martes, 6 de febrero de 2024

PAZ/CAP.5©®



         



Era la hora de comer.
Adela y su marido aparcaron el tema durante la comida; al estar Paula, la hija, no querían que se enterara.
Adela comió en silencio, pensaba en el tema; le parecía extraño porque Paz no se relacionaba con nadie del pueblo, no por otra cosa, pues le habría extrañado si la hubiese visto con una mujer.
Paula se fue con Victoria, la hija de Paz, a dar una vuelta.
El marido se fue a su siesta y ella también, después de recoger la cocina.
A media tarde ya se habían despertado y Adela le preguntó al marido si estaba seguro de  que era Paz la mujer que vio.
Le dijo que sí, la saludó y le respondió; además, dijo que Paz es muy reconocible, no pasa desapercibida.
Le contó que no estuvo pendiente de ellos, pero que el tío estaba en posición de seducción...
De seducción... ¡Jamás le había escuchado semejante opinión!
Adela se rio y el marido, un poco ofendido, le dice que él es un hombre y sabe reconocer ciertas cosas.
Adela, descojonada de la risa, le dice que sí, ¡vamos! ¡Os parece que estáis siendo arrebatadores y después os coméis una mierda!
En fin... ¡Hombres!
Así pasó el sábado.
El domingo por la tarde tocan al telefonillo.
Era Paz... ¡Qué raro! Aparte de que ya se veían poco, desde que Paz empezó a trabajar, los fines de semana, nunca se visitaban.
Adela le abre.
Entra muy rara... Siempre traía su sonrisa puesta, esta vez no era así, aunque venía como siempre, maquillada como para carnaval y sus tacones...
Creo que no se los quitaba ni en su casa, porque no era normal que, para venir al piso de al lado, siempre viniese taconeando.
Adela le dice si quiere un café, responde que no, si tiene tila o té.
Vaya...
Le hizo un té y le preguntó qué le había pasado.
Empieza a lloriquear, Adela estaba alucinando...
Y le preguntó a Adela si su marido le había dicho algo.
Adela, en ese momento, no se acordó del tema del sábado y le dijo que no.
Le caen dos lagrimones, se quita las gafas... ¡Joder! ¡Qué impresión daba sin gafas! Aquellos ojos tan maquillados, detrás de las gafotas con cristales tipo lupa, sin ellas eran diminutos.
Todo era producto del aumento de sus lentes.
Y comienza Paz su relato.
Hacía años que su matrimonio no iba bien; no era feliz, se sentía muy desgraciada, pero no se lo contaba a nadie, le daba vergüenza y miedo.
Adela, que estaba esperando el momento para divorciarse, le dice que eso no tenía nada de vergonzoso, que por qué no se separaban.
Su marido no quería.
—¿Qué más da? No hace falta su permiso, te separas cuando quieras.
—No puedo.
—¿Por dinero? Ahora trabajas y además tienes hermanas y madre, siempre te puedes ir con alguna de manera provisional —dijo Adela.
—Me mataría.
—¿Perdón? —dijo Adela flipando.
—Sí, me pegó alguna vez.
—¡Qué dices, Paz!
Ahí empezó a llorar a mares.
Entró el marido de Paz donde ellas estaban, todavía medio somnoliento de la siesta.
Dijo hola y, al verla llorar, se quedó pasmado. Digamos que tampoco era muy espabilado...
Ella lo mira y le dice que lo que vio ayer tiene una explicación.
¡Anda, coño! Ahí cayó Adela...
Su marido le dijo que no tenía que explicarle nada, él no vio nada raro...
¡Pedazo de falso! ¿Y la posición seducción del tío que había visto?
Bueno, Adela entendió que no se lo dijese tal cual...
Y explicó que anteayer por la noche habían tenido una bronca, como casi siempre, y ayer por la mañana le dijo a su marido que tenía que entrar más temprano a trabajar. Una excusa para no seguir por la mañana con la bronca e irse a tomar el aire.
Por el camino se encontró con un cliente del bar y, como estaba muy nerviosa, la llevó a tomar algo.
Que no  lo dijese a su marido, porque era muy violento.
Y se fue, con la excusa de que estaba por llegar, eran las 5 y cuarto, y tenía que prepararle el té.
El marido de Adela apenas conocía a Fer; el hombre tampoco paraba por la zona, realmente no tenía tiempo por su trabajo.
Y comentaron que sí, era muy serio y un poco prepotente.
Adela quedó impactada y, al rato, se fue a casa de su vecina Nieves a contarle la noticia.
Tenía el cuerpo destemplado.
No se sabía tanto como hoy sobre la violencia de género, pero Adela, algún caso, había conocido y era terrible.
Nieves quedó en shock.
También comentó lo que conocía de Fer; un tipo soberbio y que nunca sonreía.
Las dos quedamos en ayudarla en lo que necesitase.
Sobre las 10 de la noche llegaron Paula y Victoria. La hija de Paz venía contenta. Sonreía poco, como su padre, pero hablaba con normalidad.
Cuando se fue Victoria, Adela preguntó a su hija  qué tal por la casa de Victoria.
La idea era sacar alguna información; su hija pasaba tiempo allí.
Nada, me contó que bien, habían estado bailando y escuchando música.
Adela le dijo que si Fer no protestaba, venía de trabajar, a descansar un rato y quizá le molestaba tanta música.
Na, la cría dijo que no, que se iba al salón y no decía nada, pero que era muy simpático...
Simpático... 
Y que era al único al que la gata maléfica le había caso.
Que cuando se ponía pesada, porque se le refregaba a las piernas, como hacen los gatos, le daba una patada y se quedaba tranquila...
¡Ostras! Buena forma de domesticar...
Ser simpático y dar patadas a tu gato es raro... Muy raro...
Adela, esa noche, no pegó ojo.
Paz, Fer y el gato...
El lunes volvió Paz por casa en el descanso del trabajo, entre el mediodía y la tarde/noche que volvía a trabajar.
Le desarrolló a Adela más cosas sobre su situación.
Se vinieron a vivir al pueblo porque Fer se volvía loco con los chismes de las vecinas, entre ellas, mi tía.
Creía lo que decían las vecinas, era muy celoso y la abofeteaba e insultaba.
Por eso, la hija mayor andaba a su bola. Victoria se refugiaba en los estudios, pero los rumores de que su madre era ligera de cascos, llegaron al colegio de las chicas. Un colegio privado, de monjas, que había por la zona.
Estaba desesperada y no sabía cómo salir de ahí. Ella y su familia, su madre principalmente, le tenían mucho miedo.
Tampoco le gustaba que fuese a visitarla y estaba muy agobiada.
Su hija mayor empezó a trabajar en otro bar del pueblo, cerca del de su madre. Una mañana de verano, tenía las ventanas abiertas y escuchó gritos y golpes.
Se asomó y la chica estaba dando patadas al contenedor y gritando sola.
—¡A mi madre, no! ¡Cabrón, te mato!
Adela bajó corriendo e intentó tranquilizarla.
A su madre la había llevado una ambulancia desde el trabajo y nadie la avisó, se había enterado por un cliente del bar.
En esto llegó Fer, al que la chica había llamado, y se fueron al hospital.
Victoria estaba en clase y se vendría para mi casa con mi hija. La llamarían a mi teléfono fijo.
Por la tarde llamó la hermana de Victoria.
A Paz le había dado un infarto...

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