-"Desmayá" de amor-
Llegó noviembre y mi cita...
La casa estaba en la parte alta del pueblo, rodeada de lo que era realmente el centro de aquel enclave fantástico.
Despacio fui conduciendo por una carretera secundaria; muchas curvas y un poblado bosque a cada lado, parecía el bosque encantado. Lloviznaba y con el viento en calma, daba la sensación que se hubía parado el tiempo.
Un pequeño giro a la izquierda y...
¡Fue amor a primera vista! Si las fotos invitaban a quedarse, la realidad exterior lo superaba.
Una casa de piedra con ventanas y puerta de entrada azules como el mar.
Sentado a la puerta, en un rústico banco también azul, el propietario de aquella joya. Un pintoresco paisano, entendí perfectamente al verlo, el gusto especial que había tenido en su obra. También vivía en el pueblo, jubilado, se dedicaba a pintar con acuarelas todo lo que veía, fue la pequeña y curiosa conversación al presentarse.
Intuí que pretendía vender la casa para conservarla y también fue mi impresión que quería a un comprador especial.
A finales de noviembre la compra se hizo efectiva y comencé a comprar lo necesario, aunque la casa estaba equipada con más de lo imprescindible, el paisano, Jacobo, era meticuloso y no ahorró en detalles.
Compré todo en unos grandes almacenes muy conocidos, el primero, mi super sofá color frambuesa con sus cojines en diferentes tonos de la misma gama del color del sofá, alguno con estampado a rayas en color azul cobalto.
Quería color en mi vida, la casa en sí misma ya lo tenía. Estaba totalmente reformada, las ventanas tenían contraventanas interiores de madera pintadas en azul.
Los suelos, puertas , escalera interior y marcos eran de madera en tono claro, lo que hacía el ambiente cálido y nada recargado.
El piso de arriba, con dos habitaciones y otro baño completo estaba abuhardillado, aunque con altura de sobra.
El que elegí como mi dormitorio tenía un ventanal de techo a suelo que daba acceso a una terraza; enfrente pondría mi cama, sobre una tarima alta hecha de obra, desde allí podía verse el mar y mucho verde, lo que se denomina un buen despertar.
El 13 de diciembre fue el día que elegí para entrar a vivir. Había decidido pasar las fiestas navideñas sola, estaba harta de reuniones por compromiso, quería disfrutar de mi comienzo.
Con dos maletas crucé la puerta, cerré y me senté sobre una de las maletas. Miré a mí alrededor y se me nubló la visión en segundos. A mares, así lloré de emoción.
La sensación la comparo a cómo si hubiera estado años sin respirar y de repente te dicen, ¡"respira"!
Y empiezas a inhalar aire de manera ansiosa, cómo si se fuese a consumir y quieres llenarte los pulmones de golpe.
Mi entorno no me llamó en todo el mes, les había dejado claro que no iba a coger ninguna de sus llamadas, salvo emergencias y si las hubiese habido, llamarían sin parar.
Mis hijos protestaron un poco, realmente siempre protestaban por algo, en este caso, creo que era la primera vez que tenían lógica sus protestas, pero no me dió la gana de empatizar.
Mi amiga Marta me entendió perfectamente, era la única a quien le había dado mi dirección exacta, un día entre semana me llegó un ramo de peonías blancas, mis preferidas, con una tarjeta y un mensaje escrito conciso, "Te quiero".
Mi otra amiga Viri se quedó molesta, tampoco la culpo, pero me importa una mierda.
Cuando le dije que había comprado la casa, como era y su entorno, me espetó que era estupenda para reuniones de verano y en invierno al lado de la chimenea; sí, tiene chimenea la casa...
–No voy a hacer reuniones en mucho tiempo, nena–
–¡Pues deberías hacer la de presentación!– dijo.
¡Viri no había entendido nada! Y lo que es peor, no iba a hacer ni un mínimo esfuerzo...
Lo que no dependa de ti, no le des ni un segundo de pensamiento, ¡uno de mis lemas que pensaba tatuarme en el culo!
La gente del pueblo era estupenda en primera impresión; en segunda, me llenaron la casa de patatas, huevos y toda clase de verduras. Por supuesto que me invitaron a pasar la Navidad, Nochebuena, Nochevieja, Año Nuevo, Reyes... ¡No llegaron al carnaval y Semana Santa porque los corté antes! Eso sí, lo hice de manera educada y cordial.
En Año Nuevo lucía el sol y me bajé a pasear por la playa, olía y sabía a libertad y serenidad.
Es un pensamiento curioso...
Realmente siempre hice lo que quise hacer, pero...¿Decidimos hacer lo que hacemos? O ¿hacemos lo que se espera que hagamos socialmente? Evidentemente, no lo hacemos "obligados" .¿Son "imposiciones" que adquirimos con normalidad?, ¿por eso sentimos que lo hacemos libremente...?
Bueno, tengo dudas, y sí, soy psicóloga, pero de la misma manera que te haces cosquillas a ti mismo y no las notas, no somos coaches de nosotros mismos.
Mañana me iré de finde a un pueblo cercano; hay un hostal apetecible y unos paseos increíbles...

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