- Señales -
Me despierto, miro el reloj de la mesita y son las nueve menos diez de la mañana.
Decido levantarme sin saber muy bien para qué; nada tenía programado, era como si el tiempo se hubiese detenido ayer.
Me dolía todo el cuerpo, secuelas de horas de caminatas y de otras cosas.
Abro las ventanas, el frío repentino hizo que me protegiese el pecho con los brazos y cogiera el batín que estaba en la silla.
Fui al baño, al regresar al cuarto, cerré la ventana, estaba destemplada.
Me apetecía un café, cogí el móvil antes de bajar a la cocina.
Se encendió al cogerlo y pude ver el emoticono de notificación de Whatsapp.
Preparé la cafetera y me fijé en quién era el emisor del mensaje.
Samuel… a las 8:45.
En medio segundo, recordé el desasosiego que, por momentos, sentí ayer; tirité levemente, aunque en casa hacía buena temperatura.
Me serví el café y me fui al salón.
Allí sentada, en mi cálido sofá, me bastó leer las cinco primeras palabras del mensaje, para sentir un frío que heló mi cuerpo.
Las siguientes letras, unidas para tener sentido, me hicieron entender porqué ayer no invité a Samuel a entrar en casa cuando llegamos de Portugal… entender o más bien asumir la realidad que me negaba a ver.
Se había ido…
Lo había intuido ayer y no quería despedirme, no quería escuchar ni tener que decir adiós.
Me dolía todo el cuerpo, secuelas de horas de caminatas y de otras cosas.
Abro las ventanas, el frío repentino hizo que me protegiese el pecho con los brazos y cogiera el batín que estaba en la silla.
Fui al baño, al regresar al cuarto, cerré la ventana, estaba destemplada.
Me apetecía un café, cogí el móvil antes de bajar a la cocina.
Se encendió al cogerlo y pude ver el emoticono de notificación de Whatsapp.
Preparé la cafetera y me fijé en quién era el emisor del mensaje.
Samuel… a las 8:45.
En medio segundo, recordé el desasosiego que, por momentos, sentí ayer; tirité levemente, aunque en casa hacía buena temperatura.
Me serví el café y me fui al salón.
Allí sentada, en mi cálido sofá, me bastó leer las cinco primeras palabras del mensaje, para sentir un frío que heló mi cuerpo.
Las siguientes letras, unidas para tener sentido, me hicieron entender porqué ayer no invité a Samuel a entrar en casa cuando llegamos de Portugal… entender o más bien asumir la realidad que me negaba a ver.
Se había ido…
Lo había intuido ayer y no quería despedirme, no quería escuchar ni tener que decir adiós.
¡Cómo si no escuchar, o decir adiós, pudiera haber parado algo lo que sabía de antemano que sucedería!
Por primera vez me sentí sola… Perdida y triste, me cabreaba sentir todas esas sensaciones.
Tomé dos sorbos de café, me cubrí con una manta, tomé aliento y desde el principio, empecé a leer.
“Hola, Carmen, estoy en Madrid, en dos horas embarco para Oslo…
Soy un puto cobarde y quizá lo siga siendo con este mensaje.
No fui capaz de despedirme, de frente, mirándote a los ojos. Y tampoco soy capaz de llamarte y escuchar tu voz…
Me voy a Oslo, mi casa durante muchos años, y hoy, por primera vez en todos estos años, siento que mi casa está en otro lado… en cualquier lugar donde tú estés, tras una puerta azul…
Hace días que yo mismo dejé de ser mi prioridad, que mi trabajo importa, pero menos. Hace días que no quería marcharme; hace días que te conocí y parece que te quise desde siempre.
Acabo de irme y te echo de menos porque hace rato que no estás, ahora no estás, después no estarás y mañana tampoco... Aunque... estás... Te siento y no te veo y duele de cojones.
Aquí, en este jodido aeropuerto, mi único deseo es verte aparecer corriendo, por eso, no puedo dejar un círculo sin cerrar, y preguntándome qué responderías si te pregunto, ¿quieres que te bese a diario?”
