miércoles, 10 de enero de 2024

"DICIEMBRE"/Cap.7©®

 




-Confesiones-

Había parado de llover, se veían nubes y claros en el horizonte, y el mar batía con fuerza; podía escucharlo mientras ventilaba la habitación.
Bajé a desayunar después de ducharme; mientras lo hacía recordaba todo lo sucedido anoche.
Me sentía bien porque todo, cada instante que repasaba había transcurrido con normalidad y no hubo ni un gesto ni una palabra que hiciesen aparecer aquellos fantasmas que, a ratos, me sacudieron la cabeza los días previos.
Habíamos cenado más tarde de lo habitual; lo de las "acuarelas" nos enredó, pero el hojaldre relleno estaba muy bueno; de postre comimos una fruta cada uno, recogió los platos y Samuel se despidió con un profundo beso, apretando mi cuerpo con el suyo.
No le hice la pregunta estúpida que rondaba en mi cabeza... Afortunadamente.
¿Sus padres qué pensarían...?
¡Joer! ¡Lo que hayan querido pensar! Lo cierto es que el "niño", con pelos en los testículos, bueno...no tenía, ja, ja, ja.
Pues eso, tenía casi 50 tacos, no había nada que explicar ni creo que tampoco preguntar.
En esas cuestiones estaba, cuando recibo un mensaje de Samuel.
"Buenos días, ¿te apetece ir a la ciudad?"
Le respondí con otro "buenos días" y que "vale, ¿a qué hora?"
Quedamos a las 11 en la puerta de mi casa; no tenía algo concreto que hacer hoy y no había planeado nada, la idea me gustaba, quizá demasiado, pero ya no iba a darle vueltas a la nada.
Me puse un pantalón vaquero y una simple camiseta blanca de algodón, una chaqueta delgada color verde y unas de mis "sneakers" nuevas. Me recogí de nuevo el pelo en un moño alto desordenado y decidí ponerme pendientes, casi nunca los usaba.
Escogí unos que llevan engarzada una piedra de Cristal de Murano que había comprado hacía unos años. Al cuello siempre llevaba puesto mi cordón con un "trisquel" de plata colgado.
Me maquillé levemente, una crema hidrante con color, los labios en un rosa pálido mate y colorete casi imperceptible.
Por encima, una gabardina en color verde botella y lista.
Volvía a reconocerme... De eso tenía mucha "culpa" Samuel, pero no por el sexo en sí.
Desde mi ruptura de pareja y de vida anterior en general, estaba cómoda y satisfecha, conmigo y con el mundo que había elegido.
Tenía muy claras mis metas y más todavía mis límites; planeaba lo imprescindible, lo demás lo dejaba al azar, o a lo que me apetecía según el día.
Pero es cierto que había dejado fuera el tema hombres, y no por temor a querer de nuevo, o a que pudiese entorpecer el camino que me había trazado. Fue algo inconsciente, no tenía ganas de sexo, sentía pereza, con lo cual, era como si prácticamente no existiese el universo hombres para mí, no lo necesitaba.
Para colmo, mi primer contacto con ellos fue el machirulo de Guadalajara...
Por favor, ¡tengo qué saber que hay de interesante en esa provincia que no conozco!
¡No puedo relacionar a esa ciudad con semejante enfermo!
¿Cuál es su plato típico? ¿Qué monumentos tiene? No sé, un algo que me la haga atractiva.
¡Y llega Samuel a mi mundo solo de mujeres!
Y me gustó, como me puede gustar la Capilla Sixtina o el revuelto de boletus, solo que él me produce un gusto diferente.
Me pilló a contramano y me creó desasosiego; yo salía de una ruptura, sí, elegida u muy deseada, pero había sido una larga convivencia, circunstancias que te deja "fuera de mercado", expresión que detesto, pero que sentí perfectamente su significado.
A muchas, en ese contexto, nos ocurre algo que no les pasa a los tíos. Ellos se piran y se comen el mundo y todo lo que se mueve con vagina.
Nosotras no, generalmente nos vamos hartas, cansadas o aburridas, sabemos estar solas, nos apañamos de puta madre solas, porque las de nuestra generación, habitualmente, nos encargamos de varias personas a la vez, la casa y el trabajo si lo tenemos.
Sabemos poner una lavadora sin leer el libro de instrucciones, lavar y  como secar  las prendas de lana. Hacemos croquetas, sabemos si el niño tiene fiebre sin poner el termómetro y nos acordamos de felicitar a la tía Pepi o al primo Agustín... Nada de lo cotidiano nos sorprende; sé que hay hombres igual de independientes, pero no muchos de los de nuestra generación.
 Nos parece que hemos perdido la capacidad de seducir o de gustar a alguien, nos convertimos en torpes convencidas.
