jueves, 1 de febrero de 2024

PAZ/Cap.2©®







Y allí estaba Paz...
Indudablemente, su hija Victoria había heredado su físico de cuello para abajo.
Muy delgada y estilizada; venía enfundada en un vaquero pitillo, una  camiseta blanca de tiras de licra y unos taconazos blancos.
Tenía el pelo corto, tenido de negro azabache; peinado "despeinado" todo de punta.
La cara, excesivamente maquillada para mi gusto; ojos con sombra, "eyeliner" y kilos de "rímel" en las pestañas.
Los labios, pintados de un rojo brillante y colorete rojizo.
Sus manos estaban cuidadas, sus dedos eran largos, como sus uñas, de un rojo eléctrico.
Usaba gafas de un aumento importante, algo que hacía destacar sus ojos, ¡se veían enormes!
Las gafas se apoyaban en una nariz aguileña descomunal; la imagen a primera vista era como esas narices con gafas que venden para carnaval.
Su otra hija, la barriobajera, había sacado la fealdad de su madre.
La primera impresión de Adela fue el pensar en cómo se arreglaría aquella mujer para ir a un evento. Venía de su casa para tomar un café a casa de una vecina y parecía que se iba de discoteca...
Resultó ser una mujer muy divertida; hablaba mucho y de manera muy expresiva.
Paz causó buena impresión en Adela; a Paula, hija de Adela, también la tenía cautivada.
Paz contó parte de su vida; había trabajado en multitud de sitios, cafeterías, roperos en discotecas, restaurantes... Y había estado muchos años en una tienda de comida preparada y embutidos. Tienda muy conocida en la ciudad y donde la madre de Adela solía comprar fiambre; de ahí que se le hiciera conocida, aquellos cristales de sus gafas, como dos lupas, la nariz y el exceso de maquillaje, hacían que te quedaras con su cara.
Pero era simpática y muy agradable, al fin y al cabo es lo que importa.
De aquel primer café vinieron muchos más; se hizo costumbre quedar de tres y media a cinco y media en casa de Adela.
Su marido no venía a comer nunca y el de Paz, tampoco, llegaba a casa a las 17:30 del restaurante y se volvía a marchar sobre las ocho hasta la madrugada.
En esos ratos, jugaban al parchís con las dos chicas o eran el público al que le hacían sus bailes. Estaban de moda las Spice Girls, su baile era fijo, junto al repertorio de Mónica Naranjo. Paula, hija de Adela, cantaba todo el día y lo hacía muy bien, Victoria, hija de Paz, tenía arte para el baile, las dos se compenetraban.
Los encuentros de Adela y Paz se limitaban a esas tardes en la casa de una; no había salidas a pasear o a ir juntas a cualquier lugar.
Adela, con quien entraba o salía, era con Nieves; también compartían sentimientos y confidencias.
Hablaban de Paz, sin criticarla; no había motivos. Les llamaba la atención su llamativa estética y sus estilismos.
Nieves sí había visto de cerca al marido de Paz, le parecía un tío muy serio y seco; parco en los saludos cuando se encontraban en el garaje del edificio.
El tipo tampoco iba a las reuniones de la comunidad; por aquellas fechas se realizaban con asiduidad. Al ser un edificio nuevo, había cosillas que no funcionaban del todo bien o se necesitaba ajustar otras.
Así iban pasando los meses y terminando el año.
En primavera, Paz invitó a Adela a su casa.
El piso estaba en otro bloque del edificio y era diferente, de hecho, Adela, antes de ver el que compró, le enseñaron uno en ese bloque y no le gustó la distribución.
Tenían una gata, ya lo sabía por las chicas; Victoria venía a casa muchas veces con arañazos en los brazos. Al preguntarle, me había dicho que se los había hecho su gata, que era un poco especial...
¡Vaya si lo era! Ni bien se abrió la puerta, allí estaba, al lado de Paz, con el lomo arqueado y los pelos erizados.
¡Le daba la bienvenida en posición de ataque! 
Era un gato callejero que habían recogido en el puerto cuando era pequeño; aquel animal se convirtió en una fiera indomable y quien mandaba en la casa.
Se sentaron en la cocina, Paz, muy dinámica, preparando todo. Adela la ponía nerviosa a veces, eran exagerados sus gestos y sus prisas.
La gata solía subirse a la mesa, pegada a Paz, pero sin dejar de mirar fijamente a Adela... Allí, quieta, a veces los gatos parecen estatuas; este te creaba desasosiego.
Adela hablaba, pero sin hacer ningún gesto con las manos, que las colocaba siempre en su regazo bajo la mesa.
Daba igual la conversación, Adela miraba a Paz, pero notaba los ojos de la gata clavados en su cara.
Definitivamente, Adela estaba más cómoda cuando se reunían en su casa...
Además, había algo que le llamaba la atención. A las cinco y cuarto, Paz empezaba a ponerse nerviosa, cambiaba sus formas y se la notaba cierto despiste, como que estaba a otra cosa...
Y de esa forma, se levantaba y ponía agua a calentar; su marido, Fer, llegaría puntual a las 17:30 y tenía por costumbre tomarse un té.
Adela siempre se iba antes de que él llegara, salvo un día, en el que Fer se adelantó y llegó diez minutos antes...

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