El resto del día fue estupendo; paseando con mi mejor amigo podría titularse, porque eso sentía.
Samuel era un hombre que me atraía sexualmente muchísimo, pero no todo el rato; tenía tanto que ofrecer, y aportaba tanto como compañía, que sería una pérdida de tiempo no aprovecharlo en toda su magnitud.
Y esa sensación que yo sentía me satisfacía plenamente, porque, podría enamorarme de él, y sería normal, pero no, no era eso, lo percibía amigo y la mejor de las compañías, menos cuando potenciaba esa sensualidad innata.
Podía ser una simple palabra o un gesto cotidiano como bajarse las gafas de sol y mirarte, pero no era así todo el tiempo.
Un amigo con derecho a roce, dejémoslo ahí.
Ya había encontrado mi paz, mi yo más seguro.
Terminamos de comer y nos fuimos a un centro comercial para hacer mis compras.
Fuimos juntos a comprar los marcos para las acuarelas; aquellas láminas siempre serían de los dos y un recuerdo especial muy mío.
Elegimos unos portafotos de cristal sin marco, no quería ningún perfil de marco que pudiese distraer al mirar las pinturas.
Me quedaban los jarrones, momento en que Samuel me dijo que se iba a mirar unos libros.
Espacio... Me gusta. No pregunta, amablemente dice donde va, no sé detiene en dar explicaciones a algo tan insustancial y como tal, yo tampoco le di la menor importancia. Quedamos en un lugar determinado de la tienda para cuando hubiéramos terminado.
Volvimos a casa sobre las seis de la tarde, cantando nuestras canciones favoritas casi todo el trayecto.
Al llegar, Jacobo, su padre, estaba sentado en la puerta de su casa; se acercó a la mía mientras Samuel y yo sacábamos las compras del maletero del coche.
Le dije que cuando colocase los cuadros, y tuviese la habitación completa, tenía que venir a verla.
Me invitó a merendar, Teresa estaba preparando chocolate y había hecho unas rosquillas; acepté la invitación.
Samuel me ayudó a meter todo en casa y me dijo de enmarcar las acuarelas, era una tarea sencilla, no llevaría mucho tiempo.
Así lo hicimos; ¡quedaban preciosas en los portafotos! Samuel se ofreció otro día para poner los clavos especiales donde irían colgadas, me pareció perfecto.
Se sentó en el sofá de la habitación mientras yo dejaba mi gabardina y cogía otra prenda en mi habitación; de ahí me fui al baño a lavarme las manos y retocar mi pelo.
Aparece Samuel, también para lavarse las manos, me aparto a un lado y me suelto el pelo para peinarme y volver a recogerlo.
Él, secándose las manos, me miraba a través del espejo sonriendo, al encontrarnos las miradas sonrió...
Me estrechó por la cintura y me susurró:
—¿Otro moño para deshacer?
—No, ¡se enfría el chocolate de tu madre!
Me dio un beso de quedarse "matá", pero yo y mi moño nos teníamos que decantar por una merienda.
Todavía pegada a él, me pregunta si tenía que hacer algo el fin de semana, y no, a priori no lo había pensado, Samuel me había mantenido entretenida...
—¿Me dejas invitarte?—dijo.
—Sí, ¿qué día del finde?
—Salimos el viernes por la tarde y volvemos el domingo —respondió.
—Vale—.
Estábamos yendo a merendar y me dice que mañana tenía que visitar a unos tíos en otra provincia, vendría el viernes a mediodía y, por la tarde, saldríamos con destino desconocido.
Que llevase ropa cómoda y de abrigo.
Teresa, su madre, me recibió con un gran abrazo; esa mujer huele siempre a postres caseros, ¡qué familia tan especial eran todos!
El chocolate estaba buenísimo, la había ayudado Jacobo en su preparación, él rascando las láminas de una tableta que me recordó a las que compraba mi madre.
¡Las rosquillas era gloria bendecida por un escuadrón de ángeles!
Samuel se fue con su padre al garage y Teresa y yo, más bien Teresa, contándonos aventuras.
Ella me contó lo mucho que había disfrutado al lado de Jacobo.
El hombre había sido capitán de la Marina Mercante; pasaba seis meses fuera de casa y otros seis en casa.
Los meses en tierra los aprovecharon para viajar por todo el mundo; Jacobo lo hacía por su trabajo, con Teresa eran viajes de placer y de comprar todo lo que a él le gustaba.
Habían tenido a Samuel siendo muy jóvenes, hecho que les pesó durante años, por eso entienden a Samuel y su decisión de no tener hijos.
Teresa amaba a su hijo con locura, pero también a su marido, y para pasar tiempo con él, tuvo la sensación de que sacrificó la compañía de Samuel niño.
Samuel la había tranquilizado muchas veces, cada vez que salía la conversación, porque Teresa y Jacobo no se callaban nada, todo lo compartían y la comunicación era una base sólida en su vida.
La abuela paterna de Samuel vivía al lado, yo lo sabía por Samuel, su casa era ahora la mía.
