Llegó el día de la salida de Vizcaya.
Atrás dejaban la ola de calor del Cantábrico, para meterse de lleno en el horno de Madrid.
Desde allí, saldrían para Túnez, en vuelo directo, al día siguiente, a las diez de la noche.
Raimundo, el no novio, era muy precavido. Margarita se hubiera largado el mismo día para Túnez, Ra, no. Ra quería ir con tiempo, y con tiempo fueron. Pretendía visitar la capital e ir a la “Warner”. Para ello, había reservado hotel en Pinto. Iban en el coche de Raimundo, también tenía reserva en el parking del aeropuerto.
Alexa, la confidente de Margarita, a media mañana, estaba preocupada. No tenía ninguna noticia, por lo que le escribió un mensaje.
Tuvo respuesta pasados unos minutos. Margarita estaba nerviosa. Les quedaban 100 km para llegar a Pinto, pero no iban en su coche… ¡Viajaban en una grúa!
Les había reventado una rueda del coche, en mitad de la autovía y con tráfico intenso.
No se habían matado de milagro, según le relató.
Se quedan en el hotel, el coche se lo llevó la grúa para un taller, los llamarían cuando estuviese listo.
Dejaron las maletas y se fueron a recorrer Pinto. No tardó Margarita en encontrar una típica sidrería. No sabe usar internet para encontrar un traductor de árabe, pero las sidrerías las huele a distancia.
Allí comieron y bebieron hasta la extenuación, tenían que aliviar el susto. Si no fuera porque el coche estaba en el taller, de tanto que bebieron, se les habría olvidado el incidente.
Iba a ser toda una experiencia religiosa aquel viaje, pensaba Alexa.
Hacía 10 años que estaban ennoviados, pero no vivían juntos. Salvo un viaje a Tanzania, años antes, se veían los lunes a jornada completa, día que Raimundo se cogía libre en el bar.
El resto de los días, podían salir a cenar, pero nada más. LLamadas de teléfono, generalmente, para discutir. No tenían costumbre de soportarse, paciencia para entenderse y, dudaba, en si había algún interés por practicar el arte del entendimiento.
Raimundo era inquieto, a ella le gustaba salir, pero la siesta era el undécimo mandamiento. Ra era más bien callado, Margarita era como un disco que nunca terminaba. El sexo, para ella, era importante, Raimundo era una ameba con pocas necesidades. Agua y aceite, día y noche. Ra era martes, Margarita fines de semana y festivos.
Dos seres destinados a no encontrarse, y se encontraron. Lo lógico hubiera sido, hola y adiós, sin embargo, se aguantan con cierta toxicidad. Ra lo hará hasta que se muera.
Margarita lo cambiaría mañana si tuviese oportunidad, pero, huía de la soledad, Ra, la hacía sentir que no estaba sola, aunque no era el acompañante deseado.
La explosión de la rueda los había retrasado, por lo que no fueron a la “Warner”, pero sí a pasear por los madriles, con un calor que caían los pájaros de los árboles. Entre el calor de las sidras y el ambiental, casi que Margarita es inmortal y no lo sabemos, pero vamos teniendo indicios…
Duermen a pierna suelta, desayunan sin conocimiento y vuelven a darse paseos por Pinto. Recogen el coche y sidra va, sidra viene, llega la hora de irse hacia el aeropuerto.
A las 5 de la tarde llegan a la terminal, con el coche ya en el parking, sólo quedaba facturar.
Una cola inmensa, donde Margarita deja a su Ra.
Ella se va a recorrer el “duty free” del aeropuerto. Allí prueba 18 perfumes. Cansada de dar vueltas, compra un “gin tonic”, no se sabe si de bote, y se va fuera, a un espacio donde se puede fumar.
Desde allí llama a su amiga. Está eufórica.
No le gusta llamarla delante de su no novio, y que él pueda ver el nombre que le tiene en la agenda de contactos: “Susi poligoner”.
Alexa ya le nota que le patina la lengua. El cubata había hecho mezcla con los litros de sidra que bebió durante todo el día.
Definitivamente, Margarita, es inmortal, o no le importaría morirse en cualquier momento.
El vuelo salía a las 8 y media de la tarde, llegaba a las 21:35, hora de Túnez. Sí, Margarita desconocía la diferencia horaria.
Tampoco sabía que, a las 18:20, era noche cerrada en el país de vacaciones.
Entre el cambio de hora, el desembarque, la espera del autobús que los llevaría a Monastir, llegaron bastante tarde al hotel.
No pudo ver el mar, que casi entraba en el hall del hotel, ni las palmeras.
Exhaustos entran en la habitación. Margarita, allí me colé y en la cama me tiré, además de que litros de alcohol corren por mis venas y Ra, no me des tormento… Poco más que la cama pudo ver, sin ducharse, no tenía fuerzas para nada, oliendo a toda la mezcla de perfumes que se había echado, se quitó la ropa y se tiró sobre la cama.
A un lado, Ra, sin acomodarse, ya estaba dormido ni bien cayó en posición horizontal...

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