sábado, 6 de enero de 2024

"DICIEMBRE" Cap. 3©®

 



-El eslabón perdido-

Era 5 de enero, mi particular Odisea había empezado.
Una mochila con dos camisetas, un pantalón, unas bragas y un neceser con productos de aseo y mi crema hidratante, era mi equipaje para el primer finde hacia donde fuese.
El día estaba radiante, hacía frío, pero iba perfectamente equipada.
¡Dios! ¡Había hecho lo que todo lo que se espera de un urbanita...! ir al Decathlon y proveerme de todo lo que exige una escapada rural...
—Ja, ja, ja—.
En mi caso será de gran aprovechamiento, ¡vivo en un pueblo!
Elegí una aldea de esas con encanto; puerto pesquero, playa, monte y acantilados salvajes, típico de la zona.
¡Tenía ganas de mar!
Fui directamente a la hospedería donde había reservado habitación. Era una casona de piedra con balcones y una gran terraza, a modo de porche, a la entrada.
Como yo, habían optado por una decoración navideña sutil; unas cuantas macetas con flores de Pascua rojas y blancas, agrupadas en una especie de mesa rústica y un cartel de madera donde habían grabado un "Felices Fiestas" generalizado, un bucólico guiño a la Navidad.
Muy cerca del mar, por supuesto que, la elección de mi habitación, era con vistas al Atlántico.
Dejé mis cosas en aquella fantástica estancia y me fui a inspeccionar la aldea.
Regresé para comer en la hospedería; el comedor podría ser similar al de la abuela de Caperucita, cálido, acogedor... De cuento; una gran chimenea era la prota indiscutible.
La carta y el menú era variado; me pierde un arroz con bogavante, pero era demasiado para mí sola, son cazuelas para dos o más comensales. La sugerencia de Juana, la dueña y gerente de la pensión, era muy práctica, –Te lo pides mañana y lo que no comas, te meto en un tupper...–.
Es escuchar la palabra tupper ¡y me entra urticaria!
Me invade la familia entera con hijos incluidos... ¡No! ¡Nunca máis!
Me pedí una ración de empanada de zamburiñas y de segundo, un lenguado a la plancha con patatas panadera.
¡Todavía me estoy relamiendo...! ¡De la tarta de queso, no digo na y te lo digo to!
Pedí un café cortado y me fui a la terraza; el día estaba soleado y allí se estaba bien, saboreando el café sin dejar de mirar el mar.
De repente escucho un —¡hola!—.
La verdad, no me había parado en las personas que había en el comedor, si eran tres o siete, no era grande.
Giro la cabeza y veo a un tipo sonriente; de unos 45-50 años, alto y con la gorra típica de senderista que está "domingueando".
Estábamos solos en la terraza y se sentó en la mesa de al lado.
—Un día estupendo, me llamo Juan, dice—.
—Sí, fabuloso, respondí—.
–¿Estás sola?
¡Uhm...! Me puse las gafas de sol en la cabeza y le digo,
—¿Por?—
—je, je, ¡pareces gallega!, dice el tío—.
—Estamos en Galicia, sería raro encontrar a una sueca... Dije—.
Me dice que él no es gallego, es de Guadalajara, que había hecho el Camino de Santiago y venía de Finisterre, donde está el  Mojón kilómetro cero del Camino.
Si yo había hecho el Camino alguna vez y qué hacía tan sola...
Definitivamente, la última pregunta hizo que me volviese a poner las gafas y activase mi pistola de rayos láser...
¡Qué empiece la fiesta!
¿Nunca has visto a una mujer sola en Guadalajara?—
—Ja, ja, ja, ja, ja eres muy simpática!—
¡Hostia puta! Una aldea perdida, donde vivirían dos gilipollas, por cantidad y proporción, ¡y me encuentro uno de Guadalajara!
Seguidamente y de manera libre, me suelta su chapa filosófica...
Para este individuo, las mujeres que ve solas, así sueltas por el mundo, significa que acaban de ser dejadas por un macho Alfa y, desoladas, se tiran a la calle como pollos sin cabeza.
El tipo tenía una señal luminosa que marcaba imbécil a la vista y no lo sabía.
