de bungalows; tendrían que lavarse su ropa... Silvia tenía 9 años todavía, le metió 20 camisetas, 20 pantalones cortos, 20 mallas largas, varios pares de playeras, de chanclas, calcetines y bragas para poner un puesto en un mercadillo y unos cuantos bañadores. Toallas de playa, gorros, viseras... ¡Un maletón!
Y llegó el día. Salían del colegio en cuatro autobuses. Estábamos todas en grupos, según afinidad, y anuncian que formen fila para ir subiendo.
Lucía, la hija de Yolanda, también llevaba una maleta enorme y se pone en marcha con Yolanda.
La hija de Rosa hace una seña a su madre para que se agache, y le dice al oído que no quiere ir...
¡La madre que la parió, con lo que había dado por culo y el viaje pagado!
Rosa le da dos besos muy tiernos y le dice: —¡coge la maleta y arrea!
Cuando subió la niña, Rosa fue a hablar con su profesora y le comentó.
La profesora le dijo que no se preocupara, se le pasaría y que la iría informando.
Así lo hizo, en la primera parada que hizo el autobús, la informó que la cría estaba perfectamente, fue cantando todo el trayecto.
Así fueron todos los días; los dos primeros hablaba con la profesora y después, lo hizo cada día con Silvia, que estaba encantada.
Yolanda también le preguntaba a su hija y ambas se lo estaban pasando genial.
A la vuelta, aunque todo estaba pagado dentro del paquete del viaje, se les dio un dinero para caprichos.
Lucía trajo la mitad de lo que había llevado. Silvia, ni una peseta, todavía existían las pesetas.
Compró a su padre un par de calcetines de deporte y a Rosa, un pin de un jugador del Real Madrid que le gustaba, un tal Redondo, argentino muy mono.
Silvia siempre fue especial...
Uno de esos días, en los que Rosa habló con Yolanda, le dijo en qué calle vendía cupones de la ONCE; muy cerca de donde ella trabajaba.
Al tener jornada partida, la mercería abría pronto por la tarde, a las cuatro, y no le compensaba cogerse un autobús para solo ir a comer y tener que regresar rápido.
Cuando salía a las dos y pico, se iba a picar algo a una cafetería y hacer tiempo. Tenía cerca un centro comercial y era perfecto.
Decidió ir un día por el quiosco de Yolanda a la hora del descanso y después también iba cuando salía de trabajar. Yolanda estaba hasta las tres y media y regresaba a las seis.
Poco a poco iban estrechando lazos y contándose cosas.
El marido vendía cupones en la otra punta de la ciudad, a la puerta de un bingo.
Ganaban mucho dinero; la ONCE pagaba bien, además de un porcentaje por ventas, y ambos vendían mucho.
Les había tocado el cupón dos veces...
La primera vez, además de guardar pasta, se dieron el capricho de ir de viaje a México; a su marido le hacía ilusión.
Nunca entendió eso Rosa; Yolanda tenía muchas dioptrías, pero él era ciego de nacimiento. ¿México? No puede disfrutar de ver nada...
Ella tenía varios hermanos. La más joven, con algún grado de discapacidad intelectual, la tenía preocupada. Se enamoraba continuamente, pero su inocencia la hacía vulnerable.
El hijo de Yolanda lo tuvo de soltera y soltera se quedó con él; el padre del crío se piró cuando lo supo.
Eran de una aldea y a Yolanda se le notaba. Aunque siempre andaba de punta en blanco, era un poco bruta.
Se gastaba ingentes cantidades de dinero en ropa; vestía de señora mayor, pero con ropa cara y zapatos buenos. Todas las semanas iba a la peluquería.
Rosa, era de vaquero, camisetas y zapatillas, de marca, aunque sencilla; tenía el pelo rizado y muy bien cuidado, pero solo iba a la peluquería para cortar y teñir cuando era necesario.
Rosa aparentaba la edad que tenía, joven, Yolanda parecía su madre.
Tenía la cara marcada porque le había caído agua hirviendo.
Casualmente, meses después, Rosa, hablando con un familiar suyo, se entera de que Yolanda es prima de una cuñada. Rosa le comenta a esta cuñada, en una fiesta familiar en la que coincidieron.
La cuñada le cuenta muchas cosas, como que el padre había sido un salvaje. Pegaba a su mujer y el padre del niño de Yolanda, no se había ido, huyó porque, el viejo, quería matarlo.
También se rumoreaba, hacía años, que abusaba de la hija menor.
Rosa se quedó alucinada...
A los pocos días, Rosa coincide con la madre de Yolanda en el quiosco.
Evidentemente, nada le comentó de lo que le había dicho la cuñada.
La madre, era una señora muy de aldea, bastante ignorante y se le percibía una actitud miedosa.
Le dio mucha pena y, no sabe si influyó lo que sabía, pero le cuadraba la actitud de la mujer después de una vida con un maltratador.
Pasaron los meses y, la dueña de la mercería donde trabajaba Rosa,
le anunció que iba a jubilarse.
Le ofreció que se quedase con el negocio. Rosa era muy joven, el negocio mucho rollo y el traspaso muy caro.
Decidió buscar otro trabajo y lo encontró antes de que cerrara el anterior. Otra mercería en el centro comercial. Era más grande y trabajaban varias dependientas, con lo que los horarios eran muy diferentes.
Rosa también trabajaba a jornada partida, pero de tarde salía a las cuatro y media y tenía «libre» desde las doce y media hasta las dos y media.
Yolanda también cambió su jornada; en la empresa entró un inspector nuevo y la amonestó por no estar en el quiosco a las cinco. Por lo que se iba a las dos para casa.
Rosa tenía más tiempo para estar con ella, a las doce y media ya estaban de charla, y de las cinco en adelante, según las ganas que Rosa tuviese.
Una mañana, Yolanda dice de repente, «ahí viene el gilipollas del inspector».
El quiosco tenía los cristales gruesos y en cuadrícula, Yolanda, muchas dioptrías, pero lo enfiló rápido. Rosa, en ese momento, estaba sentada y se levantó para que se sentara ella. Rosa era la visita... Yolanda, la trabajadora poseedora de la silla.
Tocan a la puerta, siempre cerrada por seguridad, y allí estaba el inspector.
¡Pachi! Un rollito de verano de Rosa con el que se lo había pasado de puta madre...

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