Dejé el móvil en la mesa…
Me senté, respiré hondo… subí a ducharme.
Me vestí, me recogí el pelo y entré en la habitación “primavera”.
Vi las acuarelas y los marcos que habíamos comprado… habíamos…
Samuel iba a colgarlas… Samuel...
Apreté muy fuerte el colgante que me había regalado y escucho un coche y su claxon, me acerco a la ventana y era el padre de Samuel; me ve en la ventana a través del parabrisas, y se apea.
Llevaba un pantalón de peto vaquero y una camisa de cuadros naranja y morado, me hizo reír aquella imagen. ¡Nadie era usual en esa familia!
Abrí la ventana y me preguntó si necesitaba algo, ni mención a su hijo, tampoco venía a cuento, ¡qué sabía aquél hombre!
Le sonreí y le dije que no, gracias; me lanzó un beso y me dijo:
—Recuerda, ser feliz depende únicamente de ti.
Con Jacobo había hablado un poco de mi decisión tras el divorcio, sin ahondar demasiado, sabía que había roto un ayer para vivir el hoy sin cortapisas de ningún tipo.
¿Qué me quiso decir con esa frase?
Porque me hizo sentir bien, curiosamente, de puta madre de bien. Quizá era yo la que deseaba encontrar mensajes subliminales...
Bajé a buscar el móvil y subí apresurada de nuevo; volví a leer el mensaje de Samuel una, dos, cinco veces. Realmente no sé por qué subí... quizá leer el mensaje en esa habitación especial... ¡A saber!
Bajé corriendo las escaleras, tenía que ir a la playa; el día era frío, pero se presumía radiante y el mar estaba en calma.
Cogí sin mirar un abrigo en la entrada y salí apurada.
Estaba la marea muy baja y anduve de arriba abajo por la arena mojada.
Busco en mi móvil la canción que Samuel había cantado en aquella playa... Paradise...
Por primera vez me sentí sola… Perdida y triste, me cabreaba sentir todas esas sensaciones.
Tomé dos sorbos de café, me cubrí con una manta, tomé aliento y desde el principio, empecé a leer.
“Hola, Carmen, estoy en Madrid, en dos horas embarco para Oslo…
Soy un puto cobarde y quizá lo siga siendo con este mensaje.
No fui capaz de despedirme, de frente, mirándote a los ojos. Y tampoco soy capaz de llamarte y escuchar tu voz…
Me voy a Oslo, mi casa durante muchos años, y hoy, por primera vez en todos estos años, siento que mi casa está en otro lado… en cualquier lugar donde tú estés, tras una puerta azul…
Hace días que yo mismo dejé de ser mi prioridad, que mi trabajo importa, pero menos. Hace días que no quería marcharme; hace días que te conocí y parece que te quise desde siempre.
Acabo de irme y te echo de menos porque hace rato que no estás, ahora no estás, después no estarás y mañana tampoco... Aunque... estás... Te siento y no te veo y duele de cojones.
Aquí, en este jodido aeropuerto, mi único deseo es verte aparecer corriendo, por eso, no puedo dejar un círculo sin cerrar, y preguntándome qué responderías si te pregunto, ¿quieres que te bese a diario?”
Dejé el móvil en la mesa…
Me senté, respiré hondo… subí a ducharme.
Me vestí, me recogí el pelo y entré en la habitación “primavera”.
Vi las acuarelas y los marcos que habíamos comprado… habíamos…
Samuel iba a colgarlas… Samuel...
Apreté muy fuerte el colgante que me había regalado y escucho un coche y su claxon, me acerco a la ventana y era el padre de Samuel; me ve en la ventana a través del parabrisas, y se apea.
Llevaba un pantalón de peto vaquero y una camisa de cuadros naranja y morado, me hizo reír aquella imagen. ¡Nadie era usual en esa familia!
Abrí la ventana y me preguntó si necesitaba algo, ni mención a su hijo, tampoco venía a cuento, ¡qué sabía aquél hombre!
