miércoles, 7 de febrero de 2024

PAZ/CAP.6©®



     



Lo del infarto de Paz dejó a Adela descolocada.
Victoria se quedó en casa hasta la noche.
Cuando llegaron del hospital, su padre y su hermana, Adela, bajó con ella; era lo normal y así también preguntaba por el estado de Paz.
Victoria había estado muy nerviosa, era lógico.
Paz estaba estable. Había sufrido un amago de infarto; los nervios o el estrés podrían haber sido los causantes, según el criterio médico.
Es en ese momento, en ese instante, en el que Adela entabla una pequeña conversación con Fer.
No podía apartar de la cabeza lo que Paz le confesó días antes...
Vio a un hombre preocupado y protector hacia sus hijas, aunque les hablaba con naturalidad y sin disfrazar nada.
Un tipo de educación con la que yo siempre estuve de acuerdo. Quizá por eso, Victoria era muy madura para su edad; no comparable con Paula, la hija de Adela, que era un poco infantil todavía.
La hermana de Victoria no era madura ni inmadura, era una irresponsable que se juntaba con personas de igual personalidad de ella. Las típicas pandillas de "gallitos" con sus novias o amigas que montaban pollos allá donde iban.
La chica todavía estaba cabreada; no paraba de repetir que el jefe de su madre era un cerdo. Fer intentaba aplacar su historia y sus palabras malsonantes.
Se despiden, con el compromiso de que Fer la mantendría informada y, por parte de Adela, que se ocuparía de Victoria o de lo que necesitasen.
Paz estuvo unos tres días ingresada.
Fer informaba a Adela cuando llegaba a casa; se pasaba todo el día en el hospital.
El suceso ocurrido dio lugar a que Adela y Fer estrechasen lazos y se conociesen un poco más.
Fer estaba agradecido a Adela; pudo descubrir algo más que seriedad o soberbia en aquel hombre desconocido.
Adela lo notó vulnerable en alguna de sus actitudes y modos de expresarse; hecho que la descuadraba por completo, siendo conocedora de lo que era en la intimidad.
No sabía lo que pensar y así lo hablaba con Nieves, su otra vecina.
Pero estos hombres suelen esconder o disimular sus malas artes y aparecer como cándidos seres.
Paz fue dada de alta sin una medicación complicada; ansiolíticos, que no es que no tengan importancia, pero Adela esperaba alguna pauta relacionada con el corazón.
¡Venía como una rosa! Tan lozana que tuvo la fuerza suficiente para ir al trabajo y finiquitar su relación laboral.
Adela le preguntó qué le había pasado ese día que se puso mala, le dijo que discutió con el jefe y le dio como un ataque de ansiedad y se desmayó...
Parece ser que el jefe quería más relación que la estrictamente laboral y hacía días que se tomaba alguna confianza malentendida.
Cuando Adela le comenta todo esto a Nieves,  esta le dice que había escuchado otra cosa.
Las malas lenguas del pueblo decían que el jefe la había visto en un pueblo cercano con un tío cliente del bar. Cuando la vio era fuera de horas de trabajo, en el transcurso de la franja de tarde que tenía libre, con lo que no tenía motivo para criticarla en ese sentido. Pero, decían, que no le gustó que fuese un cliente, con el que luego, en el bar, se pasaba el rato de cuchicheos con él detrás de la barra.
El bar/mesón estaba orientado a una clientela de un perfil determinado: gente que va a mirarle el culo a la camarera de turno, a babosear y a la que le gusta que le presten atención personalizada. Paz, al dedicarle máxima atención solo a este tío, hacía que los demás clientes estuviesen descontentos y así se lo habían manifestado al jefe.
¡Un lío de cojones!
El caso es que Paz ya no trabajaba, pero dejó de ir a casa de Adela.
Sabía por Victoria, hija de Paz, que no es que estuviese en casa, salía y entraba, nadie sabía a dónde.
Adela tampoco quería interrogar a Victoria, simplemente le preguntó un día qué era de su madre y la chica le contestó que salía, pero no sabía a dónde iba. Su madre no se lo decía, le daba excusas.
Adela notó cierta tristeza en Victoria cuando le decía esto...
Un buen día regresó Paz a casa de Adela, era sábado sobre las 4 y media.
La hija de Paz estaba con la de Adela; Paz le pidió si la chica podía quedarse a cenar y a dormir en casa.
Estaba conociendo a un hombre...
Una persona muy buena, que la entendía y apoyaba, había recuperado la ilusión...
Adela le dijo que sí, ya se quedaba con regularidad, no entendió muy bien la petición de Paz en ese sentido.
Se fue a su casa, tocaba la preparación del té para Fer.
Adela vio cómo Fer se marchaba de nuevo a trabajar, como siempre, sobre las 7. Era sábado y volvería tarde, dos o tres de la mañana, más o menos.
No sabe por qué, pero el instinto de Adela la llevó a irse a la habitación del fondo de su casa, donde la ventana daba a la parte de atrás del edificio.
Al rato, vio a una pizpireta Paz por un camino que había en esa dirección, contraria a por donde se había ido Fer, que era la carretera general.
Muy arreglada, como siempre; un pantalón pitillo de color negro, camiseta ajustada y sus tacones...
Caminaba muy rápido.
Sobre las 9 de la noche vinieron las chicas. Victoria preguntó a Adela si sabía dónde estaba su madre.
Adela tragó saliva... No podía decirle lo que Paz le había confesado.
Estaba preparando la cena y encendió la campana extractora nerviosa.
¡Qué no pregunte más, por favor! Pensó Adela...
Pero sí preguntó...
—¿No sabes dónde está, Adela?
Adela notaba los ojos de Victoria clavados en la nuca...
—No, pero tranquila, supongo que estará por llegar. Te quedas hoy aquí a dormir. ¿Pedimos pizza?
Adela no sabía qué más decir para desviar el tema.
—¡Está con un tío y no me lo quieres decir! —soltó Victoria.
Adela se dio la vuelta y Victoria estaba llorando; colorada, sin emitir sonido algún, porque no sollozaba, le corrían las lágrimas por la cara.
Y no pudo mentir a aquella chica...
La abrazó y le dijo lo que Paz le había contado de ese hombre desconocido.
Adela siguió contando, hablando, intentando razonar y hacerle entender a Victoria que su madre tenía derecho a rehacer su vida.
—Sí, Adela. Tiene derecho, pero no así.
—Necesita su tiempo, a lo mejor no sabes cosas que solo ella debe explicarte. No tiene una situación fácil —dijo Adela.
—Adela, tú no sabes nada—.
Y se fue con Paula a su habitación, no se comentó nada más.
Adela quedó más perdida que nunca con aquella última frase.
Realmente, Victoria tenía razón, Adela no sabía casi nada de ninguno de aquella casa...

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