martes, 16 de enero de 2024

"DICIEMBRE/CAP.12©®



          

 
- Decisión -

Noches eternas…” Desde luego que, sugerente, sí es, pero, todo el invierno...
—¿A qué hora se hace de noche? —pregunté a Samuel.
—Tres y media de la tarde, más o menos—.
Ostras! Mejor no lo pienso, van a ser muchas experiencias fuertes de golpe.
—¿Y amanece?
—9 de la mañana, pero al estar nevado, no se ve tan oscuro—.
¡Pues ya estaría! Ja, ja, ja, ja.
 Siempre quise ir a Noruega y tan “a huevo” nunca lo tuve, no empezaré a ponerle "pegas".
Hablamos de cuándo me iría, me aconsejó que dejase mis cosas bien atadas, porque no querría regresar…
Muy seguro que veo a este tío fantástico... Detallista, sensible, divertido, buen amante, guapo, con el culo más duro que he tocado…
¿Valdrá la pena vivir como una lechuza y dar patinazos?
Me arriesgaré… Je, je.
Además, ¿qué puedo perder? Tengo lo que quiero y lo seguiré teniendo; si no funciona, y me jode, ahora mismo, también sufriría aquí, digamos que, si sale mal, retraso el sufrimiento, ¡pero lo habré probado!
Nos despedimos hasta la noche, llamaría él para darme las buenas noches.
Rauda y veloz llamé a Marta, que estaba pegada al teléfono.
La muy… amiga, no quedó en absoluto sorprendida con mi decisión; había hablado con su marido para quedarse más días en casa de su madre y así, poder ayudarme a solucionar cosas.
La primera, hablar con mis pacientes  para realizar sus consultas vía internet.
No tendría problemas, con algunos ya lo hacía y otros me lo pedían muchas veces.
Me quedaría el piso donde paso consulta, la casa y el coche, algo surgirá.
Samuel insistió en volver para irnos juntos, algo innecesario, aunque no me disgustaba la idea.
Con mi amiga quedé al día siguiente, su madre estaba mucho mejor y le apetecía verme.
Me entró hambre, no había comido nada en todo el día.
Me hice un sándwich, otro café y salí a merendar o cenar, al banco de la entrada.
Volví a mirar mis plantas y el tronco del rosal, las luces que iba a colocar quedaban pospuestas, sonreí…
Estaba tan adentrada en lo mío que no vi acercarse a Jacobo.
Seguía vestido con su peto vaquero y camisa festiva; me preguntó si quería colgar las acuarelas, él me pondría los clavos en la pared. 
Le dije que sí y lo acompañé a su casa a buscar las herramientas.
Entramos y dije un “hola”, suponiendo que Teresa andaría por la casa; efectivamente, la mujer salió de la cocina y me abrazó muy fuerte.
Ese abrazo también extrañó a Jacobo que se la quedó mirando asombrado.
Teresa lo miró y le dijo que no se enteraba de nada, a lo que él respondió de qué exactamente tenía que enterarse.
Yo también esperaba la respuesta de Teresa…
—¡Se va a Oslo! —dijo—.
La mirada de Jacobo iba de Teresa a mi, de mi a Teresa sin saber qué decir.
Teresa me coge del brazo y me lleva a la cocina, Jacobo seguía plantado en el mismo sitio.
—¿A qué esperas, Jacobo? —grita Teresa—.
Y viene el hombre, se sienta, pone los brazos sobre la mesa y supongo que espera a que le diga algo.
A Teresa la había llamado Samuel hacía nada. Su madre, se había dado cuenta de que su hijo se sentía más que feliz que otras veces.
Las madres…
Ella había hablado con él, lo había interrogado como solo saben hacer las madres, ¡sin prudencia alguna!
Y el “niño” había confesado.
También le había sugerido que lo dijese antes de irse, ambos éramos muy mayores para andarse por las ramas. En eso, Samuel, no le hizo caso.
Total, la madre estaba encantada porque veía a su hijo feliz y su padre, supongo que también, pero más práctico que Teresa, se ofreció a cuidarme la casa y el coche.
Y así nos despedimos del mundo “fantasía” hasta mañana, no sin antes de que Jacobo me dijese que no suponía que fuera tan rápida mi decisión, no la cuestionaba, y también se había dado cuenta de cosas, no como su mujer había pensado... Sí se había enterado y se lo guardó.
Me di una ducha de no sé cuánto tiempo y para conectar con la realidad y dejar de flotar, decidí tumbarme a leer un rato; tenía un libro de misterio leído hasta la mitad.
Lo hice en la habitación “primavera”, decidiendo así, estrenar mi otro sofá.
Entre bosques tenebrosos de mi novela andaba cuando llama Samuel.
Le conté lo de sus padres, nos reímos un buen rato, era todo un poco surrealista para personas tan adultas como nosotros.
—¿Te sientes mayor? —me pregunta.
—No, pero lo somos, ¡joder!
—Sí, pero las sensaciones que tenemos juntos, son similares a cuando éramos muy jóvenes, ¿no?
—Sí, supongo —le digo.
—¡Cómo qué supones! ¿No te acuerdas o qué?
—No lo sé, no lo he pensado, ¡coño!
—¿Qué sientes ahora? —dice.
—Me gusta.
—¿Qué te gusta? 
—Tu voz, tu voz me gusta —dije.
—¿Por qué te gusta mi voz?
—¡Yo qué sé, Samuel! Me… me gusta!
—A mí también me gusta tu voz, y como te ríes, cómo me miras, como hueles…—.
Y así empezó… y así siguió, haciendo un retrato de mi anatomía, de lo que le gustaba hacer en cada parte… De lo que le ponía cachondo que yo le hiciera…
Y mientras decía, sentía que me lo hacía… y me trasladé a una de esas noches nórdicas, donde vería la silueta de su cara, de sus manos…
Lo escucharía jadear en mi cuello, mientras me besaba y mordía suavemente…
Y ambos terminamos…en dos noches de diferente lugar, pero con un mismo techo… ¡el universo!
—Carmen… ¿Estás? —Dijo a los pocos segundos.
—Estoy…
—Estaremos… —susurró y colgó—.
Me acosté en la cama, como siempre hacía, abrí de par en par las contraventanas y allí estaba el mismo universo que nos unía.








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