-Calor con color-
Después de desayunar y ducharme, subo y salgo a la terraza de mi habitación; el mar empezaba a sacudir con fuerza y las nubes amenazaban lluvia.
A la hora prevista, apareció la camioneta que me traía lo último que había comprado, un sofá cama de tamaño medio, sí, no quería habitación de invitados, pero tampoco me quería llevar sorpresas futuras, me decidí por lo práctico, algo que yo utilizaría con asiduidad y que, al mismo tiempo, me sacase de un apuro sin incomodidades.
Esta vez, mi elección fue en azul claro, los cojines en color amarillo pálido y verde. Una mesa amplia, tipo caballete, con tapa de cristal opaco y estructura de acero, una silla cómoda, pues sería mi lugar de trabajo y una estantería pequeña de metal y madera.
El cuarto tenía armario empotrado, había sido diseñado para dormitorio, lo cual me facilitaba tener lugar para guardar cosas sin acumulación de polvo, práctico.
Tampoco pondría alfombras, "visten" una habitación, pero da trabajo mantenerlas perfectas, además, la casa tenía la calefacción por suelo radiante, únicamente sería por cuestión de estética y no lo necesitaba.
Ya eran las once de la mañana y llamé a Jacobo, me había dicho que me pasase por su casa cuando pudiese y así lo hice, estaba disponible.
Jacobo tenía una casa indescriptible, parecía un museo multicultural; había sido viajero el hombre y de cada lugar se había traído lo que quiso, incluso en algún contenedor se vinieron cosas.
Me lleva a un anexo que tenía en la parte de atrás de la casa.
Era su taller de pintura; tenía montones de cuadros colgados, varios caballetes con láminas, otras encima de una mesa enorme.
Jacobo era una caja de sorpresas, realmente era muy bueno en el arte de pintar.
Pintaba naturaleza, flores y plantas, el mar en sus distintas versiones y bocetos de personas.
—Tengo algo para ti, me dice—.
Resoplando, empieza a buscar entre tanta lámina; cuidadosamente envueltas, me enseña mi regalo...
¡No podía creerlo! Cuatro acuarelas de flores en color azul y amarillo... Inmediatamente pensé en la habitación que acababa de decorar hacía escasos minutos, aunque las hubiera puesto en cualquier lugar de mi casa, ¡eran preciosas!
—No les puse ningún marco, lo dejé a tu gusto y elección, me dijo orgulloso por mí reacción—.
Sin decirle nada, le pedí que me acompañara y viese por sí mismo la intuición que había tenido.
Se quedó perplejo y me suelta, —será siempre primavera en esta habitación—.
Realmente, tenía sensibilidad aquel hombre...
Todavía en mi casa, recibe la llamada de su mujer, Teresa, me invitaban a comer, no podía negarme y, la verdad, no me disgustó la idea.
—Así conocerás a uno de mis hijos, llegó el sábado, dijo—.
Y allá que nos fuimos.
Me puso un vino tinto muy rico con unas aceitunas, pepinillos y jamón, allí mismo en la cocina, mientras Teresa, también con su vinito, preparaba un estofado.
Oímos abrir y cerrar la puerta.
—Ya llegó el vikingo, dijo Teresa—.
El vikingo, llamado irónicamente así porque residía en Noruega, era el tío más guapo que había visto en vivo y en directo.
Su padre hizo las presentaciones, —Samuel, aquí nuestra nueva vecina, Carmen—.
Un "hola" profundo, pero suave, acompañado de dos besos.
¡Qué bien olía!
Salió de la cocina para quitarse el abrigo que traía puesto; regresa con una bolsa, un mollete de pan enorme; Teresa, al ver mi cara, se rió y dijo que lo utilizaban para hacer tostadas y sopas de ajo.
—¡Mi soltero favorito!, dice sonriendo Teresa—
—Será porque quiere...dije yo—
No me lo podía creer... ¡Qué comentario absurdo acaba de hacer! Me tomé un trago de vino como si fuese agua y llevase tres días en el desierto sin beber....
