miércoles, 17 de enero de 2024

"DICIEMBRE"/Cap.13©®

 


           


-Cuenta atrás -

Había quedado con Marta temprano, ella suele irse a correr muy pronto y nuestra cita era a las 9 en punto para desayunar.Y
o soy puntual, pero Marta es de las que llegan tres cuartos de hora hora antes por si acaso… ¡Y allí estaba claro!
Perfectamente arreglada…
Un batido no sé de qué, ni falta que hacía, era verde intenso y un café solo largo y sin azúcar, Marta también era de un sacrificado nivel alerta máxima.
¡Yo pedí de todo!
Aún siendo frugal su desayuno, yo terminé antes, y tuve que contarle todo lo sucedido.
A veces me mirada sin dejar de absorber aquella cosa verde por una pajita ecológica.
—¡Hostias! —Decía de manera sistemática —.
Cuando terminó me dijo lo que ella pensaba, ni más ni menos, que solucionara todo ipso facto y me pirara, ¡en febrero tenía que estar esquiando en Noruega!
—¡Marta, no tengo ni puta idea de esquiar!
—Exactamente querida, ¡por eso tienes que irte cuánto antes! En febrero tienes que no caerte sobre los esquíes, debes irte pronto para practicar…—.
O sea, mi amiga me estaba hablando como si acabáramos de cumplir los 17 y yo me iba de Erasmus al norte de Europa…
Me dio la misma explicación que yo solita había pensado, que había cortado veinte años de vida y ¡cómo darle vueltas a cortar 15 días de proyectos!
¿Me gustaba el tío? Pues de vacaciones era lo mínimo.
—¿Qué el gusto va más allá? Te quedas. ¿Se termina? ¿Te cansas? ¿Se cansa el tío? ¿No aprendes noruego y eres una muda en Oslo?
¡Te vienes! ¿Dónde coño estaría el problema? —Dijo, así todo seguido sin respirar—.
Y tenía razón, la verdad. No hay como ser práctico y realista en la vida.
Me planificó mis tareas; esta tarde llamaría a mis pacientes.
Ella se iría a no sé qué polígono y compraría un rollo industrial de plástico… miedo me da… Mañana vendría a casa para ir plastificando muebles y cosas.
Precintar las ranuras de los armarios, entra polvo, dijo.
Llamar al banco y concertar una cita urgente, explicarles mi caso, informarme si tienen sucursal allá o convenio con algún otro banco.
Darle las llaves de la casa y del coche al padre de Samuel.
Que el coche lo saque a pasear de vez en cuando.
El apartamento donde tenía mi consulta, hablar con el portero y ella con su madre, le vendrá bien hacer de “vigilante”, la mantendrá entretenida y ella también se ocuparía en la sombra y cuando viniese a casa de su madre.
¡Ah! Y que contratara a la asistenta de su madre un día a la semana para mantenerlo limpio.
—Te regalaré un juego de maletas —anunció Marta.
—¡Tengo maletas, Marta!
—No, estrenas vida, ¡estrenas maletas!—.
Si no estuviera segura que me quería, diría que mi amiga quiere perderme de vista…
Todo eso hice, hicimos.
Ningún problema con el banco, muebles empaquetados, salvo el dormitorio y alguno más, se encargaría cuando yo me fuese Contraté a la asistenta para la consulta y a la que trabajaba en casa de los padres de Samuel para mi casa, una vez cada quince días.
También conseguí, después de pensarlo razonablemente, que Samuel no viniese para acompañarme, no era necesario.
Marta se encargó del billete de avión y me llevaría al aeropuerto.
Y quedaba un último paso, mis hijos.
Me fui a casa de uno y allí nos reunimos los tres y los seis perros que tienen.
Sólo les dije que me iba de vacaciones a Noruega.
—¡Qué guay! ¡Hay unas auroras boreales preciosas y es la época…!
Sí, auroras boreales, sí…
Tampoco los voy a culpar… Tienen el mismo plan de vida que un lenguado en una piscifactoría, todo solucionado sin pensar, ¡la única diferencia es que no los pescan!
Samuel llamaba todos los días y mandaba diariamente varios mensajes.
Estaba haciéndome espacio en su casa y comprando alguna cosa.
Planificaba sitios para visitar… Y estaba deseando darme todos los besos que me había prometido.
Sus padres estaban nerviosos, aunque era yo la que iba de visita a ratos; ellos me daban espacio, pero se los veía ilusionados.
Le dije a Jacobo que no colgaría las acuarelas, la última vez que fuimos a buscar las herramientas, había salido lo de mi viaje en conversación y ya se nos olvidó.
Pensaba llevarlas conmigo, formaban parte de la historia de esta nueva vida y no las metería en un cajón a la espera de mi vuelta.
Los días pasaban rápido, me costaba dormir, comía poco; supongo que los nervios lógicos por la aventura que decidí emprender.
Así, día tras día, llegó el último…
Marta me había traído mi regalo, unas maletas preciosas; menos una, la de mano, estaban preparadas, yo también.
Recorrí toda la casa, antes de acostarme por última vez y sin saber hasta cuándo volvería a hacerlo.
Cerré la habitación “primavera”, primero las contraventanas azules, después la puerta…
Fui a la parte de abajo, mi cocina, tan personal… Mi salón… 
Subí a acostarme y llamó Samuel.
Había hecho una compra especial, mañana cenaremos en casa… En casa… Menos el salmón que había comprado, todo era perfecto; detesto el salmón en todas sus variantes, pero él no tenía porqué saberlo…
La última noche en mi casa. Hicimos el amor… con calma…
Por primera vez le susurraba su nombre…una y otra vez… Le gustaba… Terminé con un…
—Samuel… mañana…—pasaron unos segundos… emitió un quejido más sonoro de lo habitual y pudo decir: — A partir de mañana, Carmen…¡Todo…
! Buenas noches—.
Pues “todo”... ¡Menos el salmón! Ja, ja, ja.


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