- El mañana, Él-
Marta vendría a comer, nos había invitado Teresa y Jacobo, a las 6 de la tarde, más o menos, me llevaría al aeropuerto, el avión salía a las 21:00 destino Madrid, allí haría noche hasta las 7 de la mañana que saldría del hotel; el vuelo para Oslo era a las 10:30.
Concilié el sueño por fin, pero, con tanto desvelo, me desperté a las doce del mediodía.
Me arreglé y enseguida llegó Marta; deshizo la cama, mientras preparaba un café. Al día siguiente vendría a forrar con plástico todo y bajamos el equipaje, dos maletas grandes y un bolso de mano.
Eran preciosas, de cuero en color rojo, había grabado mis iniciales. Tomamos el café de pie, apoyadas en la encimera, sujetando la taza con las dos manos, en silencio, pensando cada una en lo suyo, pero sobre el mismo tema.
Nos fuimos a casa de los padres de Samuel; la comida se desarrolló amena, aunque todos estábamos nerviosos.
Marta, la de sin azúcar y comida sana, se comió un cuarto de tarta de almendra que había hecho Teresa.
Yo pude comer muy poco, tenía el estómago con un nudo por los nervios.
La sobremesa fue larga, se repasó lo que ellos tres harían los próximos días con lo mío, se intercambiaron los números de teléfono y fue llegando la hora de la despedida.
Teresa me dio cuatro besos de madre y Jacobo un abrazo de cariño inmenso.
—Avisad cuando llegues —dijo Jacobo.
Con o sin Samuel, aquella pareja entrañable, habrían sido como mi familia.
Metimos el equipaje en el coche, cerré la puerta de mi casa y guardé celosamente las llaves; tanto Marta como los padres de Samuel, tenían copia.
Iniciamos el trayecto…
Recibo una llamada de Samuel, después de los tres mensajes que había enviado durante la comida y la media tarde.
—No tardes… —Me dijo— Me estoy volviendo loco… Te llamaré cuando estés en el hotel, me avisas—.
En el aeropuerto, Marta y yo estuvimos varios ratos en completo silencio; me cogía la mano, me miraba y nos entraba la risa tonta. Mi amiga fue de gran ayuda para todo, tanto con el equipaje como personalmente.
Aviso de embarque.
—Si te va bien, y tardas en volver, iremos de vacaciones a Oslo —dijo Marta, con los ojos llorosos; era una de las mayores declaraciones de amistad, Marta odiaba el frío.
Nos dimos el mismo abrazo de cuando nos separamos la primera vez; ella se iba a una universidad del Reino Unido, yo, a Madrid, solo coincidimos en verano y Navidades.
Me fui yendo, cada tres pasos miraba hacia atrás y allí estaba con su sonrisa.
A las 11 y cuarto estaba en el hotel; pedí un sándwich caliente y una botella de vino, llamé a Marta y a Jacobo.
Me duché y me metí en cama; avisé a Samuel que llamó al segundo.
Había tenido una reunión por la tarde, estaba cansado, más por los nervios, mañana solo iría a trabajar hasta mediodía, del trabajo se marcharía directo al aeropuerto.
Lo notaba nervioso y no lo disimulaba; se reía a carcajadas haciendo bromas de nosotros dos, de cómo habíamos recuperado la adolescencia.
Media hora de conversación y nos despedimos con un “te quiero”.
Pasé otra noche movida, el vino de la cena no me dio somnolencia, podía más mi inquietud.
Me levanté casi sin haber dormido, me vestí, me maquillé levemente pero con gracia, estaba guapa porque así me sentía, guapa. Dejé mi media melena suelta y me puse los zapatos que había comprado hacía algunos años atrás, un capricho para eventos especiales, unos Manolo Blahnik estampados, de tacón alto y fino.
¡Tenía que pisar Oslo por todo lo alto!
Un empleado del hotel llegaba para ayudarme, el taxi estaba en la puerta.
En el aeropuerto me entretuve observando a la gente que iba y venía, bulliciosa, unos tristes, otros felices; reencuentros y separaciones.
Todo aquello daba para escribir un relato corto, las miradas, los gestos en general de cada una de de aquellas personas.
Cuando escuché la orden de embarque, me empezaron a temblar las piernas, me costaba a veces mantener el equilibrio, los tacones, altos y finos, no ayudaban…
Se me hizo eterno el viaje; a las 14:46 estábamos aterrizando; minutos antes me retoqué el poco maquillaje que tenía puesto, me repasé los labios, cerré el espejo y respiré hondo.
