- Sorbos -
Me desperté temprano, como a la media hora, me llega el mensaje de mi amiga Marta; acababa de aterrizar, cogería un taxi hacia mi casa, eran las 9 menos diez de la mañana.
Me duché y vestí rápidamente, bajé para dejar dispuesto todo para el desayuno.
Abrí la puerta de la calle y salí a respirar el olor del mar.
El día iba a ser soleado, había helado y ese frío mañanero me sentaba bien.
Miré a mi alrededor, mi preciosa puerta azul y las grandes macetas, una a cada lado de la entrada, con acebos plantados; un rosal trepador bordeaba la puerta, en primavera, cuando empezase a florecer, se iba a parecer a una de las pinturas de Jacobo. Ahora, era un tallo grueso, serpenteante, decidí comprar unas luces pequeñas para darle un toque de calidez.
Escucho el sonido de un coche, era Samuel, salía para visitar a sus tíos.
Paró el coche a mi lado y bajó.
Su beso de buenos días me hizo tiritar, algo que no había conseguido el frío de aquella mañana.
Le conté lo de mi amiga Marta, si antes lo digo, antes aparece...
Un taxi se detuvo en la carretera, a escasos metros de nosotros dos.
Marta bajó con una amplia sonrisa y ojos absortos...
Samuel fue a su encuentro para ayudarla con la maleta, se dieron dos besos y Marta se le adelantó, haciéndome un sinfín de gestos que me hicieron reír.
Su abrazo fue cálido y largo, muy largo.
Acercando su boca a mi oído me dijo:
—¡Qué tío, nena! ¡Cómo para no derribar muros!—.
Me hizo reír de nuevo.
Marta reparó en la fachada de la casa y, con los ojos como platos, dijo que era increíble, era tal y como yo siempre le había descrito mi casa ideal.
Entramos los tres en casa, algo que Marta agradeció especialmente; no estaba acostumbrada al frío ni le gustaba, la casa sí estaba a una temperatura agradable.
Mi amiga miraba todo como un niño cuando va a un parque temático.
Samuel nos dice que tiene que irse, por supuesto que lo invité a quedarse a desayunar, pero ya había desayunado y debía marcharse, había quedado con sus tíos en llegar a una hora determinada.
Vuelve a besar a Marta.
A mí me da otros dos besos, acariciándome un poco más abajo de la espalda.
—Te veo mañana, cualquier cambio me dices, ¿vale?
—Sí —respondí, tocándole la espalda.
Y se fue...
—Marta ¡puedes cerrar la boca!—.
Estaba alucinando con todo, con mi "relación" imprevista, con el protagonista de ella, con la casa...
Le hice el típico tour, aunque, en este caso, era normal que lo hiciese.
Mi amiga íntima, desde tiempos que ni me acuerdo, partícipe de cada una de mis etapas, como yo de las suyas; me conocía perfectamente, sabía de mi firmeza o terquedad, depende la circunstancia.
Cuando le conté que iba a romper mi matrimonio, como lo haría, lo que pensaba hacer, cuáles eran mis límites, como yo, no podía imaginarse a un Samuel entrando hasta la cocina.
Todo lo que veía le encantaba y me daba ideas, tenía mucho gusto, o un gusto similar al mío.
También era práctica y no le gustaban las casas llenas de trastos y los colores vivos eran su distintivo; su cuarto tenía las paredes de un color diferente cada una... Sí, ahí se había pasado un poco...
Ella pudo hacer la casa a su medida; su marido no influía y no tenía hijos, esto último le facilitó decorar la casa a su manera.
Bajamos a desayunar después de ducharse, venía cansada por el madrugón y necesitaba esa ducha.
Un café largo, sin azúcar; toda su vida tomó de la misma manera el café.
Cuidaba muchísimo su alimentación y no probaba el azúcar, salvo en casos excepcionales.
Y este era un caso excepcional, primero porque me avisó anoche de que venía y no me dio tiempo a comprar pan sin sal, segundo porque a las rosquillas de Teresa no se les podía decir no.
También hice tostadas de pan normal, tenía tomate, aceite, mantequilla casera y mermelada de fresa, también casera.
¡Tomó de todo!
—¡Joder, Carmen! ¡Esto hay que celebrarlo y no es hora para un "gin-tonic"!—.
Me suplicó que le contara todo, absolutamente todo y con detalles.
Mientras le contaba, no dejó de sujetarme una mano, acariciarla, cuando la narración era de sentimientos, apretándola cuando se alteraba por la emoción.
Abría la boca sin parar, asombrada y feliz de que yo estuviese tan bien.
Terminamos el largo desayuno, recogimos y nos fuimos al salón, a mi súper sofá color frambuesa.
Marta no estaba pasando su mejor momento, apenas hacía cuatro meses que su padre había fallecido.