¿Porqué me había salido semejante gilipollez? Yo, tan guapa y tan lista, convertida por un segundo en una mema 2.0.
La comida se centró en Samuel; se había ido a trabajar de ingeniero a Noruega, trabajo que compatibiliza con una de sus pasiones, el judo.
Además de practicarlo, dos tardes a la semana daba clases a niños de infantil en un centro deportivo.
Tenía 48 años, estatura media, delgado, pelo lacio, ni corto ni largo, con alguna cana, su padre tampoco tenía el pelo canoso, se ve que heredó la genética capilar de Jacobo.
Los ojos eran de su madre, Teresa tiene los ojos color miel, este chico también, así como unas pestañas que parecían postizas.
Vestía un pantalón vaquero Levi's y un jersey fino de cuello alto en color negro, ceñido al cuerpo.
Sus manos estaban cuidadas, así como su cara, con un afeitado perfecto.
Su tono de voz suave y la sonrisa era de las de que te embobas y dejas de respirar... y estaba soltero... Quizá, pensé, no es hetero.
Es un pensamiento obvio por lo topicazo que resulta, pero todos tenemos tips de muchas cosas que no debiéramos.
Pronto supe que esta percepción mía era equivocada, hablaron sin tapujos de alguna relación sentimental de Samuel, a no ser que se lo ocultase a sus padres, o era hetero o bisexual en su defecto, pero no me daba la impresión de ser un tío con tabús encerrados en ningún armario.
Me notaba nerviosa y esa sensación me ponía más nerviosa todavía, el círculo vicioso circunstancial.
No había nada negativo en que aquel hombre me gustase, independientemente de la etapa en la que yo me encontraba; estaba viva y es imposible aislarse del mundo en todo, sobre todo en las cosas que sientes; los sentimientos son así de cabrones, no piden permiso.
Y no estoy hablando de ningún tipo de enamoramiento, hablo de señales positivas, de imágenes, sabores o tactos que gustan, ¿no estaba bueno el estofado de ternera que nos estábamos comiendo? ¡Pues el vikingo estaba mejor que el estofado!
Fue una comida agradable, aunque yo estaba deseando irme a la soledad de mi casa... Todavía rebotaba en mi cabeza el comentario que había hecho, estúpido por todos los lados, y el nerviosismo que sentí me desconcertaba, acompañada sólo por mi vergüenza me sentía más cómoda.
Me tumbé en el sofá del salón para echar una pequeña siesta y sentí algo que hacía mucho tiempo que no sentía ni tampoco había echado de menos, no me hubiese importado tener a mi lado a Samuel y no precisamente para dormir la siesta.... Al segundo me vino a la cabeza lo que me había dicho el troglodita de Guadalajara, algo así como que "los mejores son a la siesta"... ¡Pues tenía razón! Sólo que lo son, con la persona que uno decide.
La tarde la pasé preparando las citas que tenía al día siguiente en mi consulta; dos de ellas eran primeras consultas, la otra era de seguimiento; una madre joven que había perdido a su hijo pequeño, hecho que produjo una dolorosa ruptura de pareja y que la hacía permanecer aislada de todos, era duro, pero lo lograríamos revertir entre las dos.
Me dormí cansada, todavía sorprendida conmigo misma por lo de Samuel y con el gusanillo de la vuelta al trabajo.
Me desperté temprano, arreglé la casa y me preparé para ir a la ciudad.
Estaba cerrando la puerta y escucho un "buenos días, Carmen". Allí estaba Samuel, dentro del todoterreno de su padre. Bajó del coche y vino a darme otros dos besos; se iba a hacer unos recados, yo le dije que iba a trabajar y me sugirió comer o tomar un café en la ciudad.
En segundos pensé que porqué no, y quedamos en una plaza céntrica donde había varios restaurantes, después me tenía que volver a la consulta.