Me puse mi gabardina color azul cobalto, el mismo color que mi jersey de cuello vuelto en punto fino, un pantalón vaquero, ligeramente acampanado, dejaban ver la puntera de mis "Manolos"; bufanda color pistacho y bolso remataban el look.
Vamos entrando todos los pasajeros, del murmullo ruidoso de los aeropuertos españoles, al silencio de Oslo en un aeropuerto que impresionaba, por su cuidada decoración y amplitud perfectamente estudiada según fuera el espacio a delimitar.
Al fondo, a pocos metros, lo veo… De pie, me hubiese llamado la atención aunque no fuera yo la persona que él estaba esperando. Pero, sí, era a mí a quien esperaba aquel tío estupendo.
Apoyado en una de las columnas, frente a la puerta de la salida de pasajeros; vestido de manera informal, con pantalón vaquero, pero con chaqueta sastre de punto color gris, chaleco también de punto y corbata, muy "cool"; una mano metida en el bolsillo del pantalón y un ramo de tulipanes blancos, boca abajo, en la otra mano.
Estaba mirando a un lado en ese momento, no me había visto, dejé pasar gente delante de mí, mientras me quedé ensimismada mirándolo.
¡Estaba guapo para morirse!
Cuando me vio, se separó de la columna, echó las dos manos hacia atrás, como para esconder el ramo. Podían verse los tulipanes mientras caminaba muy lento sin parar de sonreír…
¡Aquella sonrisa…!
Yo también iba caminando despacio, no sé cuándo ni cómo perdí los nervios y tenía la sensación de haberme convertido en una modelo caminando por una pasarela, firme sobre mis tacones, erguida, segura, me sentí segura.
Se detuvo en un momento dado, sin dejar de mirarme, con la cabeza ligeramente ladeada y una mirada que me gritaba “ven”...
No sé en qué momento me dio las flores, porque nos abrazamos por varios minutos sin despegarnos.
Cuando lo hicimos, me separó cogiéndome una mano, me miró de arriba abajo mordiéndose los labios y me dio dos vueltas como si fuese un baile…
Y de repente agarra mi cintura por dentro de la gabardina y me da un beso para quitarte cualquier pena o cansancio…
—Nos vamos a comer… —Dijo—
—¿A un restaurante? —Pregunté.
—Nena, no era una pregunta... —Me dijo al oído, para después volver a besarme—.
Vaya... Una afirmación cojonuda, ¡nos comeríamos!
Pero ahora tocaba alimentarse.
Nos fuimos a una pizzería en el aeropuerto, hay un montón de locales de todo tipo.
Decidí pizza porque quería ir a algo seguro, él tampoco había comido.
A las 5 de la tarde nos fuimos a casa de Samuel, estaba a 50 km del aeropuerto.
El edificio era precioso, al lado de un río, un gran parque, ahora convertido en una nevada extensión de terreno; vivía en un segundo piso.
Un apartamento estupendo, todos los espacios eran amplios, salón, cocina, dormitorio, despacho y baño completo, con ducha y bañera bajo un gran ventanal. Ventanales enormes y más pequeños parecían sustituir paredes, sin persianas, allí no son curiosos, había cortina gruesa en el dormitorio, para los meses de días eternos, lo cual, la hacía necesaria a la hora de dormir por la noche.
Nos quitamos las chaquetas, Samuel metió mis dos maletas en el dormitorio y se acercó a mí; estaba alucinada delante de aquella ventana inmensa con todo el horizonte a mis pies.
—Ya estamos —dijo—.
Me apetecía darme un baño, lo necesitaba, Samuel se encargó de llenar la bañera y dejar a mano todo lo necesario.
Cogí ropa de la maleta y entró Samuel… ¡Ya me había olvidado lo que me “ponían” las corbatas y los estilismos con traje chaqueta!
Lo miré, me miró…
—Eres y estás preciosa, Carmen—.
¿Para qué más? Yo estaba guapa y él estaba bueno...
Lo desnudé, me desnudó y a trompicones nos metimos en la bañera…
Nunca lo había hecho en una bañera… ¡Sentí vergüenza de mí misma! Ja, ja, ja.
¡Y mira que había follado en sitios no habituales! La bañera no era un sitio raro, pero no se dio la circunstancia.
Encontrar una posición no me resultaba muy fácil… ¡Temía tener otro momento Bridget Jones! Ja, ja, ja, ja.
Pronto hice encajar las piezas, como al Tetris, y todo fluyó…
Follamos desesperadamente...
Después nos dimos una ducha, me abrazó muy, muy fuerte…
—¿Por qué has tardado tanto, nena?
—¿Se te hizo larga la espera? —Dije.
—Veinte años, mi vida… Has tardado veinte años…—.
¡Si es que lo tengo que querer!

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