Madre e hija continúan su trayecto hacia el restaurante “chic”, previa invitación de la chica a Margarita.
Kilómetros de montes a ambos lados de la carretera. Se desvían, cuesta arriba, por una carretera secundaria.
Aparca donde puede, como otros coches que allí estaban estacionados.
Cunetas, prados, delante de cualquier puerta...
El restaurante, situado en una zona alta, estaba rodeado de chalets. ¡Ojo con los chalets del País Vasco! Son caseríos espectaculares. Margarita encantada.
El local estaba ubicado en la planta baja de una enorme casona. Disponía de diferentes ambientes. Comedor interior con encanto, comedor exterior, terraza con mesas altas, incluso tenía una zona de juegos para niños.
En esa planta baja, lo que pudo haber sido utilizado para garaje, fue reconvertida en sala de actuaciones musicales. Pequeños grupos, solistas o dúos de la zona, amenizaban la comida, la merienda y la cena.
Música celestial para Margarita. Daba igual la actuación de aquel día, era fiesta y punto.
Comió como en un Estella Michelín, según ella. Bebió como de costumbre, la hija también se hidrató lo suyo.
Y disfrutaron de todo aquello, petado de gente diversa, de todas las edades, de niños corriendo y perros sacudiendo el rabo.
El paisaje era cojonudo, pero eso a Margarita le da igual, no echa cuentas.
Sin saber cómo, regresan a casa al anochecer sin incidencias. Nadie puede imaginar como, habiendo bebido de todo, desde el mediodía, la chica pudo salir con el coche, aparcado en una cuneta, por varios caminos y carreteras vecinales, sin ningún percance. Lo normal hubiera sido empotrar el coche contra un muro de cualquier chalet. El copiloto, Margarita, tampoco es de ayuda en estos casos, entre las sidras y que necesitaría gafas de visión nocturna, como para advertir o guiar estaba la mujer.
Durmieron como lirones esa noche, más bien como marmotas. Por la mañana, Margarita se fue para su casa, ya llevaban juntas muchas horas, todo había sido perfecto, ¿Para qué arriesgar?
Quedaban diez días para el viaje a Túnez, esa semana le darían las dos sesiones faciales que le faltaban. Todavía no había ido a depilarse y a hacerse la manicura y pedicura.
El día de la depilación, menos mal que, previamente, se había tomado unas sidras.
Es decir, fue al centro estético adormecida, como los vaqueros en “Far West”, a los que emborrachaban con whisky antes de extraerles una bala.
Axilas, bigote y piernas, tenían que ir perfectas. El “panqueque” se lo apañaba ella en casa a cuchilla. Vamos a suponer que, por costumbre, había desarrollado el arte del afeitado de ingles a ciegas. Hacía años que su barriga solo le permitía ver las uñas de los pies. Frente a un espejo también era complicado... Demasiados pliegues, y cero separación entre muslos, dificultaban un rasurado perfecto. Llamó a su amiga cabreada. Le ardían las piernas, las axilas las tenía doloridas y las ingles escocidas. Y para nada, dijo. Presentía que iba a follar poco, además de que, su no novio, no percibiría nada, ya que se quitaba las gafas para realizar el “acto”… Pero bueno, se había comprado biquinis escasos de tela y no quería ni un pelo revoltoso suelto.
Eso no fue lo peor de la semana… Solucionado, momentáneamente, el enfado con su hija, no vio venir lo siguiente.
Una tarde llamó a su no novio por teléfono.
Raimundo, que así se llamaba, también tenía la costumbre de beber más de lo recomendable, y eran las 8 de la tarde… Estaba Raimundo al punto, como el entrecot.
Coge la llamada, pero, debía de estar atendiendo a un cliente y no contestó, dejando el móvil sobre la barra y la llamada abierta.
Margarita escuchaba como hablaba con el cliente y esperó tranquila.
Su sorpresa fue cuando Raimundo continuó hablando con otro... Otra, era una mujer, con la que, supuso, estaba anteriormente charlando, olvidándose por completo de la llamada que dejó pendiente.
La mujer le estaba contando las vicisitudes que pasaba con su pareja.
Margarita, al otro lado de la línea: “¡Ra! ¡Raaa!”. Raimundo, Ra, ni la mujer, se enteraban.
En un momento dado, ante otra de las quejas que la clienta estaba contando, Raimundo le responde: “¡Pues cómo yo con Margarita, solo follamos los lunes!”
Unos segundos de silencio bastaron para que la mujer escuche, “¡Raimundooo!”, a través del teléfono que tenían al lado.
La clienta le dice a Raimundo que lo está llamando una tal”Rotenmeller”, nombre que pudo ver en la pantalla…
Presupongo a un Ra nervioso, al que Margarita no le dio tiempo ni a reaccionar.
Margarita colgó la llamada e iba cambiando el color de su cara. De colorado a rojo bermellón, y de pálido blanco a verde intenso.
Bufaba ella sola por casa. Esperó… Esperó a que él la llamara... Y llamó.
Raimundo apenas pudo pronunciar palabra.
Una ristra de insultos precedieron al “muérete” y ”¿Rotenmeller?” “¿Yo?” “¡Pues tú, pollina pequeñina a partir de hoy!”
Terminó el monólogo diciéndole que tuviese cuidado, “cojo un taxi, voy ahí, y te parto la cara”. Único motivo que la haría entrar al bar de Raimundo, montar el pollo o darle de hostias, no entra por ningún otro motivo.
Alexa, su amiga, intentó calmarla, además de decirle que se había pasado en algún insulto y expresión utilizada, y que no se le ocurriese ir al bar del novio.
Margarita le dio la razón, pero no soportaba que le contara intimidades a una clienta y lo de tenerla en la agenda como “Rotenmeller” la puso a mil.
¡Pero su Ra lo aguanta todo! Al día siguiente volvían a ser novios y tenían un romántico viaje próximamente.
Margarita terminó su tratamiento facial creyendo que había rejuvenecido 10 años.
Alexa callaba, había perdido 300 euros…
No se hizo la pedicura en el mismo centro porque le pareció caro.
Caminando, de vuelta a casa, vio un local de pedicura y manicura, entró y pidió cita.
Eran vietnamitas muy majas, le dijo a su amiga.
Allí se fue al día siguiente, a hacerse los pies, un dedo, con una uña encarnada, a un sitio del que no tenía ninguna referencia.
Ni las sidras que llevaba puestas la habían anestesiado lo suficiente. La empleada vietnamita fue agarrada fuertemente por un brazo, cuando manipulaba la uña incrustada en la carne.
Salió coja del percance que acababa de sufrir.
Dolorida, se fue al bar de su Ra. Allí terminó de bañarse en sidra, el antídoto contra el dolor que necesitaba.
No sé si fue esa noche, cuando, nadando en sidra, escuchó en la tele lo de la viruela del mono y que a Daniel Sancho lo llevaban a la cárcel de Alcatraz... Alcatraz...
Alexa le aclaró ambas cosas, sin darle el nombre concreto de la cárcel tailandesa, solo hizo mención a Tailandia. La base de datos que posee Margarita se mide por megas, sin llegar al Giga ni de coña, por falta de interés. Surat Thani (Tailandia), Alcatraz (S. Francisco EEUU) qué más da...
De la viruela no le contó nada para no preocuparla, tampoco preguntó.
Estaba lista para el viaje, preparar maletas es lo único que le faltaba...

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