miércoles, 14 de febrero de 2024

YOLANDA Y ROSA/CAP.1©®


    



Rosa era una mujer sencilla; casada, desde hacía 10 años, con una hija, Silvia, de 9 años.
Dejó sus estudios cuando se enamoró, y, durante los primeros tres años de matrimonio, no trabajó.
Vivía en un pueblo cercano a la ciudad. En esa ciudad había estudiado, había salido, se iba de compras. Su vida se había desarrollado desde siempre entre la ciudad y el pueblo.
Cuando Silvia cumplió tres años, decidió que fuera a una guardería.
El pueblo crecía a pasos agigantados; la guardería fue otro paso más en el avance de infraestructuras que se estaban produciendo.
En la zona donde Rosa vivía no había niños con los que pudiera relacionarse.
Casi todas las tardes, se iban a la ciudad, de visita a casa de su suegra.
Allí, siempre estaban las dos hijas de su cuñada. Las hermanas se llevaban poca diferencia de edad y eran 3 y 5 años mayores que Silvia.
Una de ellas era insoportable; la otra, la más pequeña, era una rolliza y tierna cría, que hacía mucha gracia a todos porque, lo que más le gustaba en su vida, era comer.
A Rosa no le hacía ninguna gracia, menos aún, las comparaciones que su propia familia hacían con su hermana. Su hermana era la más guapa, la más lista, la más todo...
Ni era la más guapa, tenía cara de pan de pueblo, aunque era muy delgada. Tampoco la más lista, sino la más repelente y consentida.
Se intuye que Rosa estaba un poco harta de las niñas, la suegra, la cuñada... ¡Empezó a estar harta del marido también! Pero tenía una niña que criar y eso la mantenía entretenida.
Empezó a ir menos a casa de su suegra y se quedaba con alguna vecina del pueblo.
Estas vecinas no tenían hijos de edad similar a la de Rosa, tampoco vivían al lado y Rosa quería que su niña sociabilizara, era sano e imprescindible.
Silvia era una despierta y muy lista. Desde que empezó a hablar, cantaba.
Tenía un oído musical excelente y nunca desafinaba.
A su abuela materna, que vivía al lado, le encantaba.
El primer día de guardería, Rosa pensó que era mejor ir a recogerla al mediodía... Se la llevó y fue llorando todo el camino a casa... ¡No se quería venir! Comió más rápido que de costumbre, se lavó los dientes y las manos y le llevó el peine a su madre para que la peinara.
Al segundo estaba sentada a la puerta esperando salir de nuevo para la guardería.
Definitivamente, Silvia, tenía una gran necesidad de estar con niños y Rosa quedó satisfecha con su decisión.
Al mes, tuvo que dejar a Silvia a comer en el «cole», nunca quería venirse al mediodía a casa.
Rosa tenía todo el día libre hasta las 7 de la tarde, cuando volvía Silvia, lo hacía en el transporte de la guardería.
La nómina de su marido era buena; no tenían alquiler ni hipoteca; la casa familiar era suya y un sueldo les daba para todo lo que les gustaba hacer.
Pero Rosa quería hacer algo en la vida, sentirse productiva.
Era muy joven, 22 años, y decidió buscar trabajo.
Pronto lo encontró, de dependienta, en una mercería de la ciudad y a media jornada.
Poco después, la necesitaban más horas y aceptó. Era jornada partida, pero como su hija la tenía controlada, no suponía ningún problema.
Su hija cumplía años en febrero; cuando cumplió los 5, empezó a buscar colegio.
El que le pertenecía por zona no disponía de servicio de comedor y buscó un colegio privado, no solo con comedor, sino también con transporte escolar que llegase a donde vivían.
Solo había dos que tenían ruta por su pueblo. Uno, era de alto nivel, el segundo, tenía muy buena fama y era concertado, fue el escogido.
El padre de Rosa, recientemente jubilado, se ofreció durante un tiempo a llevar y traer a la cría. Era pequeña para el autobús escolar, según el abuelo, y a él le serviría de distracción.
