lunes, 19 de agosto de 2024

DAIRA/CAP.2©®


 
Daira, al calor de su hogar, preparó café y encendió su ordenador.
Busco información de todo lo relacionado con su isla elegida. Las imágenes le encantaron.
Había vivido en países cálidos, principalmente de Suramérica y África. Nada, en esa isla, tenía que ver con aquellos paisajes conocidos, ni con las construcciones.
Estaba segura de que quería una casa, cómoda, pero no muy grande, no la necesitaba.
Daira estaba desahogada económicamente, no recibió una gran herencia en efectivo, aunque la venta de su ático y de la casa de sus padres, la benefició notablemente, no le hubiera hecho falta, había ganado lo suficiente con su trabajo, poco conocido, pero muy bien remunerado.
Se puso en contacto con dos inmobiliarias de Atenas, no era fácil encontrar una casa en venta en la isla, pero tampoco imposible.
La llamarían ni bien tuvieran noticias.
Daira estaba impaciente, además de tener que abandonar el ático, recién vendido, en 20 días.
Contactó con una de sus amigas, tenía varias naves y almacenes de diferentes medidas para alquilar. Debía vaciar la casa, no pensaba llevarse nada y lo dejaría todo en uno de los almacenes de su amiga.
No tenía demasiado para vaciar, su ático estaba amueblado con decoración minimalista. Se trasladó a un hotel mientras organizaba el desalojo.
De ropa se llevaría lo justo, iba a empezar de nuevo en todo.
En dos semanas tenía todo resuelto y solo pensaba en irse definitivamente.
Así lo hizo, en dos días tenía billete de ida y se fue, sin mirar atrás.
Había reservado hotel en Atenas y allí visitaría la inmobiliaria.
El primer día compró ropa. Encontró de casualidad una pequeña tienda de moda muy original, realmente, lo que estaba buscando. 
Ese mismo día, por la tarde, recibió la llamada de la inmobiliaria, tenían dos viviendas que ofrecerle.
Se fue rápidamente y quedó sorprendida de las dos propuestas. Pidió a la empleada que, al día siguiente, la acompañase a la isla y así fue.
Todo había sido fácil en la vida de Daira y, por ahora, parecía que así continuaría siendo.
No quiso ver la segunda propuesta, se quedó embobada con la primera.
La isla era una fantasía. En la parte alta de una ladera, una casa blanca, con ventanas en color azul “moon”, la había atrapado. Su interior era cálido y, desde casi todas las ventanas, se veía el mar. 
Su decoración era cálida y confortable, no tendría que retirar o cambiar nada, todo le encantó.
Había sido recientemente remodelada y decorada. Sus dueños tenían pensado utilizarla como residencia turística. Una circunstancia personal les hizo cambiar de idea y ahí estaba, destinada para Daira.
Podría mudarse al día siguiente, una vez iniciados los trámites. Daira le pidió a la agente que trabajase toda la noche si era necesario, quería mudarse ya mismo.
En un día se efectuó la compra, Daira había dejado sus dos maletas en recepción y el hotel pagado.
Después de comer, viajó hasta la costa, a Pireo, desde allí se embarcó en un ferry hacia la isla.
Era junio, la temperatura buenísima y el día despejado. Quiso sentir la brisa marina y el olor a mar que tanto le gustaba.
Bajo sus gafas, corrían lágrimas de emoción durante todo el viaje.
Una vez se giró y vio su imagen reflejada en una cristalera del barco… Le costó reconocerse, o quizá, le sorprendió su imagen tan colorista y jovial.
Había sido muy guapa y lo seguía siendo, tenía una madurez agradecida. Esbelta, nunca había reparado en su elegancia natural. Con colores llamativos como estilismo, resultaba arrebatadoramente atractiva, tenía gusto y gustaba, nunca se ocupó de algo tan superficial, aunque siempre se cuidó físicamente, pero, sin pretenderlo, siempre estaba bien arreglada, aunque fuese con lo más sencillo.
Ágil, recorrió varias calles, la mayoría empedradas, tirando de sus dos maletas.
Se sentó en mitad del recorrido, observaba todo lo que tenía enfrente... Y se sintió, de nuevo, agradecida a la vida por tanto.
Es verdad que se lo había currado, pero, ¡cuántas veces el destino te da la espalda!
Llegó a la puerta, soltó las maletas, se sentó en un banco que había junto a la puerta y miró hacia el horizonte respirando hondo.
Distintas gamas de azules, mezcladas con verdes, dibujaban el mar.
Pasados unos minutos, abrió la puerta y entró. Abrió las ventanas de toda la casa de par en par. Las ventanas de madera, en azul, tenían contraventanas por dentro, azules también. No había cortinas, ni las pondría.
Fue a la cocina, abrió uno de los muebles y vio que había café. La casa tenía reserva de algunos productos básicos, en previsión a lo que pretendían sus dueños inicialmente.
La cafetera italiana estaba sobre la cocina e hizo café.
El que sería su dormitorio tenía una terraza, donde había una mesa y dos sillas.
Con su taza de café, se sentó en la terraza y sorbo a sorbo, pensó:
”Nada puede salir mal, incluso si me muero aquí. Morir, morimos en cualquier lugar y este sería perfecto…”

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