miércoles, 20 de marzo de 2024

MARGARITA/CAP./3©®

 




Después de una noche más fresca de lo que pensaba, Margarita me llamó por la mañana.
No era para darme los buenos días únicamente, más bien era, para empezar a darme el día; aunque, no puedo negar que me divierten sus historias y, sobre todo, su manera de afrontarlas.
Me dijo que iba a ir a dar una vuelta por el pueblo, después de desayunar.
Al rato, vuelve a llamarme desesperada…
La hora del desayuno la tenían establecida hasta las 11 de la mañana. Un amplio margen de tiempo, ¿verdad? Efectivamente, salvo sí coincides, en espacio y tiempo, con ciento y pico de personas. 
Aunque se desarrolle de forma escalonada, porque no bajan todos juntos, el circuito del buffet está siempre como el metro en hora punta.
Y se produce la misma problemática que al subir al autobús: ¡Decidir qué desayunar!
Si Juan va acompañado de su mujer Finita, Finita elige y sirve el buffet de ambos, porque así hacen en casa. Dispone Finita, y Juan se deja disponer muy a gusto.
Si Juan va solo, puede ser un reto elegir qué desayunar, y un logro, coger la taza grande o mediana, el plato bajo la taza, el plato del bollo; ¿tenedor y cuchillo? ¿Cuchara de desayuno? ¿Cucharilla? Manejar las pinzas correspondientes; ¿Zumo? ¿Qué tipo de vaso? La leche desnatada, semi…  Juan, en su casa, coge la taza de “Abuelo, eres el mejor” y, con la misma cuchara, echa el Nescafé, el azúcar y lo revuelve todo.
Es decir, que ni empezando a dar los desayunos a las 4 de la mañana, la cosa iría fluida.
Margarita se vio inmersa en la marabunta, haciendo cola como en Zara la víspera de Reyes.
¡Tenía un cabreo cojonudo! Para colmo, en el pueblo de la luz, el sol y temperaturas agradables, estaba nublado; pero nublado de cirros de color negro amenazantes y  14 grados de temperatura.
Margarita estaba como en Vizcaya, con una maleta cargada de tops y vestidos de tiras y rodeada de casi 200 personas para desayunar, comer y cenar.
Cuando alguien se siente muy jodido, solemos pensar que nada puede empeorar. ¡Es mentira!
Se le acerca una compañera de excursión y le pregunta qué tal todo. Margarita se queja, no podía ser de otra manera; la compañera le dice que no se queje tanto, al menos, tenía habitación/apartamento para ella sola.
Margarita se extraña, recordemos, Margarita no lee nada de nada. En la contratación del viaje, por medio del IMSERSO, lo habitual, es compartir habitación, salvo que pagues un suplemento de 20 euros por día.
 A Margarita podrían meterle a otra persona, pues, o llegaban más autobuses, o había cambios tras las adjudicaciones de habitación, por alguna causa.
Para colmo, había echado una visual al panorama masculino y allí no había ninguno a quien mirar dos veces.
La tranquilicé a mi manera…
También le advertí sobre el tabaco; ya había tenido una experiencia negativa meses antes, casi la echan del hospital por fumar.
Cogió el abrigo que llevaba puesto cuando salió de Vizcaya, y que no pensaba volver a usar hasta la vuelta, y se fue a conocer el pueblo, cabreada como una mona.
Lo peor estaba por llegar y no era la lluvia, ¡qué también llegó!
Antes de irse, cuando bajó al macro desayuno, más parecido a un botellón de la tercera edad, y antes de salir a pasear, observando las nubes con el ceño fruncido, pudo fijarse más en el hotel.
Era un enorme complejo, una colmena, donde todo era de grandes dimensiones; muy típico para acoger ese tipo de excursiones multitudinarias. Poco acogedor, aunque los excursionistas, paran poco dentro, se pasan el día de gira y, si llueve, les da igual quedarse jugando a las cartas en algún salón, especialmente reservado para ellos, o, lo que es igual, el más horroroso del hotel.
Pero, Margarita, va a su bola; ella busca cañitas, tapas y a Bond, James Bond...
Allí estaría ella, abierta a todo, cual chica Bond, dispuesta a salir del mar, contoneándose y escurriendo el agua de su sedosa melena...
Ni era sexi, ni su melena era suave; pero, de mojarse, había una alta posibilidad de que le cayeran unos cuántos litros de agua, pero del cielo.
Y con esas perspectivas climatológicas, se fue calle abajo, muy abajo. El hotel no estaba lejos, pero tampoco estaba al lado del pueblo. 
¡Qué importa! Era una de las afortunadas excursionistas, no tenía muletas, tampoco bastón, así que, ¡arreando!




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