Le sonreí y le dije que no, gracias; me lanzó un beso y me dijo:
—Recuerda, ser feliz depende únicamente de ti.
Con Jacobo había hablado un poco de mi decisión tras el divorcio, sin ahondar demasiado, sabía que había roto un ayer para vivir el hoy sin cortapisas de ningún tipo.
¿Qué me quiso decir con esa frase?
Porque me hizo sentir bien, curiosamente, de puta madre de bien. Quizá era yo la que deseaba encontrar mensajes subliminales...
Bajé a buscar el móvil y subí apresurada de nuevo; volví a leer el mensaje de Samuel una, dos, cinco veces. Realmente no sé por qué subí... quizá leer el mensaje en esa habitación especial... ¡A saber!
Bajé corriendo las escaleras, tenía que ir a la playa; el día era frío, pero se presumía radiante y el mar estaba en calma.
Cogí sin mirar un abrigo en la entrada y salí apurada.
Estaba la marea muy baja y anduve de arriba abajo por la arena mojada.
Busco en mi móvil la canción que Samuel había cantado en aquella playa... Paradise...
Samuel no lo sabía, pero era una de mis canciones favoritas y había salido hacía bastantes años.
Y volví a notar, como tantas veces, sus manos en mi cintura, sin darme apenas cuenta, estaba dando vueltas y tarareando la canción.
Frené en seco cuando terminó la reproducción y me senté en una roca, de frente... el mar y el suave mecer de las olas.
—¡Carmen! —escuché de repente—, ¿te subo en coche?
Era Jacobo desde la parte de arriba, tras una alambrada.
Le dije que no, me quedaría un rato y qué hacía ahí.
Me responde que ahí, en esa finca de Samuel,tenía un pequeño huerto; se rió, cuando me dijo que no me estaba persiguiendo, aunque lo parecía.
Y volví a notar, como tantas veces, sus manos en mi cintura, sin darme apenas cuenta, estaba dando vueltas y tarareando la canción.
Frené en seco cuando terminó la reproducción y me senté en una roca, de frente... el mar y el suave mecer de las olas.
—¡Carmen! —escuché de repente—, ¿te subo en coche?
Era Jacobo desde la parte de arriba, tras una alambrada.
Le dije que no, me quedaría un rato y qué hacía ahí.
Me responde que ahí, en esa finca de Samuel,tenía un pequeño huerto; se rió, cuando me dijo que no me estaba persiguiendo, aunque lo parecía.
Se despide y se va.
Unos minutos me quedé absorta, algo daba vueltas en mi cabeza.
El mensaje de Samuel, las palabras de su padre sobre mi felicidad, mi baile en la arena… y la finca de Samuel ahí a dos pasos, algo de lo que él me había hablado, donde pensaba volver y hacer su casa… Samuel... Samuel...
Todo olía a Samuel, incluso la chaqueta que, al azar había cogido hacía un momento, era la que llevé a Portugal…
Me di cuenta que quería a Samuel, me había enamorado sin remedio, sin necesidad, sin vocación o predisposición para ello.
Y todo lo que me rodeaba era suyo de una manera u otra, estaba o había estado, y permanecía. Ese es era el matiz, "permanecía", y lo hacen las personas que queremos tener a nuestro lado y nos duele cuando no están,si no fuera así, borrón y cuenta nueva.
Llamé a Marta, me cogió la llamada al primer tono.
—Se fue… —me dijo—. Carmen, te conozco bien. Había dos opciones, que yo te llamase hoy, mañana, cualquier día, o que tú lo hicieras cuando te encontraras de repente sin Samuel. Piensa y me vuelves a llamar, si me necesitas voy o te vienes; colgó.
Despacio subí toda la cuesta que llevaba a casa; me senté en mi banco azul.
Se había levantado una suave brisa, olía a mar; al subir el cuello de mi chaqueta y enterrar mi barbilla, ¡olía tan bien el perfume de Samuel!
Y pensé…
Había roto con más de veinte años de vida, había puesto límites a mis hijos.
