La vida de Adela se desmoronó... Mejor dicho, se les desmoronó la vida a los demás: a su marido y a su hija, con la que mantenía un contacto intermitente.
Con Fer y Victoria, el contacto ya no era continuo; habían estabilizado sus vidas, ya no necesitaban a nadie.
Adela tenía problemas con Paula. La adolescencia tardía le hacía perderse por las noches de fiesta.
Preguntaba a Victoria, pues salían juntas de casa, pero no sabía nada, nunca decía nada y ya no venía por casa.
Meses después, Adela se enteró de que, de casa, salían juntas, pero Paula se juntaba con otras personas allá donde iban.
Pero no, no se entera por Victoria...
Después de un año siniestro, Paula conoce y se va a vivir con su pareja. Un ser despreciable al que nadie soportaba.
Varias veces, cuando Paula regresaba a casa de Adela, hasta que volvía con su pareja, llamaban a Victoria; siempre venía e intentaban entre las dos que no volviese con aquel miserable.
Victoria también era la madrina de la primera hija de Paula.
Sabía de todos los problemas, conocía la gravedad y de cómo estaba Adela.
Jamás se involucró con la mujer que le había abierto las puertas de su casa, donde, prácticamente, había vivido día tras día.
Fer ni apareció ni se le esperó. Ni una simple llamada.
¡Adela estaba harta!
En un determinado momento de su vida, había decidido divorciarse. Los primeros problemas con Paula, hicieron que esperase.
Todos se recargaban las pilas en Adela; su marido, su hija... Fer y su familia...
Adela se levantaba cada mañana sola.
Decidió no seguir, continuar sola de verdad, sin rémoras que la ataran.
La decisión de Adela supuso un terremoto en su casa y un viernes se fue precipitadamente.
Vivió como pudo durante seis meses.
Contó con la ayuda moral de personas que habían sido conocidas hasta entonces.
Todas esas personas, a las que Adela había ayudado, desaparecieron como por arte de magia, incluso si hija.
Adela decidió irse más lejos; de casualidad y sin pretenderlo, en medio de este caos emocional, conoció a alguien estupendo.
De repente, en esos meses de preparativos para largarse definitivamente, la rodearon personas fantásticas.
Su vida, lejos de su tierra, empezaba a fluir de nuevo, pero, de vez en cuando, pensaba en todas aquellas personas que había dejado atrás.
De Paz no volvió a saber nada, aunque dudó que Paz estuviera enterada del paso final de Adela.
De Fer y Victoria tampoco.
Adela alucinaba cuando hacía memoria...
Paz la había engañado de manera obscena.
Fer... Aquel hombre había llorado sentado en el sofá de Adela...
Victoria...
¡Dios! ¡Eran unos putos egoístas!
Adela estaba acostumbrada a decir siempre lo que pensaba; a quien había mandado a la mierda, sabía perfectamente porqué, se encargaba de explicárselo.
Decidió cerrar el círculo del pasado enviando un mensaje a Victoria.
Le detalló lo que ella y su padre habían significado. Como habían tenido ayuda sin necesidad de pedirla y que no entendía el comportamiento de ellos, el desinterés absoluto que habían tenido con alguien en quien se habían apoyado. Conociéndome perfectamente, no preguntaron absolutamente nada, se habían borrado de una foto donde habían sido protagonistas.
Y que llegaba a una sola conclusión, que eran profundamente egoístas y no les importaba nadie.
En definitiva, que no solo su madre me había engañado, me engañaron todos.
La respuesta de Victoria fue rápida y nada sorprendente.
Que había estado cuando se la reclamó y que Adela era como su madre.
A Adela le quedaban dos opciones: mandarla a la mierda y eliminarla de su agenda, o solo lo último.
Decidió hacer lo segundo, eliminó su número y el de su padre de la agenda de contactos.
Adela los olvidó; olvidó a todas y a cada una de las personas que miraron para otro lado.
A partir de ese momento, tiene especial cuidado en con qué y con quién involucrarse.
No cree en un solo testimonio que alguien pueda contarle, busca todas las versiones y sopesa en que meterse.
Sigue siendo la misma, no se volvió desconfiada, pero se deja llevar por las primeras impresiones, porque casi nunca le han fallado.
Adela se quedará siempre con su modo de sentir, aunque la haya perjudicado.
Las personas egoístas nunca son felices; algunas están al borde de la psicopatía y alguien que no siente, dicen que no padece, es verdad, pero se pierden infinidad de sensaciones buenas.
¡Sentir, siempre es bien!

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