Tenemos a una Margarita ilusionada con el regalo de su no novio, un viaje a Túnez.
¿Qué sabía de Túnez? Sabía el día de salida, el de regreso, que haría calor y como era el hotel. ¿Para qué más?
Era la segunda vez que viajaba a África, y creo que no lo sabe. Su primer viaje había sido a Tanzania, aunque ahí tenía más conciencia de que estaba en otro continente, seguramente porque le hablaron de leones…
Esta vez, su interés, solo alcanzaba a entender que eran árabes, no era poco en su caso.
Aun así, empezó a comprar modelitos como si se fuese a Santo Domingo, y no de Silos, el del Caribe. Las advertencias de su amiga, apodada Alexa, no sirvieron de nada. Bueno, Alexa pensaba, Túnez tampoco es Irán, no son tan restrictivos. No habrá ningún conflicto internacional porque Margarita vaya enseñando "cacho". La Embajada española puede estar tranquila… O no…
A Margarita se le ocurre ponerse a punto y reservó cita en un centro de estética.
Hacía algunos años, demasiados, se había hecho un tratamiento espectacular en la cara, creía que se la iban a dejar igual que entonces. Casi habían pasado veinte años desde aquello y, la duda de que a los 60 te dejasen el cutis de 40, más que duda, era certeza, pero le hacía ilusión.
El tratamiento consistía en tres sesiones, el precio, 300 €, tirados a la basura.
La ilusión de Margarita se iba a ver afectada notablemente durante esos días. Apenas había terminado la primera sesión, tiene una fuerte discusión con su hija.
No era la primera, tampoco la segunda, ni la milésima, y no será la última.
La hija, una descerebrada, independiente, con trabajo, sueldo más que decente y piso casi gratis, recién estrenado, gracias a todos los contribuyentes del País Vasco, está sopesando la idea de irse a vivir al piso que su madre tiene alquilado por habitaciones. El ruso, Eugenio, ya no estaba, el rumano, sí, ahí seguía de alquiler.
Se ahorraría la mierda de alquiler que pagaba, que le incluye el coste de todos los suministros del hogar. Y se instalaría en un piso de los años de Carolo, sin calefacción, ni ninguna comodidad de las que ahora goza.
Margarita discute, Margarita grita.
Su hija también.
Margarita le advierte, si se muda, lo hará con la niña del exorcista, ya tiene 18 tacos de mala educación. Y el perro, un bendito “labrador” que no sabe qué hacer, porque en esa casa no hay rutinas ni normas.
La pareja de la hija, un benemérito bien pagado, con unos 6 pisos en propiedad, a los que saca beneficio económico, no entrará en esa casa.
La hija se cabrea, a pesar de que el Guardia, va y viene y en el camino se entretiene, lo defiende como animal de compañía.
Total, Margarita le da la orden de que viva su vida y no le hable nunca más. La hija, que le había hecho un pedido de ropa en Shein, le dice que va a anular el pedido y hasta ahí había llegado la relación.
Esos días, Margarita los pasa mal, pero, repite constantemente a su amiga, que no cederá, esta vez, no.
Bastó la llegada de la fiesta del barrio de la hija para cambiar de opinión. Ni el día amenazante por lluvia intensa en Vizcaya la detuvo. A la hija tampoco, que llamó a su madre por dos motivos: No ir sola, y comenzar la manipulación que ejerce siempre sobre Margarita, que no es otra, que “comprarla” con lo que le gusta.
Esa mañana, antes de recibir la “invitación” a la verbena, estuvo quejándose del dolor del pie operado y bebiendo sidra para olvidar.
A primera hora de esa misma tarde, contenta de sidra y adicta al verbeneo, estaba sentada en el bus urbano, pie incluido, dirección al prado verde donde tocaría la orquesta. Los prados verdes del País Vasco, son prados como Dios manda, húmedos de por sí, después de varios días de lluvia, son un mullido suelo bajo tus pies, con más de un "chof" que te cala hasta la pantorrilla. Y, por mucho acondicionamiento para festejo popular que se haga, sigue siendo un campo con charcos camuflados por la hierba.
La suerte la acompañó, no llovió… A mitad del baile, le entraron ganas de orinar. No había baños a la vista ni bares donde echar una cómoda meada.
Con ella y su hija, estaba una chiquita adolescente que, acostumbradas a ese tipo de romerías, donde Cristo no puso un pie, saben perfectamente donde ponerse en cuclillas y soltar el chorro aliviador.
Allá se va Margarita con la chica, campo a través, cada vez con menos luz y más hierba.