Me quedé conmigo y con lo que me hacía feliz, mi trabajo y la persona que siempre quise a mi lado, Marta.
Había hecho realidad mis sueños y no pasó nada; el mundo siguió girando, la gente continuó con sus vidas.
Unos minutos me quedé absorta, algo daba vueltas en mi cabeza.
El mensaje de Samuel, las palabras de su padre sobre mi felicidad, mi baile en la arena… y la finca de Samuel ahí a dos pasos, algo de lo que él me había hablado, donde pensaba volver y hacer su casa… Samuel... Samuel...
Todo olía a Samuel, incluso la chaqueta que, al azar había cogido hacía un momento, era la que llevé a Portugal…
Me di cuenta que quería a Samuel, me había enamorado sin remedio, sin necesidad, sin vocación o predisposición para ello.
Y todo lo que me rodeaba era suyo de una manera u otra, estaba o había estado, y permanecía. Ese es era el matiz, "permanecía", y lo hacen las personas que queremos tener a nuestro lado y nos duele cuando no están,si no fuera así, borrón y cuenta nueva.
Llamé a Marta, me cogió la llamada al primer tono.
—Se fue… —me dijo—. Carmen, te conozco bien. Había dos opciones, que yo te llamase hoy, mañana, cualquier día, o que tú lo hicieras cuando te encontraras de repente sin Samuel. Piensa y me vuelves a llamar, si me necesitas voy o te vienes; colgó.
Despacio subí toda la cuesta que llevaba a casa; me senté en mi banco azul.
Se había levantado una suave brisa, olía a mar; al subir el cuello de mi chaqueta y enterrar mi barbilla, ¡olía tan bien el perfume de Samuel!
Y pensé…
Había roto con más de veinte años de vida, había puesto límites a mis hijos.
Me quedé conmigo y con lo que me hacía feliz, mi trabajo y la persona que siempre quise a mi lado, Marta.
Había hecho realidad mis sueños y no pasó nada; el mundo siguió girando, la gente continuó con sus vidas.
¿Qué iba a romper ahora? Estaba comenzando... Apenas dos meses.
¿Qué me impedía seguir soñando?
Ahora, siempre o nunca.
Abro el Whatsapp del teléfono y escribo a Samuel.
“ Hola, quiero que me sigas besando.”
Enviar…
Entré en casa, me cambié de ropa; era mediodía, no tenía hambre, preparé un café, mientras se hacía encendí la chimenea.
Con el café, servido en mi taza de color naranja, me recosté en el sofá; también olía a Samuel…
¿Qué me impedía seguir soñando?
Ahora, siempre o nunca.
Abro el Whatsapp del teléfono y escribo a Samuel.
“ Hola, quiero que me sigas besando.”
Enviar…
Entré en casa, me cambié de ropa; era mediodía, no tenía hambre, preparé un café, mientras se hacía encendí la chimenea.
Con el café, servido en mi taza de color naranja, me recosté en el sofá; también olía a Samuel…
Mirando el fuego de la chimenea, me quedé tranquila, esperando…
Me quedé dormida.
Eran las cuatro menos cinco de la tarde cuando me despierta una llamada de teléfono que cojo sin mirar quién es.
No me dio tiempo a responder, al otro lado, aquella voz y seguramente, aquella sonrisa…
—No te has podido resistir a vivir meses de noches casi eternas, ¡lo sabía!—.
Me quedé dormida.
Eran las cuatro menos cinco de la tarde cuando me despierta una llamada de teléfono que cojo sin mirar quién es.
No me dio tiempo a responder, al otro lado, aquella voz y seguramente, aquella sonrisa…
—No te has podido resistir a vivir meses de noches casi eternas, ¡lo sabía!—.
Había emoción en su tono y lo imaginé mirando al infinito en alguna parte del aeropuerto noruego, sonriendo, echándose el pelo hacia atrás y una mano en el bolsillo.
Eran las 4 de la tarde en Oslo y ya era una de esas noches eternas...

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