Así fueron pasando los años. Silvia era invitada a multitud de cumpleaños, algunos muy pijos, pero gente maja.
Con más o menos 9 años, fue invitada a uno en un domicilio particular. Nunca había pasado, todos celebrábamos los cumpleaños en algún bar, después en Mc Donal's cuando empezaron a abrirse.
Allá que nos fuimos con ella a la casa de su amiga Lucía.
Lucía vivía en la ciudad, tenía una hermana y un hermano mayor, todos estudiaban en el mismo colegio.
No la conocíamos.
El edificio estaba en una calle «bien», era nuevo.
Les abre la puerta una mujer vestida con un mandilón de cuadros estilo abuela.
Tenía la cara marcada de cicatrices, peinada de peluquería y unas gafas de cristales gruesos. Rosa creyó que era una empleada doméstica...
Era la mamá de Lucía, Yolanda.
Silvia se fue con Lucía y otras amiguitas del cole a la habitación.
Apenas diez minutos de comprobación y de primer contacto.
Todo en orden y se fueron, para regresar a buscar a la niña a las 9 de la noche.
Los vuelve a recibir la señora del mandilón, era la madre de Lucía, una niña vivaracha, también con unas gafas de cristales gruesos como su madre.
Entramos en la cocina, allí estaban el padre y sus dos hermanos.
Una adolescente guapísima, rubia, con ojos verdes y un chico, de unos 18 años, también muy guapo, pelo y ojos muy oscuros.
El padre, un tipo muy bien arreglado, bajito y con gafas oscuras. Era ciego.
Los dos trabajaban en la ONCE, él, desde hacía muchos años.
¡Al piso no le faltaba detalle! Se notaba que se había gastado una pasta, aunque, bajo el punto de vista de Rosa, muy mal empleada...
Muebles de buena calidad, aunque muy clásicos.
Visillos con demasiados bordados y caídas a ambos lados y cubre cajón de persiana en ondas... Recargado.
Figuritas y plata por todos lados, jarrones con flores artificiales o secas. Todo superlimpio...
Aunque a Rosa, lo que le creó más desasosiego fue el salón...
De la cocina, para estar más cómodos, los pasaron al salón-comedor de los horrores...
El hombre se movía con más agilidad que Rosa; era alucinante, con tanto cachivache por medio.
Se sientan en un mega sofá de cuero.
A ambos lados, un sillón de cuero, todo en color beige.
 Delante del sofá, una mesa de cristal con armazón dorado y labrado en cada pata simulando una garra de animal. Sobre la mesa, infinidad de ceniceros pequeños de plata y cristal, una bombonera, un centro de flores secas...
En una esquina había una barra de bar, delante de una vitrina repleta de botellas de todo tipo de bebida, copas y vasos.
En otra esquina, la gran mesa de comedor con seis sillas rococós.
Sobre la mesa de comedor, marcos de plata con fotos de cuatro generaciones, figuras de porcelana, bandejas en miniatura, todas de plata y con adornos.
En paredes, multitud de cuadros, algunos con marcos propios de un palacio.
Huecos cubiertos con pedestales y jarrones «chinos» por todas partes y, frente al sofá, un mueble empotrado de madera oscura.
Un inmenso cuadro en el centro del mueble, porcelana variada a un lado y a otro, rellenaban las estanterías. Una enciclopedia de varios tomos en granate con dorado de adorno y una chimenea bajo el cuadro.
Chimenea ornamental únicamente, donde habían metido un pastor alemán de porcelana a tamaño natural...
Rosa no sabía dónde mirar para poder respirar normalmente...
El padre de Lucía se bebió tres cubatas en media hora, hablaba por los codos y parecía que conocía a Rosa y a su marido de toda la vida.
Yolanda era para en palabras y apuró a su marido para terminar aquella rara velada y aquel primer encuentro...

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