Menos mal que cuando cruzo la puerta de mi lugar de trabajo me evado de todo lo que llevo de fuera...
Sí, me seguía poniendo nerviosa, me seguía gustando aquel tipo y, aunque desconocía sus intenciones, me dejaría llevar, era un hombre inteligente, con lo cual, si simplemente, yo le parecía agradable y quería ser cordial con la vecina de sus padres, no saldría perdiendo, tendríamos montones de temas de los que hablar, sociabilizar es sano.
A la una y media llegué a la plaza, lo vi a lo lejos mirando un escaparate.
A pocos metros de él, se giró y me vio, ¡la puta sonrisa de nuevo!
En fin, entramos en un local que nos convenció por su menú variado. Pedimos lo mismo, mejor dicho, pidió lo mismo que yo; sopa de pescado, rodaballo a la plancha y tarta de queso, para beber, un Albariño espectacular, con el que brindamos no sé por qué, por la vida.
Durante la comida me habló de su vida en Noruega, de sus padres, dos seres especiales de los que yo daba fe de ello y de sus proyectos.
Yo le expliqué lo mío, sin ahondar en sensaciones, separada, quería vivir mi momento sin ataduras, así de conciso. También le hablé de sus padres, principalmente de su padre y le conté mi última anécdota con él, lo de las acuarelas que me había regalado en los mismos colores que la habitación que yo estaba decorando.
—Ja, ja, ja, ja, así es mi padre de intuitivo, dijo—.
La sonrisa otra vez... su risa... su voz... su... todo...
—Me gustaría verlas, siguió diciendo —Tengo varias en mi casa, casi todas del mar y gaviotas—.
—Cuando quieras, le dije—
—¿Hoy?— sonríe y me mira fijamente.
Y ahí estaba yo, respondiendo rápidamente que encantada y lo avisaría al llegar a casa.
Me noté colorada como un tomate, nos quedamos en silencio tomando el postre, noté que de vez en cuando me miraba y cada vez me costaba más trabajo tragar la tarta de queso.
Nos despedimos, yo tengo que reconocer que muy contenta, me dijo un "hasta luego", sonreí, me agarró levemente por la cintura y me dio dos besos... ¿Diferentes? Si yo no estaba alucinando pepinillos, diría que sí.
Caminando hacia mi consulta sentía el calor de su mano en la cintura... ¡Qué cosas!
Y a la sensación de calor se unió el fantasma de ciertos miedos y que todos llevamos en nuestra conciencia...
Yo tenía 50 años y estaba bien, ni delgada ni gorda, era mona, no era presumida, pero nunca tuve problemas con mi físico. De repente, aparece un hombre guapo, un pelín más joven, interesante en todos los sentidos, fibroso, no tipo croissant de gimnasio, pero el tío hacía deporte, yo sólo caminaba rápido... ¡Y aparecen los fantasmas! Como si te acabaran de caer diez años encima, junto con toda la celulitis y algún "rollito" localizado, y te duele una rodilla...
¡Somos nuestras propias enemigas! Nosotras, a nosotras mismas, nos podemos hacer trajes para toda la temporada en medio segundo.
¡Seremos bobas! Ese señor no me conoció en la gala de los Óscar, enfajada en un traje de noche estupendo y tacones de cuarenta centímetros. Tampoco me vio maquillada como una puerta ni recién peinada con ondas surferas.
Es decir, salvo cosas ocultas, que yo tampoco le vi a él, me vio al natural, con mis patas de gallo, por cierto, parecidas a las suyas y el pelo recogido en una simple coleta.
Me iba a reconocer en cualquier momento del día, no se iba a sorprender.
¿Dónde coño estaba el problema?
En ningún lado, la cita en mi casa no era un casting.
Terminado mi trabajo, salí y me tomé un café, lo mejor para mis nervios... ni me percaté en aquel momento; hice algunas compras y me fui a casa.
Tenía unas preciosas acuarelas que enseñar... y lo que surja...

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