domingo, 21 de enero de 2024

"DICIEMBRE"/Fin©®


    



- En algún lugar-

Samuel y yo fuimos construyendo nuestra vida en común; logrando la estabilidad de pareja tan necesaria y disfrutando de la cotidianidad.
Hacíamos salidas de fin de semana, cenas con amigos, paseos solo nuestros… Conseguimos nuestro espacio por separado, compartiendo ideas y arreglando el mundo, cada uno a su manera.
Mis consultas aumentaron, no solo mantuve a los míos, sino que por estos vinieron otros y del entorno de Samuel, también.
El boca a boca funciona en cualquier lugar.
Samuel dio intimidad a mi despacho, más grande que el suyo, y un espacio lleno de calma y buenas vistas donde mis pacientes se sentían acogidos.
Marta vino el primer año por Semana Santa, se alojó con su marido en un hotel y disfrutamos muchísimo de su visita.
Ese mismo año,  fuimos una semana en verano y volvimos por Navidad; momento que aproveché para reconciliarme con mis hijos, manteniendo ciertos límites, mi piso de rabia se diluyó, estaba en paz conmigo y con el mundo. Fui asumiendo que, parte de mi incomodidad, era también responsabilidad mía. No debemos acostumbrarnos a una “normalidad” vigente en todo, tenemos que hablar, decir lo que no nos gusta o no nos apetece. Las personas somos padres, madres, hijas, nietas, nueras, yernos, jefes… Pero antes de todo eso, somos seres individuales e independientes y así debemos actuar. De esa forma, y dialogando con nuestro entorno, podrán actuar en consecuencia, si nos callamos, dan por bueno lo que hacemos, incluso pueden creer que así lo elegimos.
Conocieron a Samuel y sabían cuál era la vida de su madre, nunca supe si les gustaba, únicamente la aceptaron.
Jacobo había dado un bajón importante, no podía salir tanto y su visión le impedía ejercer lo que más le gustaba como él quisiera. Viendo su deterioro, nos hizo una última acuarela, llena de color; le costaba distinguir la realidad de los paisajes y optó por darle fantasía.
Al volver de esas cortas vacaciones, pasamos unos días en un pueblo de Francia y algún otro en Bélgica.
Regresamos a Oslo con un cierto poso de melancolía. Era una ciudad que me encantaba, ya me había acostumbrado a sus noches eternas o sus días interminables, pero aquella visita a nuestro lugar deseado, incluso antes de conocernos, nos dejó unos días nostálgicos.
Yo no había perdido el tiempo, podía expresarme y entender la lengua autóctona.
Mi profesión estaba perfectamente asentada y la convivencia con Samuel era como la del primer día. Continuaba siendo detallista, empático, divertido, pasional…
Continuamos pasando parte de las vacaciones de verano con sus padres y por supuesto, Navidad; de alguna de esas fiestas participaron mis hijos, dependiendo siempre de sus novias y de su padre.
Mi sorpresa vino cuatro años después…
 La nostalgia había calado profundo en Samuel, lo disimuló estupendamente conmigo, por eso, cuando me propuso su plan, no me lo esperaba.
Sentados en el parque, en verano, sin soltarme la mano, Samuel no había cambiado su actitud hacia mí ni un segundo, me preguntó:
—Carmen, ¿echas de menos tu tierra? Yo sí. Tengo ganas de hacer realidad mi sueño, pero esas ganas, las tengo si compartida por ti.
—Sí, cariño… A veces sí, aunque esto me encanta por muchas cosas, la principal es que estás tú —dije.
—¿Nos vamos? —Preguntó.
—¿A casa? —Dije, pensando que era nuestra casa.
—Sí, a casa, al lado del mar—.
No sabía qué decir…
Como si me hubiera leído el pensamiento, continuó:
—Nena, has dejado casi todo por mí, te has adaptado a todo sin perder la ilusión, queriéndome cada momento del día. Seguramente crees que decirme ahora que te gustaría irte sería como traicionarme. Acostumbrado a ti, pensarás en lo injusta que serías, porque yo iría contigo al infierno. Pero no es así, soy yo el que quiero regresar, y quizá soy injusto contigo.
—No, no lo eres, ¿por qué dices eso?
—Porque si tú no hubieras venido para aquí, yo me hubiera largado en dos semanas para estar contigo… 
—Samuel, conocerte fue una de las mejores cosas que me han pasado. Venirme aquí fue de las mejores experiencias de mi vida y quererte me hace estar más viva —le dije—.
Nos besamos como nunca o como siempre, porque siempre nos besábamos como si fuera el último día.
Samuel había estado gestionando su probable salida de la empresa. Era un empleado muy reconocido, aparte de muy bien pagado. 
Intentaron que se quedara, quedó pendiente su decisión hasta hablar conmigo.
¡Así que tomamos la decisión de volver!
Él, con un reconocimiento económico suculento y muchos planes juntos.
Samuel decidió tener su propia empresa, una pequeña agencia de rutas y senderismo.
Yo seguiría con mi consulta, mi profesión.