No lo pensamos hasta que aparece un Samuel y nos vemos las arrugas, los michelines y el culo menos duro; nos da "miedo" desnudarnos por el que pensará X; y salvo que X tenga veinte años menos que tú, está parecido o peor, porque la caída de pelo de la cabeza que tantos sufren  es directamente proporcional al grosor de  nuestra celulitis de piernas y nalgas.
En definitiva, ese "temor" me perseguía a mí estos días, cuando soy una persona muy segura y sin complejos, además que estoy acostumbrada a gestionar las emociones; supongo que controlo las que tienen que ver con los demás y no las que me afectan directamente...
Y así, dándome la última ojeada ante el espejo de la entrada, me enrollo la bufanda y salgo.
Samuel venía hacia mi casa, decidimos ir en mi coche, estoy más acostumbrada a esta ciudad.
Me dio un beso en la mejilla agarrándome el cuello con suavidad y sonriendo, de esa manera que... te pone del revés, me dice:
—¿Todavía conservas el moño?
¡Pues nada! ¡Qué me puse colorada y acalorada!
Su reacción fue el acercarse a un palmo de mí, acariciarme una oreja, con pendiente incluido y decir: —No puedes imaginar lo que me gusta verte colorada... Me gustan tus pendientes—.
A mí me gustaba como era él, tenía esa mezcla de canalla con gusto, jamás ofensivo.
Nos pusimos en marcha; aprovecharía para comprar los marcos y así colgar cuando antes las acuarelas, también unos jarrones; en el pueblo había un vivero de plantas, tendría flores frescas cuando quisiera, me encanta llenar espacios con plantas y flores.
Todo iba tomando forma en mi casa, y de eso hablamos durante el trayecto.
Samuel habló de la suya en Noruega, un ático muy nórdico en diseño y decoración.
Estaba cómodo en ese país, no le costó adaptarse, no obstante, su idea futura era volver a su tierra, a su pueblo.
Era propietario de un amplio terreno, más abajo de donde vivía su padre y yo, al lado del mar. Allí, construiría su casa, sería su centro de operaciones, su espacio estable.
Por ahora tenía demasiados proyectos en el norte de Europa y volvería al pueblo cuando hubiese logrado todas las metas que se había propuesto.
Se había marchado hacía 15 años, casi de manera intempestiva decidió quedarse.
Una relación de pareja precipitó aquel suceso.
Había convivido con Mercedes dos años, su única relación de convivencia.
Me cuenta que siempre había sido igual, una persona libre. Así lo había conocido Mercedes, así le había gustado, y también lo había aceptado. 
Antes de convivir, siendo novios, él viajaba por motivos de trabajo, al principio por España, más tarde, por el centro de Europa.
Mercedes se iba fines de semana con él, cuando a Samuel se le prolongaba la estancia por más de una semana; se lo podían permitir y además disfrutaban con aquello.
En esas conversaciones que toda pareja tiene a medida que se va consolidando, Samuel había dicho a Mercedes que no quería tener hijos. Su trabajo le encantaba y quería exprimirlo al máximo, lo que suponía mucha dedicación y mucho viaje, incluso le había dicho que no dudaría en asentarse en otro lugar si fuese necesario.
A Mercedes no le importó, le atraía la idea de viajar con Samuel, ya fuera por trabajo o en vacaciones, pues también lo hacían.
Ella era enfermera, la posibilidad futura de establecerse en otro país no le importaba.
Todo iba bien y deciden vivir juntos; se instala en el piso de Samuel, en Santiago de Compostela, herencia de su abuela. Mercedes trabajaba en el hospital y la empresa de Samuel estaba en un pueblo cercano.
A los seis meses, Mercedes  le empezó a rondar la idea de la maternidad, Samuel seguía pensando lo mismo y eso empezó a crear fricciones incómodas para ambos, pero de presión añadida para Samuel.
Los viajes de trabajo empezaron a ser la normalidad y Mercedes comenzó a llamarlo a cualquier hora por cosas insustanciales.
No le importaba si Samuel estaba reunido ni la diferencia horaria.
Los fines de semana que ella se iba con él, insistía en que la llevase a cada sitio a los que él solía ir. Ya lo hacía, Samuel era su Cicerone particular y también buscaba sitios especiales para ir con ella, por ejemplo, a comer y cenar; pero no porque quisiera ocultar los que él visitaba, sino por conocer sitios diferentes.
El último año de la pareja, me dijo que fue horroroso, más desde que en medio de una discusión, él le dijo que ella había cambiado, lo podía entender, lo que no debía hacer es presionar, puesto que él se lo había dicho y su opinión no había cambiado.
Entonces ella, le había confesado a gritos, que creía que lo convencería con el tiempo.
Samuel se sintió estafado emocionalmente y la cuenta atrás había comenzado aquel día.
