viernes, 16 de agosto de 2024

DAIRA/Cap.1©®

 







¡Hola! Os voy a presentar a Daira.
Nació hace 64 años en Edmonton, Canadá. Ciudad, capital de Alberta, centrada en la industria petroquímica y tecnológica. También es rica en cultura y arte, disciplinas a las que se dedicaron sus padres.
La madre, Anne, fue una artista multidisciplinar. Bailarina de ballet clásico y danza contemporánea, también tocaba el piano y cantaba “blues”, aunque, como profesión, eligió el baile.
El piano y el canto, eran sus aficiones de ocio, con las que acompañaba a su marido, Walter, catedrático en Bellas Artes de profesión, también aficionado al “blues” y al “jazz”, tocaba el saxo.
En vacaciones, o fines de semana, en los que Anne no viajaba por trabajo, actuaban en locales pequeños de la ciudad, de amigos o conocidos. No pretendían más.
Daira, desde muy pequeña, se acostumbró al arte en todas sus manifestaciones. Le encantaba ir con sus padres a verlos actuar. Se sentaba en un rinconcito del escenario, desde donde los escuchaba absorta.
Movía sus pies al compás de la música y poco a poco iba aprendiendo cada una de las canciones. 
Sentada tras una cortina, la separaba ligeramente para ver como el público aplaudía a sus padres. Sonreía, orgullosa, de aquellas dos personas que tan fácil le hacían la vida y habían puesto la mejor de las bandas sonoras.
Sin embargo, todo el encanto que le producía ese mundo musical, no lo eligió para que fuese su camino.
Era muy inteligente, curiosa, y le gustaban los números, las fórmulas químicas y toda clase de experimentos científicos.
La Física y la Química fue su elección y estaba en la ciudad idónea para emprender una carrera de éxito.
Y sí, logró sobresalir y el éxito que muchos ansían. Aunque era un éxito personal, no escucharía aplausos de ningún público, pero fue excelentemente reconocida en su profesión.
A ella dedicó toda su vida. Era lo que más la había llenado y su prioridad.
Pronto compró su propia casa. Un ático estupendo, de un solo dormitorio y un amplio y diáfano espacio con salón y cocina.
Todo exterior, estaba rodeado por una terraza, desde dónde, cuando la temperatura lo permitía, se pasaba horas elucubrando como cambiar el mundo, o hacerlo más sano, a través de las muchas ideas que le brotaban en aquella mente privilegiada.
Consiguió ser su propia jefa. Con todas esas ideas, plasmadas muchas en realidades, era contratada por diferentes empresas, públicas o privadas, para trabajar por todo el mundo.
Su ático dejó de ser su casa con tanto viaje y, cuando regresaba a su ciudad, se instalaba en casa de sus padres, su cuartel general.
Quería disfrutar de ellos y con ellos el poco tiempo que sus numerosos trabajos, de largas temporadas ausente, le permitían.
Cuando sus padres se jubilaron, viajaban a donde ella estuviese, por semanas o meses. Daira, a veces, se pasaba años en algún lugar y encontraron esa manera de mantener los lazos intactos.
Anne y Walter, cuando ya no pudieron viajar, pues la edad y algún achaque, no perdonan, decidieron irse a vivir a una villa residencial para mayores. Allí tenían los servicios que necesitaban y la independencia para envejecer con calidad.
Ambos fallecieron el mismo año. Primero se fue Anne. Walter, sin perder el optimismo que siempre lo caracterizó, no hizo un drama, pero esperaba cada día el poder reunirse con Anne. Tranquilo, disfrutando de lo que le rodeaba, pero ilusionado por reencontrarse con la mujer de su vida.
Daira está convencida que el deseo de su padre venció a la vida y, dócilmente, cumplió lo que su padre le había pedido. Ponerle entre las manos un pequeño ramo de lilas, que regalaría a su Anne.
Con 60 años, sin padres con quien compartir y una carrera profesional exitosa y sin ataduras, tomó la decisión de parar.
Hacía tres años que estaba afincada en Panamá, su trabajo estaba casi terminado, su vida profesional, plena, había conocido cientos de lugares, y sintió que era el momento de llenarse de otras cosas.
La principal, empezar a convivir de manera estable consigo misma. Conocer otras facetas suyas, estabilizarse en un sitio y vivir únicamente para ella. Decidir cada día como quería vivirlo.
Se sintió un poco artista bohemia con estos pensamientos. Se vio parecida a sus padres, la científica se difuminó de repente. Quizás, era el tributo, u homenaje, a Anne y a Walter.
Ellos siempre le preguntaban si era feliz, y sí, lo era. Pero sus padres, la veían sola, aunque no lo estaba. No tenía una pareja convencional, no convivió con nadie porque no quiso. Tampoco tuvo hijos, no sintió la llamada de la maternidad. Tenía amigos por todo el mundo, aunque siempre prefirió las reuniones en casa que las fiestas fuera de casa, había socializado.
Daira es un ser peculiar, pero pudo comprender la preocupación de sus padres ante esa soledad que había elegido.
Dio carpetazo a su vida profesional y regresó a Canadá. Puso a la venta la casa de sus padres y el ático. El mismo día pensó dónde vivir para siempre.
Para siempre… ¡Qué raro le sonaba!  Sintió un escalofrío.Se tranquilizó, pensando que sería un para siempre mientras así lo quisiera.
Era libre.
Bien, ¿Qué quería? Quería luz, ansiaba el mar y caminar descalza por la arena. Quería vestirse de colores, no quería abrigos o ropa pesada. Buscaba silencio, tardes eternas con brisas suaves y ver la puesta de sol oliendo a mar.
¡Una isla! Rodeada de un mar amable y plácido.
Escribió varios nombres de islas, cada nombre en un pequeño papel. Los fue apretando uno a uno y los lanzó al aire. Uno de ellos quedó al lado de uno de sus pies... ¿Una señal? Lo cogió,  lo abrió…
Patmos fue la elegida, una  pequeña isla griega, en el mar Egeo...
Salió a la terraza, envuelta en una manta y con botas, pues el invierno canadiense llevaba semanas cubriendo la ciudad de nieve.
Allí, con la barbilla enterrada en la manta, y una capa de nieve crujiendo bajo sus pies, miró a su alrededor.
¡Era una ciudad preciosa de noche! Debía buscar información y fotos de la isla a la que se trasladaría.
De pronto se dio cuenta. En aquellos papeles que tiró al aire, había puesto unos 23 nombres de islas, descartando las que son invadidas por los turistas, prácticamente, durante todo el año.
Griega, solo había escrito la de Patmos.
Sus padres eran canadienses de origen, generación tras generación, tenían nombres propios habituales, así como toda su familia.
Sin embargo, a ella le llamaron Daira, de origen griego y que significaba "llena de sabiduría". Nunca preguntó el porqué, supo del origen y significado por una amiga de colegio, obsesionada con los nombres, los signos zodiacales y todo lo misterioso.
Sí, había sido "sabia", profesionalmente y ante la vida, y su destino al azar, pertenecía a Grecia.
Bajo la manta, que le cubría media cara, no pudo más que sonreír...


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