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Mucho terminó y cuánto comenzaba aquel diciembre.
Carmen había tomado una de las decisiones más importantes de su vida.
Casada desde hacía muchos años, con dos hijos ya independientes, meses atrás, había decidido mirarse al espejo y reconocerse.
Se divorcia y se compra una casa en un pueblo que le encantaba; alejado de la ciudad donde había residido y a años luz de todos los convencionalismos sociales que acaban atrapando a todos, iba a comenzar su nueva vida.
Tomaría como referencia sus 19 años, todo lo que sentía en aquel entonces, una etapa donde se te eriza la piel por cualquier cosa; te comías unas cerezas, ¡eras feliz!, escuchabas a tu grupo favorito, ¡era la hostia...!
Carmen iba a comerse el mundo como siempre quiso, con la experiencia de cómo el mundo se había comido parte de su vida, le daban pellizcos de emoción sólo al pensarlo, se le iluminaron los ojos cuando vio la casa que se compró y lloró de placer el día que entró a vivir, cerró la puerta, se sentó en la única maleta que se llevó y dejó fluir cada lágrima de satisfacción.
Era diciembre, estaba sola y sus planes era continuar estando sola...

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