En vacaciones no quería estar ni un minuto sola y empezó a echarle en cara a Samuel su instinto de libertad y  y aquello tan importante de los espacios.
Dejó de respetarlos, Mercedes quería estar siempre, si no era en presencia física, el teléfono lo convirtió en su arma de control.
Los celos de Mercedes empezaron a ser enfermizos; a Samuel lo miraban, Samuel era muy guapo. Sus amigas y compañeras de hospital eran especialmente muy amables con él, algunas incluso, "pastelosas".
Samuel era igual con todos y todas; yo, que solo hacía tres días que lo conocía, sabía lo que impresionaba por todo, estaba bueno y era atrayente por su personalidad y sus gestos.
Entendía a Mercedes, no sus celos y su cambio, pero sí en lo que provocaba Samuel.
No sé si él lo sabía, si era consciente, creo que sí, pero era su personalidad.
También estoy segura de que lo utilizaba y potenciaba, pero únicamente si había un interés y no veo a Samuel en ese papel estando con Mercedes o con otra pareja, no era su estilo.
La relación agonizaba, más por parte de Samuel, Mercedes continuaba con sus mantras y su presión psicologica. Me cuenta lo agobiado que llegó a estar, no reconocía a la chica de la que se enamoró años antes, lo hacía sufrir, pero ella estaba devastada.
Se estaban haciendo daño, Mercedes más, vivía pendiente de Samuel allá donde estuviese.
Dejó de viajar dónde él estaba, Samuel decidió que sería él el que se viniese cada fin de semana, pero daba igual.
Aquel año, Samuel iba y venía a Polonia; le habían ofrecido afincarse en Noruega y pensaba hacerlo. Veía imposible seguir con Mercedes, mucho menos proponerle cambiar su resisdencia y quizá mejorar así su relación.
No estaba dispuesto a arriesgarse, lo habló con sus padres, ellos le dijeron que se fuese, Teresa, la madre de Samuel, sufrió aquella relación de mala manera.
Samuel había dado el sí a su empresa, decidió no decírselo a Mercedes, rompería la relación cuando viniese de vacaciones. Así lo hizo, al tercer día; Mercedes tuvo un ataque de ansiedad que hizo necesario llevarla al hospital.
En la sala de espera, varias compañeras se acercaron a Samuel, le contaron que no estaba bien, alguna le había sugerido ir a un psicólogo, su estado estaba afectando a su trabajo y, lo que más le sorprendió, le aconsejaron irse, que la dejase, que aquello no terminaría bien para nadie.
Mercedes estuvo tres días ingresada, el primer día de ingreso, Samuel se fue a casa de los padres de Mercedes, casualmente, también estaba una hermana suya.
Él les contó la situación que estaban sufriendo y el estado de Mercedes, que se fue agravando en estos dos años.
Sus padres, afectados, reconocieron que aquello no era vida, que su hija debía curarse, ellos estarían para ayudarla y que la dejase sin remordimientos, era lo mejor para todos, así se lo habían aconsejado a su hija en varias ocasiones.
Así fue, así lo hizo.
Recogió las cosas de Mercedes ayudado por la hermana, antes de su alta hospitalaria, se iría a casa de sus padres e intentarían ingresarla en un centro de día especializado.
Samuel había hablado con el psiquiatra que la atendía en el hospital y le aconsejó que no volviese, ella no entendería la ruptura, había mucho trabajo por hacer con aquella paciente.
Samuel pasó el resto de sus vacaciones con sus padres, una semana antes de terminarlas, se fue a Noruega.
Actualmente, Mercedes está casada, tiene cuatro hijos y no volvieron a verse.
Me quedé estupefacta...
Me di cuenta de que iba conduciendo muy despacio, solté una mano del volante y la puse en su pierna, en señal de apoyo.
Él puso su mano encima, después me acarició el lóbulo de la oreja  unos segundos.
Fue una confesión dura; decidí parar antes de llegar a nuestro destino.
Tomé un desvío, apenas dos kilómetros y había un área de recreo junto a una cala pequeña.
La marea estaba baja y el mar, en ese pequeño rincón, estaba tranquilo.
Bajamos y me senté en una roca, le cogí la mano y se sentó a mí lado.
Estuvimos en silencio unos cinco minutos; se escuchaba el sonido de las olas muy suave al romper en la arena.
—¿Bailamos?—.
Me llevó de la mano corriendo hacia la arena mojada, me agarró por la cintura y empezamos a bailar lo que Samuel cantaba, "Paradise" de Sade.
"Feels fine... Feels like... You're mine...
Feels right... so fine...
I'm yours, you're mine...
Like paradise..."
Cuando volvimos al coche, me di cuenta de que había perdido un pendiente...











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