Viernes, dos de la tarde; había comido y estaba cerrando la maleta.
Dos pantalones de montaña y dos camisetas térmicas, botas de “trekking”, calcetines gruesos, gorro de lana y braga, guantes y un plumífero de color naranja.
También ropa interior y un neceser de aseo.
Me vestí un pantalón vaquero, un jersey de pico color pistacho, camiseta blanca debajo y, preparada, una parka azul cobalto, bufanda de colores y unas “sneakers”.
Lista para emprender el viaje sorpresa.
A las tres y media, Samuel llama a la puerta, pasa, y en el vestíbulo me abraza y me besa en la boca.
Se separa un milímetro…
—¿Lista para perderte?
—Deseando perderme—.
Metió mis cosas en el maletero de su todoterreno y nos pusimos en marcha.
Me fue contando su visita de ayer; sus tíos eran muy mayores y pensaban en irse a vivir a una residencia cerca de nuestro pueblo.
Sus primos, dos, vivían en Madrid y sólo contaban con los padres de Samuel como apoyo. Habían estado muy unidos, tanto familiar como por trabajo, embarcados en el mismo barco muchos años; su tío era hermano del padre de Samuel.
Me preguntó por Marta, le hubiera gustado conocerla más, en otra ocasión, quizá pudiera ser posible.
Samuel conocía aquel trayecto, se le notaba seguro; seguía el ritmo de la música que habíamos puesto, con sus manos en el volante.
Yo, de vez en cuando, apoyaba la cabeza en el asiento para poder mirarlo sin que se diera cuenta.
Tenía barba de dos días, el pelo brillante y sedoso.
¡Seguía oliendo tan bien…!
En un momento dado me dijo que abriese la guantera del coche.
Había un paquete cuadrado, pequeño, envuelto en papel marrón de embalaje con el dibujo de tres pequeñas amapolas de color rojo.
—Es para ti —me dijo—.
Dentro había una gargantilla con un colgante, una gema color turquesa.
—Sé que no te gusta poner y quitar collares; eliges cuidadosamente lo que usar y que no te moleste, además de que tiene que ser algo con un significado. Espero que este lo sea.
Pues sí que sabía mucho de mí, nuestras conversaciones habían dado para mucho, incluso las intuiciones eran acertadas.
Faltaba únicamente que no me diera alergia…
No me daría alergia… la cadena y el engarce de la piedra eran de oro blanco… ¿Una preciosidad con mensaje? ¿Simplemente un detalle?
Daba igual, era una de mis piedras favoritas y se había acordado.
Entramos en Portugal, Samuel me preguntó en varias ocasiones si quería parar; no, estaba deseando llegar y la música, o la charla del trayecto, no me apetecía cortarlas.
Cinco horas desde que salimos y llegamos a un pequeño pueblo, Baião, y al destino elegido por Samuel, un hotel a orillas del río Duero, rodeado de otros pueblos muy pequeños y naturaleza por todos los lados.
El Spa era fantástico, la habitación grande y con un ventanal enorme, todo el frente, con vistas al río.
Ahí, de pie junto al impresionante ventanal, me abrazó fuerte por atrás.
Acomodamos nuestras cosas y bajamos a cenar.
Nos miramos fijamente cuando el camarero abrió la botella de vino… yo, todavía conservaba la sensación de anoche. No comentamos nada al respecto en todo el viaje, creo que le dimos una normalidad que, en mi caso, no era tan normal.
Nunca había experimentado nada parecido a través de un teléfono.
Samuel dejó que yo fuese la catadora del vino, estaba buenísimo y di el visto bueno.
Cenamos ligero y muy rico todo; el vino, casi nos bebimos dos botellas.
Subimos a la habitación, eran las once y cuarto y el día había sido intenso.
Cogí ropa y me fui a la ducha, un espacio amplio con dos salidas de agua, tipo lluvia, en el techo.
Demasiado espacio para mi sola… Llamé a Samuel, todavía sin haberme desnudado.
—¿Me acompañas? —le pregunté.
Sonrió… esa sonrisa con las que se te bajaban las bragas al suelo…
Nos desnudamos y nos metimos en aquel espacio inmenso acristalado.
Si yo, en nuestro primer encuentro, tuve varios momentos Bridget Jones, Samuel tuvo el de Mr. Bean…
Cogió la alfombra y la metió dentro, para no tener resbalones previsibles… Ja, ja, ja.
Me besó por sitios que ni sabía que eran para besar… Despacio, apoyado con sus dos manos en el cristal o tocándome suave…
Lamió todos los rincones que encontraba con su lengua…
De frente… de espaldas…
Agarraba mi nunca cuando me jugueteaba con su lengua en mis labios… dentro de la boca, enredada en la mía…
Me dio la vuelta con suavidad, sin dejar de besarme, su manos, una en mi vientre, la otra en la parte baja de mi espalda, hicieron los movimientos justos y la presión leve para darme cuenta de lo que quería con ese gesto…
Y sentí como lo tenía dentro…
Sus manos, ancladas en mis caderas…
Suave, lento… como yo le iba marcando… salía… entraba…
Más fuerte y más rápido…
Con mi suspiro más fuerte y ahogado me sujetó los hombros, me levanté, me giré y le comí la boca… Fui bajando lentamente… me detuve y entretuve donde más le latía su cuerpo…
Y terminó exhausto, mirando hacia arriba y todo el agua cayéndole sobre la cara…
Estuvimos un rato fundidos en un abrazo, hasta que nuestros latidos volvieron a ser suaves.
Nos dormimos abrazados y abrazados nos despertamos.
El fin de semana fue intenso en todos los sentidos.
Recorrimos senderos y algún pueblo cercano al que llegamos a pie.
Comimos, bebimos…
Follamos e hicimos el amor indistintamente; nos conocíamos y cuando había dudas, la intuición nos salvaba…
Era todo tan perfecto que no podía ser… era como desear volar en globo y de repente te encontrabas viviendo en un globo.
El viaje de vuelta me creó un leve desasosiego, era una de mis percepciones que, casi siempre se hacían realidad.
No sabía el qué ni el cómo, tampoco cuándo..
Varias veces, durante el trayecto, me cogía la mano.
Yo hice casi todo el viaje con mi cabeza apoyada en el asiento, mirándolo y con una mano, acariciaba el colgante turquesa.
Llegamos a nuestras casas sobre las 9 de la noche.
Nos dimos un beso de los que permanecen días en la memoria.
Bajamos, Samuel sacó mi maleta mientras yo abría la puerta de mi casa.
No le dije si quería entrar, no sé porqué, luego lo supe… Él tampoco hizo ademán para hacerlo.
—Nos besaremos cuando tú quieras, chica arco iris —susurró.
—Nos besaremos cuando queramos —le respondí—
—Obrigado —dijo—.
Cerró la puerta y escuché su coche.
A la mañana siguiente, recibí un mensaje…

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