“Aquí no nos ve nadie”, dijo la chavala. Efectivamente, ni a la chavala veía de lo oscuro que estaba. Se agacha, orina y…
“¿Cómo coño me levanto?”, pensó Margarita. Margarita, no se agachó un poco, no… Se bajó rápidamente en posición sentadilla profunda. Aquel culazo, rodillas y lumbares de 60 tacos, no había Dios que respondieran para levantarse.
La chica intentó ayudarla, imposible… Era más fácil hacerla rodar, si el prado estuviese en pendiente, no era el caso.
Con las bragas todavía bajadas, la única solución fue ponerse a cuatro patas e ir subiendo de espaldas y de culo.
De vuelta a la verbena, Margarita pensó en lo útil que hubiera sido ir sin bragas, como cuando era joven y salía de casa con todo controlado…
A las 4 de la mañana se fueron de la fiesta. Durmió con la hija, algo habitual cuando el benemérito y ella discutían. Se cabreaban y se marchaba de casa, o lo echaba. Ambas dormían en la misma cama. Así acompañaban su soledad.
Su hija, como dije antes, había empezado la manipulación. Por supuesto, no había anulado el pedido del Shein, incluso, no le quiso cobrar lo que costó, ciento y pico de euros. Al día siguiente le tenía otra sorpresa a su madre, la invitaba a comer en un restaurante de moda muy chulo.
Se acostaron tarde, pero espabilan, y se levantan pronto para dirigirse al restaurante.
Margarita todavía no había procesado todo el alcohol del día anterior, pero, ¿quién dice resaca? Ni resaca, ni pie malo, ni el esfuerzo realizado en el prado para levantarse, ¡nada! Borrado de la mente. Antes muerta que sencilla, estaba lista para el siguiente evento.
Fiesta, o cualquier salida, son la medicina que Margarita necesita.
Se lleva unos malos ratos terribles, además es impulsiva y no los gestiona bien. Va de parraque en parraque y de parranda en parranda, todo mezclado y en la misma medida. Al final, prevalece el parrandeo y todo solucionado.
Es un modo de vivir caótico, pero es su rutina desorganizada o su caos organizado.
Lo comparo a la persona que es desordenada, pero sabe donde tiene cada cosa por pequeña que sea.
Margarita no sabría vivir de otra forma con lo que tiene. Una hija, a la que conoce perfectamente. Garrapata es el calificativo que usa para definirla cuando se enfadan, pero es su hija.
Margarita no tiene más familia y eso la une o la ata.
La nieta… Es una delincuente en potencia.
No estudia, no trabaja, ni ganas tiene. Se levanta a mediodía, come lo que deja la madre preparado, no baja ni al perro. Es fan de los “Doritos”, paquete que termina, paquete que tira al suelo del templo sagrado, su habitación, ahora recién estrenada, pero en camino de convertirse en vertedero.
De tarde se pira, sin dar más explicación, guarda su iPhone, último modelo, se sube al patinete eléctrico, y hasta cuando quiera regresar. Todo se lo compra su madre y le da una paga semanal para sus gastos de niñata ociosa, en compañías nada recomendables.
Margarita no puede casi ni darle los buenos días, cuando le echa alguna bronca, principalmente por el desorden, su madre le dice que no es tolerante con la “Chucky”… Es su familia, lo único que tiene, una “Chucky” y una "garrapata”.
Al no novio, lo cambiaría mañana por algo mejor sin dudarlo. Pero, reconoce que no puede estar sola, y es quien la soporta. Un buen tipo, también aficionado al alcohol, con negocio propio, muy trabajador...
La mujer caótica no deja de ser coherente. A Alexa le superan muchas de sus actitudes, pero la entiende y no la juzga. La aconseja, la escucha y la ayuda.
Margarita no la engaña, realmente, no engaña a nadie. Es tal cual la ves, incluso reconoce su adicción al alcohol. No le importa, no quiere vivir hasta una edad avanzada y disfruta sin medida y como ella elige.
Se ríe de sí misma, es buena persona y le das un abanico y se hace un “Locomía” en tanga como si tuviera 17 años.
Busca atajos para no estar sola y sin hacer daño a nadie.
Y con esa filosofía de vida, allá se van, madre e hija, a comerse un rape, dirección indeterminada y sorpresa. Conduce la hija, Margarita ve como queda atrás la ciudad y cada vez hay más prados, de los prados pasan a los montes a ambos lados de la carretera…
Ventanilla del coche abierta, nota el cutis suave como el culo de un bebé… Algo que no es cierto, ni sesión ni leches, pero es que, la autoestima de Margarita, es más grande que el Cristo Corcovado do Brazil, todo lo contrario que sus biquinis para Túnez…

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