Vivíamos en mi casa, la cual cobró la vida que yo deseé cuando la compré.
Samuel diseñó la casa que siempre quiso, en el terreno de su abuela, a pocos metros del mar. 
No todo fue bueno, Jacobo falleció…
Rodeado de su adorada Teresa, de Samuel y de mí, dándonos las gracias a todos por haberlo hecho feliz y haciendo prometer a Samuel que cuidaría de su madre y a Teresa, que fuese obediente con Samuel.
La pareja había estado mirando un complejo residencial para mayores, un proyecto inaugurado hacía unos meses cerca del pueblo. Teresa quería irse allí; no estaba mal, se defendía por sí misma, pero todo le recordaba a Jacobo, ¡el amor de su vida!
En la residencia, estaría con personas de su edad; personas con las que podría recordar todo el día la vida estupenda que había tenido y escuchar los recuerdos de otras vidas, compartir, ni más ni menos.
“No quiero ser una vieja que da el peñazo todo el día a su hijo hablando de su padre, me restaría libertad por temor a ser pesada, y quiero seguir siendo libre y quiero hablar cada día de tu padre.”
¡Su argumento!
Íbamos casi a diario a verla, estaba feliz… Hasta que, poco a poco, dejó de recordar… Cuando empezó a olvidarse de quién era, de quién éramos nosotros, llevé la última acuarela que nos había regalado Jacobo. Se la colocamos enfrente de su cama, a media altura; cuando la levantaban, la sentaban en su rincón favorito, al lado de la pintura, a la que miraba y tocaba y se le iluminaban los ojos, el único momento que sonreía…
Nosotros éramos como Teresa y Samuel, pensaba a veces. Me entristecía y agobiaba que se “fuese” antes que yo…
Decidimos hacer de mi casa y la de sus padres dos casas rurales, las mejores de la provincia. Mi casa lucía en primavera el rosal que rodeaba la puerta azul y una placa de madera con el nombre de “Arco Iris”.
La de sus padres la bautizó con “Las cuatro estaciones”; derribó el anexo donde pintaba su padre y construyó un jardín.
Vivimos en la casa junto al mar, nuestra casa. 
El frente de la casa y una esquina era prácticamente un escaparate al mar.
Gran parte, en el centro, era un salón con porche exterior, otra estancia, más pequeña, fue decorada con las acuarelas de su padre, su caballete, sus paletas y pinceles y el piano de Mercedes. Mi sofá color frambuesa formó parte de esa estancia, a la que llamábamos la habitación “primavera”. Al otro lado del salón, formando la otra esquina, la luminosa cocina.
Arriba, un inmenso dormitorio y baño con vistas al mar y cuatro grandes tragaluces en el techo.
Mar y cielo, fieles cómplices de nuestras noches, días o tardes de pasión, como las mareas vivas, o de hacernos el amor con la lentitud de las olas de un mar en calma…
La última acuarela de Jacobo formaba parte del rincón de lectura o de quedarse en blanco mirando al mar; dos cómodos sillones azules, dos mesas blancas, una, entre los dos sillones, con una lámpara de cristal de Murano y una caja pequeña de cristal transparente con mi pendiente, pareja del que había perdido en la playa.
En un sillón, la manta de Guatemala de Teresa.
En el vestíbulo, amplio y luminoso, siempre había un jarrón con tulipanes blancos.
La puerta de entrada, ¡cómo no! De color azul.
Y sí, fueron felices… Juntos, hasta que la vida quiso.
Samuel se "fue" ... Como todo el mundo que tiene una pérdida, conseguí vencer la tristeza inmensa que aquello me produjo y que tanto temía.
Disfruté de mis nietos, otra gran familia que sus hijos habían creado y que también vivió Samuel durante años.
Mi gran amiga, Marta, volvió a su lugar de origen; también sola, decidimos vivir juntas esa etapa de vida tranquila.
Yo saludaba a Samuel cada día, le daba las buenas noches cada noche; su esencia estaba en aquel mar, donde él quiso yacer y el que yo veía nada más despertarme y me quedaba mirando, acurrucada y sintiendo las manos y los besos con que Samuel me despertaba cada día de nuestras vidas. Había superado la tristeza, pero continuaba amándolo.
Había conocido a Samuel  un mes de enero, pero en diciembre había comenzado un proceso que cambiaría mi vida. Y en diciembre había conocido a dos personas que iban a ser determinantes en mi futuro. Sin Teresa y Jacobo, Samuel no hubiera estado presente.
Y en diciembre, aprovechando la marea baja, lloviera o soplara temporal de suroeste, bajaba a la arena y dejaba tulipanes blancos, que la marea alta llevaría mar adentro.
Era feliz... Con la ilusión de encontrarlo, esta vez sería para siempre... Sin parar de bailar, abrazados, mirándonos a los ojos y sonriendo.
Aquella sonrisa...



"Feels fine...
 Feels like you're mine...
 Feels right, so fine...
 I'm yours, you're mine...
 Like paradise..."










   




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