Y Samuel se quedaba con su abuela encantado, adoraba a su madre y también a su abuela, porque siempre entendió que Teresa se fuese con Jacobo a recorrer el mundo.
A algunos de esos viajes lo llevaron ya siendo más grande y le contagiaron la pasión por viajar y, sobre todo, por la libertad de acción.
Teresa tocaba el piano; me llevó al piso de arriba donde tenía uno precioso.
La habitación del arte era aquella estancia; el gran piano negro, partituras perfectamente colocadas y pinturas de las de Jacobo en cada pared.
Flores, el mar y una pared repleta de cuadros de Mercedes dibujadas a carboncillo.
Todas las edades y etapas de Mercedes estaban en aquella pared, pintada de color naranja.
Debajo, arrimado a esa pared, haciendo esquina, un sofá rinconera cubierto por una vistosa manta de Guatemala.
Delante del sofá dos mesitas africanas y, en el suelo, dos alfombras, una jarapa verde pistacho junto al sofá y de color naranja debajo del piano.
¡No solo a mí me gustaba el color!
Teresa se reía cuando me contó cómo tenía que apañarse para conseguir cuadrar todo lo que Jacobo compraba y que no resultara absurdo o recargado, ja, ja, ja.
Pues lo había logrado, es verdad que, en algunas habitaciones, sobraban cosas, pero se notaba el cuidado en como estaban colocadas y combinadas.
Había algo que me agobiaba...
¿Cómo hacía para limpiar? Porque estaba todo impecable. Se lo pregunté, venía una mujer del pueblo de al lado dos días a la semana.
Y de charla y de "tour-home" dieron las 8 de la tarde; insistió en que me quedase a cenar, algo que con cordialidad rechacé y tuve que volver a hacerlo cuando Jacobo y Samuel vinieron a donde nosotras estábamos.
No quería meterme de lleno dentro de otra familia, además, tenía la impresión alguna vez, que Jacobo y Teresa pensaban que yo me encontraba sola y pretendían darme ese calor familiar que había perdido. Quizá fuese solo mi percepción, Samuel me dijo que estaban encantados de tener a alguien como yo de vecina; el pueblo era pequeño y sus habitantes eran casi todos de la edad de los padres de Samuel, gente sencilla y , Teresa y Manuel, aunque eran sencillos, no eran seres al uso y no encontraban con quién compartir esas cosas tan inusuales en una aldea. Eran unos hippies maduros, ja, ja, ja. A mí me debían considerar de su club y no lo que yo a veces pensaba, una pobre mujer sola.
Pero no quería invadir su familia, tampoco quería rellenar mi espacio familiar.
Me había convertido en una solitaria con causa y convencida.
Les di un beso y Samuel me acompañó a casa.
Abrí la puerta y también entró, cerró y nos quedamos mirando uno frente a otro.
—Hoy tengo ganas de quedarme a vivir aquí para siempre, entre tu chimenea y las sábanas de tu cama —dijo.
—Yo también —respondí.
Aunque estaba segura de eso, al mismo tiempo no quería estarlo, incoherencias que solo entiende la razón.
—Entonces, habrá que esperar a que estemos seguros de querer estar seguros—.
Nos entendimos perfectamente, yo había dicho lo que sentía y él, en su primera frase, había algo que era similar a lo que yo dije.
El "hoy" me gustaría... "Hoy" marcaba la diferencia y denotaba la dicotomía entre quiero, pero...
Me arrimó a la pared de la entrada y me besó profundamente.
—Otro día tendré que deshacer ese moño...
—Otro día... ¡sí!
Y un "hasta el viernes, mujer arco iris" nos separó unos metros hasta el fin de semana...
Una gelatina y un café con una rosquilla, Teresa me dio una cestilla con una docena, fue mi cena; una ducha y a la cama, lo siguiente.
Acababa de acostarme y recibo un mensaje de mi amiga Marta; preguntaba que tal estaba y la llamé.
Media hora de conversación y de risas, estaba encantada con mi historia, quería conocer a ese tío tan especial que consiguió en segundos romper mi muro.
Quedó venir a casa mañana; venía a visitar a su madre unos días. No habían estado juntas por Navidad, su madre, viuda reciente, no quiso ningún tipo de reunión.
Le gustaría aprovechar la visita a la ciudad para verme, conocer mi casa y saber cómo me iba todo.
Me apetecía verla; Marta era una persona excelente, jamás se metía en la vida de los demás y siempre estaba dispuesta a ayudar en todo.
Se despidió muy ilusionada, tanto, que vendría a desayunar conmigo, el aeropuerto quedaba más cerca de mi casa que de la de su madre y llegaría temprano.
Me levanté para abrir más las contraventanas, coloqué las cuatro almohadas, apagué la luz tenue de la mesita y me acurruqué con gusto.
Otra vez sonó mi móvil.
Era un mensaje de Samuel:
–"¿Te has deshecho el moño?"
–"No".
–🙂
Cerré los ojos pensando en colores...

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