viernes, 9 de febrero de 2024

PAZ/CAP.9©®







Fer y sus dos hijas se van al juzgado; las chicas iban a ser determinantes como testigos, en un juicio bastante desagradable.
Todos sabemos que, cuando se va a un juicio, sea de la índole que sea, la gente suele elegir estilismos discretos...
Todos, menos Paz... Esta mujer vivía en un mundo paralelo; Adela llegó a pensar que, entre tanta mentira, Paz, había perdido el sentido de la realidad.
Apretada, coloreada, enjoyada y  maquillada como para ser elegida reina del carnaval...
El sonido de sus tacones de 40 cm se escucharon por pasillos y sala.
Cabeza erguida, cuerpo erecto y mirada desafiante.
Fer bajó la cabeza avergonzado. Su hija mayor la miró fijamente con gesto de odio. Victoria adoptó la misma actitud que su madre; se parecían demasiado...
El juez tuvo que llamarla al orden en varias ocasiones. Interrumpía a cada rato cuando declaraban los que eran miembros de su familia y, por lo visto, habían dejado de serlo.
Casi al final, terminaron llorando todos menos ella. Sus hijas estaban abochornadas por el espectáculo que su madre estaba dando.
Meses después, la sentencia fue favorable para Fer. No quedó acreditado que Paz hubiese colaborado en la compra del piso o en el pago de las cuotas. Todo salía de la cuenta bancaria de Fernando y tenían separación de bienes.
Paz había abandonado el hogar, desentendiéndose de su hija menor y negándole el derecho a cualquier contacto.
Por aquel entonces, empezaban los móviles a ser habituales; sus hijas no tenían su número, ni sabían su dirección.
Se fue taconeando, altiva, pero sin un duro. El cariño de sus hijas no le importaba lo más mínimo.
Adela y familia continuaban su relación con Fer. Adela hizo de psicóloga muchas veces, tanto con él, como con Victoria.
La hermana de Victoria parecía que, por fin, encaminaba su futuro, gracias a las directrices de su padre.
Pero, la chica era un tanto veleta, como su madre, y empezó a tener contacto con ella. 
Adela lo entendía en parte, era su madre y la quería; pero, al mantener contacto, Paz podría saber de la vida de todos y a Fer no le gustaba.
Debido a ese contacto, Paz también podía manipular a su antojo. Lo había dejado con el novio viajante, no tenía trabajo, no tenía a dónde ir y, dando pena, hizo que su padre la acogiese en casa de manera provisional.
Cuando esto pasó, Fer llamó a Adela. Le dijo que fuese por casa a tomar un café, Paz quería verla.
Adela aceptó y acudió a la cita bastante nerviosa. Aparte de los nervios, también estaba cabreada por todo lo ocurrido. No soportaba la mentira y Paz, la había tratado como una imbécil.
Entró en su casa; Fer estaba en el salón y la saludó, también había encerrado a la puta gata del diablo...
Ya con Paz, en la cocina, cuando iba a sentarse, Paz la abrazó llorando.
Adela no fue capaz de devolver aquel abrazo y se mantuvo con los brazos a ambos lados del cuerpo.
Paz se separa, se limpia las lágrimas y le dice «gracias».
«Gracias por ocuparte de mi hija, gracias por ayudar a todos, gracias por haberlos protegido y perdóname. Perdona por haberte mentido».
¡Buffff!
Así todo junto...
Adela le contó lo mal que lo habían pasado todos. Que ella no iba a juzgarla por la deslealtad a su pareja, no lo veía bien, y le hubiese aconsejado que no lo hiciera, pero nada más. No tenía por qué haberme mentido; no debe jamás inventarse malos tratos para justificar algo.
Debía iniciar su vida de manera honesta; primero, consigo misma, después con los demás.
Paz, a todo, le decía que sí. Adela no estaba segura de si era un paripé que le venía bien o era  de verdad.
Años después, Adela se entera por Fer, que fue él el que le exigió que lo primero que debía hacer era pedirme perdón.
Adela fue invitada por Paz a casa varias veces. Se comportaba como antes, como cuando se conocieron.
Fer, por otro lado, subía a casa de Adela alguna vez a quejarse.
Paz había intentado camelarlo de nuevo, algo que le resultaba muy incómodo. Él estaba seguro de que no quería ya nada más y le insistía en que tenía que irse, buscar trabajo en serio e irse.
¡Y así sucedió! Se fue, de un día para otro. Adela no volvió a saber nunca más de Paz.