Parece ser que su esposa, sin saber lo que quería, sin previo aviso, lo dejó y, en esa lucha interior de la mujer, buscando no sabía qué, se fue a un crucero por el Mediterráneo, de donde estaría deseando regresar, pues no sabía caminar sola por la vida después de 20 años compartiendo vida con este sujeto...
¡Vamos! ¡Qué  la señora lo mandó al  supermercado de abajo por la mahonesa que se había olvidado y cuando regresó encontró el nido vacío! Se piró lejos, en viaje reparador, donde posiblemente estará dando todo lo que no dio en años.
—¿Y tú qué haces solo?, pregunté—.
—Conociendo gente interesante, tú me lo pareces—.
—¿Para qué te parezco interesante? No estamos para perder el tiempo, dije—.
—¡Eso me gusta! ¡Pienso lo mismo!—.
Salido a la vista, señores, previsible y burdo.
—Puedo quedarme hasta mañana, dice—.
¡Holaaaaaa! Un leve gesto mío que sea malinterpretado y lo tengo pegado al cogote...
—Podemos pasarlo bien, ya somos mayorcitos para andarse con rodeos y está claro que tenemos química, sólo tenemos que aplicar la física, ¡dice el tío con sus dos cojones!—.
Química... dice...
—Soy de Letras y no me gustas en absoluto, le contesté—.
—Ja, ja, ja ¡Cómo os gusta haceros de rogar!—.
¡Estaba flipando! Cierto que acababa de salir de una relación de años y si me hubiera propuesto ligar, quizá esté fuera de onda, no lo sé, pero, este pelotudo, ¿de dónde se había escapado?
Mis palabras, mis gestos, toda mi comunicación, verbal y no verbal, le estaban dando de hostias hacía rato y se ponía cachondo...
El destino intentaba ponerme un diamante en bruto en el camino, ¡se despistó y me dejó al bruto!
Un repugnante ser rancio, con estereotipos cavernarios, a la caza, literal, de una vagina donde meter su tronco de troglodita...
Me levanté, cogí la taza de la mesa, despacio y tranquila, resuelta a decirle adiós, pues no entiende el lenguaje normal.
Me coge de la cintura, me acerca su jeta y me dice que uno antes de la siesta le mola...
Vuelvo a dejar la taza en la mesa, me separo... y muy suave y bajito...
—¡Cómo te vuelvas a acercar o a decirme algo, te pateo los huevos con ansia viva!—.
Ese lenguaje lo entendió a la primera... 
Cogió su mochila, su bastón de peregrino, se metió en un coche y se fue, supongo que a la galaxia a la que pertenece.
Desde luego no tuve una entrada gloriosa en el mundo de los "single"; no tenía predisposición alguna, también es cierto, dije que no me cerraba a nada, pero no abriría mis piernas a cualquiera y este espécimen no tenía ni categoría de "cualquiera".
Era un ente, un perfil que no había conocido nunca, ni en mis tiempos de hormonas traviesas; me quedaba en shock ante él por segundos, porque alucinaba, no podría describir lo que sentí, asco pudiera ser algo bastante descriptivo; un asco generalizado; no era la forma de relacionarse conmigo, sino la percepción que tenía de todas nosotras.
Un lobo estepario sin estepa, caminando por un desierto helado a la búsqueda de una Frozen...
A pesar de ese momento, la tarde fue estupenda.
Subí al faro, desde allí ves la intensidad e inmensidad del océano.
Cené pronto en un restaurante del puerto; unos mejillones al vapor, navajas a la plancha y salpicón de rape.
Dos copas de Albariño y tarta de Santiago de postre.
El café, ya de noche, con las luces reflejadas en el agua y la amena charla de la dueña del local, fueron vida.
Ya en la cama, con las cortinas corridas, pensaba en la cantidad de mujeres que regentan negocios en estos pueblos.
Mujeres que despiden a sus parejas y/o hijos cada madrugada o por meses, dependiendo el tipo de pesca a la que se dedican y temprano, se van a sus negocios.
Son mujeres curtidas por la vida y sus circunstancias; recias, aunque sensibles, resilientes...
No puedo dormirme sin salir al balcón y escuchar el mar que intuyo tras la oscuridad de la noche...






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