Su madre no lo superaba, es verdad que era poco el tiempo que había pasado, pero lloraba a diario, dejó de salir como acostumbraba y no se quería ir a casa de Marta ni dos días.
Eso suponía un gran problema para mi amiga, añadido a la tristeza y pena de todo lo que rodeaba la situación.
Me sentí egoísta; no la había llamado para preguntarle cómo llevaba lo de su padre, y, obviamente, desconocía todo lo que estaba escuchando.
Tengo que ocuparme de Marta, debí haberlo hecho, pero eso ya no se puede arreglar, a partir de ahora es lo que voy a practicar.
Marta se fue a echar un rato y yo empecé a preparar el almuerzo.
Marta sería feliz otro rato; tenía verduras frescas, regalo de vecinos del pueblo.
Una menestra y huevos caseros con chorizo de mi vecina Aurora, para compensar tanta verdura, sería el menú.
Abrí una botella de vino de las que había traído Samuel... Me hizo sentir mejor... De alguna manera estaría allí... y en mi boca...
Marta y yo nos dimos un festín, Marta estaba más contenta de lo habitual, no estaba acostumbrada al vino, le vendría bien para lo que le esperaba.
Hice café, recogí la cocina y nos lo tomamos en el salón: allí recordamos todos los momentos clave de nuestras vidas.
Me preguntó que pensaba hacer con Samuel, cuando se marchaba.
Sabía lo que mañana haría con Samuel, más o menos, no tenía ni idea de lo que vendría después, tampoco le había preguntado cuando se marchaba...
Lo dejaría fluir, no tenía ni idea de lo que me provocaría su marcha ni lo que él pensaba al respecto.
Realmente parecía el hombre perfecto, pero no es verdad, nadie lo es.
Lo conocí de casualidad, lo que surgió fue también casual; él está de vacaciones y vive lejos, yo estoy reiniciando otra etapa, no tengo ataduras de ningún tipo; podría irme mañana a Mozambique a vivir y no pasaría nada que hiciera tambalear mi estabilidad económica, imprescindible para que la emocional funcione. Puedo trabajar desde cualquier lugar, soy mi propia jefa y solo necesito conexión wifi para desarrollar mi trabajo.
Pero no, no había pensado en el después ni lo voy a hacer.
Llevé a Marta a la ciudad, nos despedimos con un intenso abrazo.
Me prohibió que la llamase estos días.
—Disfruta del vikingo, yo seguiré estando—.
Regresé a casa; en el trayecto paré a comprar una pizza, un antojo, perfecto acompañante para el vino que había quedado.
Cené la pizza "cuatro quesos" mientras veía un programa insustancial en la televisión.
Me quedo un rato más saboreando el vino; me gusta, pero aquel me sabía mejor.
Subo para acostarme, como siempre, miro que las contraventanas estén abiertas de par en par.
Me aseo, pongo mi camiseta de dormir, coloco mis almohadas y apago la luz.
Suena el móvil, lo cojo sin mirar quién era, pensé en Marta; le había escrito un mensaje antes de subir, preguntando qué tal todo y no me había contestado.
No, no era Marta, era Samuel...
—¿Estás...?
—Estoy...
Nunca habíamos hablado por teléfono, su voz era todavía más atractiva a través del móvil.
—¿Y, cómo estás?
Sin pensar, respondí algo que, en el fondo de mi razón, no quería decir.
—Estoy sin ti...
—Imposible —dijo él—. Te pienso todo el día y lo debes sentir.
Automáticamente, pensé en el vino...
El de la cena me estaba dejando en un estado de sopor agradable.
—Marta y yo bebimos el vino que dejaste la otra noche, y sí, en cada sorbo estabas...
—¿Te gustó...?
—¿El vino? Sí.
—No, ¿te gustó sentirme...?
—Sí, mucho.
—¿Quieres sentirme... más...?—.
¡Dios! ¡Quería sentirlo todo!
Mis manos, bajo las sábanas, eran las suyas, suave y despacio, me hablaba y tocaba...
—¿Bien...?
—Sí... mejor...
Sus preguntas eran cortas, su monólogo sutil, sin exceso de palabrería.
Ya no podía responder y su tono suave se agitaba levemente.
Exhalé un largo suspiro, hubo un breve silencio, al otro lado, un "mmm" y otros segundos de silencio.
—Mañana te beso —dijo—. Buenas noches, Carmen.
—Mañana nos besamos, Samuel—.
Me duermo pensando en un fin de semana regado con un buen vino...
Amanece...
Tenía el móvil en la mano y mi cuerpo húmedo; Samuel seguía estando, a un lado, a otro, encima... entre mis piernas...
Me estiro, tengo que cambiar el modo morbo y aterrizar.
Es "mañana", pero a las diez tengo una cita en mi consulta.
Antes de la una del mediodía estaría de vuelta, tenía que preparar las cosas para ese viaje sorpresa con rumbo indeterminado...

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