Fer conoció a otra mujer. Trabajaba en un restaurante también; estaba divorciada y tenía un hijo mayor.
Victoria dijo a Adela el día en que iría a casa para conocerla, a ella y a su hermana.
Como una vieja del visillo, Adela, esa tarde, no se movió de la ventana.
Sabía a qué hora llegaría; vendría con Fer cuando terminaran la jordana de mañana.
¡Ostras! A Adela se le quedaron los ojos como platos cuando la vio...
¡Era idéntica a Paz! Flaca, pelo corto, gafas de mucho aumento y nariz de urraca... 
El estilismo no se parecía en nada al de Paz, vestía muy casual y no se maquillaba nada. Nunca había visto una mujer tan fea...
Adela pensó que Fer seguía colgado de Paz, porque era físicamente Paz sin adornos.
Maritere se llamaba. También fue presentada a Adela. Era un poco borde y cometió el mayor error que puedes cometer cuando te vas a vivir con una pareja que tiene dos hijas mayores.
¡Hacer de mamá!
Aquellas chicas estaban acostumbradas a estar prácticamente solas. Hacían las cosas de casa a su manera.
Maritere no soportaba el recipiente donde, las chicas, metían las bragas con lejía, sobre la encimera de la cocina... La mujer tenía razón, pero debió esperar unos días y no entrar como un elefante en una cacharrería.
Maritere duró poco... Las chicas le hacían la vida imposible y Maritere no se callaba.
Entre ella y sus hijas, Fer eligió.
Maritere fue nominada para abandonar la casa y expulsada sin contemplaciones.
El tiempo seguía pasando...
La hermana de Victoria conoció a un chico normal; se fue con él a Pamplona. Pocos años después, ambos regresaron y se casaron.
Mientras, Victoria tuvo un novio, después otro y fue este último el elegido para casarse. Ya era abogada licenciada.
La hija de Adela se empezó a "perder" cuando comenzó a conocer la noche y sus fiestas. También tuvo novios y, desgraciadamente, escogió al último como pareja. Tuvo una niña. Victoria fue la madrina, pero tenían poco contacto, no soportaba a su pareja. ¡Nadie la soportaba! Adela tampoco.
Llegó el día de la boda de Victoria; un bodorrio al que Adela no pudo ir. Se había hecho un esguince en un ligamento de rodilla y guardaba reposo. Con dos muletas, Adela bajó a casa de Fer que, vestido de chaqué, recibía a los invitados. Adela y su marido eran como de la familia.
Victoria estaba preciosa. Un vestido blanco de escote palabra de honor y corte sirena, le sentaba fenomenal.
Un bonito ramo y una finísima corona en su pelo recogido con mucho estilo.
Victoria tenía buen gusto y había nacido para ser rica...
La hija de Adela, Paula, iba a la boda desde otro punto y directamente a la ceremonia.
Paula también fue muy guapa; realmente, era muy guapa, la más guapa de todas y nunca se lo creyó. El evento era por la tarde/noche y civil, en una finca dedicada a ese tipo de celebraciones.
Con un top plateado, vaporoso y de  cuello «halter», con caída en el escote; el pantalón corto de terciopelo negro y taconazos, estaba preciosa.
La familia de Fer progresaba adecuadamente. Habían conseguido dejar de ser la comidilla de donde residían. Eran felices de verdad.
Adela se alegraba de todo lo bueno que les pasaba. Había sufrido durante cuatro años los vaivenes de aquellas personas, a las que también consideraba parte de su familia.
Nunca había vivido de cerca circunstancias como aquellas. Jamás sintió que alguien la decepcionara tanto como Paz. Y nunca creyó capaz de que alguien pudiera inventarse según qué cosas tan graves.
Fue psicóloga de Fer, sin dejar de serlo de su hija Victoria.
Lloró con ellos y lloró a solas, o con su hija por la impotencia que le causaba aquella situación vivida.
Sufrió pesadillas y noches en vela. Pasó fines de semana sin descanso; ocupada y preocupada por aquellas personas.
Es verdad que ninguna le pidió su ayuda, pero es que estaban dentro de su casa. La hicieron partícipe de sus desgracias, sus miedos, sus desesperaciones.
Nunca olvidará a aquella chica queriendo morirse en mitad de la carretera...
Pero, afortunadamente, todo había pasado.
Consiguieron estabilizar su vida; la de Adela, empezaba a desmoronarse...
Un viernes se fue de su casa...



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